Los escorpiones (Lumen) es una novela monumental, con sus 800 páginas en las que Sara Barquinero (Zaragoza, 1994) desarrolla una historia sobre una conspiración mundial que busca inducir suicidios en los consumidores de ciertos videojuegos, ciertos libros y cierta música y que transita con dos protagonistas, Sara y Tomás, hurgando en las profundidades de esta red que involucra una secta secreta, poderes fácticos y años de entramado a lo largo de la historia.
Los escorpiones, cuyo título se debe a la sugerencia del amigo de una amiga de la autora, es una novela monumental por su desarrollo, por su destreza lingüística, su manejo de la temporalidad, el uso de la metaliteratura, la adopción del lenguaje de foros en línea y chats, el traslado a página de lo que la joven autora española llama un caos psicótico, la utilización de conceptos filosóficos y todo ello alrededor del tema de la adicción a la soledad y la tristeza.
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Los escorpiones surgió en parte, cuenta Sara Barquinero desde Roma, porque ella estaba bastante fascinada con la literatura y el posmodernismo americanos en general. “Y, debido a que pasaba mucho tiempo en internet, me parecía que algunas de las cosas en las que yo invertía mucho tiempo al día, como conspiraciones, ciertos foros, ciertas redes o ciertas realidades que siempre tenían una relación oblicua con la depresión o los problemas mentales, tenían que ser reflejadas en un texto”.
Eso sucedió hace unos 10 años. Y aunque en primera instancia no logró concretar algo, un par de años después comenzó a darle forma definitiva a Los escorpiones a partir de lo poco que había escrito en aquel momento. Tampoco es que Sara se dedicara de tiempo completo a escribir la novela. “De hecho a veces paraba seis meses y me ponía a trabajar en otra cosa” (es doctora en Filosofía, poeta premiada y tiene un par de novelas previas: Terminal y Estaré sola y sin fiesta).
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Suicidio y tristeza
O sea que hay un cambio en la mirada, en cómo empezaste y cómo terminaste.
En algún sentido el cambio fue beneficioso para el texto porque quería hacer diferentes voces narrativas, y las ideas fundamentales de la novela son las mismas. De hecho, una de las primeras cosas que decidí era cómo iba a acabar y acaba como decidí, aunque me sentí tentada de probar otros caminos. Tenía mis estrategias para reconectar con el espíritu de la novela, algunas eran musicales, referencias que no interesan tanto a nivel literario. Pero, por ejemplo, hay un cuento de David Foster Wallace, que se llama “El neón de siempre”, que cuando sentía que me alejaba del tono y de la mirada inicial de la novela lo volvía a leer para reconectar con mi yo del pasado.
David Foster Wallace, a quien Leila Guerriero llamó “artefacto de sensibilidad alienígena, capaz de ver lo más distante y remoto, y transmitirlo a la Tierra con niveles de detalle y belleza asombrosos”, es una referencia en todo el texto. De hecho, el epígrafe es una cita suya. “La verdad es que Foster Wallace y también (Thomas) Pynchon, pero más Foster Wallace”.
Lo que lo diferencia de otros referentes americanos que también me han interesado es que conectaba mucho con la forma en la que yo estoy triste. Él describía un tipo de tristeza que me apelaba directamente y me daba curiosidad ver qué cosas habría escrito sobre el mundo que tenemos ahora si no se hubiera suicidado. Entonces supongo que esa pregunta surge de la admiración: ¿qué podría haber dicho él sobre eso cuando empezaba a escribir? Empecé a escribir esta novela súper joven, ni sé cuántos años tenía, 22 vamos a decir, incluso menos; una siempre va de la mano de sus referentes y me acompaña mucho”.
Hablas de suicidio y de un foro en particular en la novela (Sanctioned Suicide). ¿Te metiste a explorar el foro? ¿Cómo llegaste ahí? ¿Qué te interesó?
Pues al principio pensaba situar la novela dentro de Reddit o 4chan, pero alguien me redirigió a ese foro y me pareció un espacio tan desolador y tan único que cambié mi idea original. Y sí, pasé muchísimo tiempo en el foro de los suicidas y era un lugar muy desagradable y muy desesperanzador. Pero también en el tema del suicidio hay dos grandes máximas: o hay que hablar de ello y hacer que la gente comparta su malestar, ya sea para politizarlo, superarlo, lo que sea, y la otra perspectiva sería más bien el efecto llamado la morbilidad. Me parecía que de alguna manera la gente en ese espacio online, aunque tenía mucha morbilidad, encontraba una manera de esquivar uno de los estigmas más grandes que se tiene cuando se está deprimido, que es revelárselo a la gente que tienes directamente alrededor. Y se lo escupía a un montón de desconocidos online. Entiendo que si tú le dices a tu madre, me quiero suicidar, aparte de fastidiarle la existencia, puede sentirlo como un ataque personal, de que está fracasando como madre, esposa, lo que sea, pero en el espacio online la gente se apoyaba de una manera extraña, aunque también era un poco mórbido.
Tus personajes viven prácticamente todo el tiempo con una percepción alterada de la realidad. ¿Por qué decidiste que fuera de ese modo?
Pues no sé, quizá en parte porque tengo una percepción curiosa de la realidad. No, no es tanto por eso, sino porque me parecía que se había tratado bastante el tema de la adicción a las sustancias más clásicas en otras novelas, y de hecho en la mía también hay personajes adictos a cosas a las que realmente la gente es adicta, pero quería mostrar también una especie de adicción a la soledad y a la tristeza, y quería abordar qué relación tienen con eso los fármacos legales y el tiempo que pasamos en internet.
Tus personajes también atraviesan por un duelo mal manejado, parejas que han muerto, abandonos…
Sí. Tampoco fue una decisión muy aposta, decir venga, ambos personajes van a pasar por un duelo. Creo que el amor o la amistad o la familia son unos vínculos que, cuantos más tenemos o más férreos son, más seguridad ontológica nos dan: más sabes quién eres si hay alguien que te quiere, porque esa persona que te quiere te dice quién eres. Entonces, supongo que el hecho de que casi todos mis personajes sean viudos o abandonados tiene que ver con que cuando eres abandonado, sea por causas físicas o porque alguien decida abandonarte, de repente el problema es que tu propia consistencia vital pierde realidad para ti misma: ¿quién soy si nadie puede decirme quién soy?
Abordas este mito urbano de las conspiraciones mundiales: ¿cómo llegaste a ese tema, qué te interesó de principio y qué te interesa ahora?
Pues mira, las conspiraciones me atraen a nivel profilosófico y preliterario desde que soy pequeña. A mí los programas en los cuales, pretendiéndose realidad, alguien descubre que existen los aliens y que el presidente de no sé qué país en realidad es un alien o algo así, esas cosas me encantan y podría pasar horas consumiéndolos. Por eso conozco tan bien el léxico y los lugares dónde investigar sobre eso. Pero lo que me llamó la atención de la conspiración, que ahora se ve más claro porque está mucho más vigente que hace 10 años, es que me parecía que la actitud del conspiranoico respecto a la realidad era paralela a la actitud del deprimido respecto a su propia vida. Cuando tú estás no solo triste, sino deprimido, crees que las cosas no van a cambiar, no crees que puedas superar ese dolor y de hecho no quieres superarlo. Me parece que es la misma lógica que hay detrás de un conspiranoico: no es que tal gobierno o tal circunstancia vaya mal, es que hay una conspiración mundial contra la que no puedo hacer nada. Entonces esa posición por la cual te quitas completamente la agencia sobre aquello que te hace daño, me parecía que me permitía trazar un paralelismo directo entre la depresión y las teorías de la conspiración, más allá de que podamos hablar de si las teorías de la conspiración precisamente redundan en gente que está deprimida.
Filosofía y largo aliento
En Los escorpiones no solo abundan las referencias literarias, también las hay filosóficas, que funcionan como auxiliares de la trama, sin caer en la densidad académica ni en la petulancia. “Tiene mucho que ver con mi forma de leer filosofía –dice Sara–. Siempre creo que para la gente que no es de filosofía parezco muy pedante, pero para la gente de filosofía, soy poco rigurosa y caótica. Yo casi siempre llevo la filosofía a mi terreno. Muchas veces en una conversación muy normal sobre una ruptura de un amigo digo, pero esto es como lo que dijo Kierkegaard, y probablemente no sea nada riguroso, pero es como me he relacionado siempre con el pensamiento, finalmente hay que relacionarlo con lo palpable, con lo que se vive”.
Eres filósofa, ¿por qué decidiste abordar estos temas complejos a través de la literatura?
Bueno, me gustaba la forma literaria frente a la forma ensayo porque creo que cuando escribes un ensayo sobre temas tan complejos como la depresión, el suicidio, etc., es muy difícil tener una posición lo suficientemente matizada. Sin embargo la literatura me parecía que me abría el espacio para hablar de estas cuestiones más mostrando sus grises, sin tener que comprometerme categóricamente con nada.
Hiciste una novela de 800 páginas en una época en la que se dice que se lee poco…
Desconfiamos mucho de la capacidad de la gente de lectura y creo que de hecho muchas veces las novelas más leídas son novelas largas. Cuando escribí la novela no estaba pensando tanto en su recepción, porque ni siquiera estaba segura de que la iba a publicar, no tenía ningún contacto con el mundo editorial. De hecho en la primera parte de la novela la protagonista se llama como yo, Sara, porque pensaba que podía ser una broma y que a lo mejor lo publicaba en internet. En ningún momento pensé en su recepción y cuando por fin se interesó una editorial en ella, mi editora no tuvo problema con la extensión.
Sara Barquinero dice que la estructura de Los escorpiones, que se divide en cinco capítulos (uno de ellos una novela dentro de la novela) y tres interludios, surgió de un momento intuitivo, pues su idea original era hacer un texto más fragmentario. “Quería que hubiera muchas historias y espacios diferentes porque creo que en el mundo de internet estamos muy acostumbrados a que empiezas a investigar de una iglesia que has visto y de repente acabas en una conspiración de alienígenas y en realidad ha habido un salto lógico en tu cabeza, pero para nadie más viendo el inicio y el final. Eso siempre estuvo presente. Pero la macroestructura de la novela estuvo desde el inicio, en plan, los escenarios que iba a haber y más o menos qué quería decir en cada uno.
Y los videojuegos en línea también son importantes dentro de la trama…
Sí, los videojuegos en general, de hecho, aparte de por un interés personal de que me gustan los videojuegos y conocía muy bien ese medio, me parecía interesante y morboso explorar literariamente el típico mito de un niño jugó a un videojuego, se volvió loco y mató a todos sus compañeros o se suicidó o equis cosa que le ha pasado a un niño que nadie conoció jugando un videojuego que nunca nadie sabe cuál es. Y me parecía que también me permitía actualizar el lenguaje al presente, pues la idea del libro maldito ha existido siempre porque siempre ha habido libros, pero el videojuego era algo más del presente.
¿Es una cuestión generacional que los protagonistas se sientan sin futuro?
Tiene un componente universal y creo que también uno generacional. El universal tiene que ver con que yo creo que todas las épocas del mundo han pensado que la suya era la peor posible, todas han tenido sus propias dificultades que han tenido que superar, e incluso en esta época del mundo las personas de todas las generaciones viven situaciones que nos pueden desesperanzar a todos. Por ejemplo, si pienso en el cambio climático, da igual que tenga 25, 35, 45 años, no te queda otra que deprimirte. Sin embargo, sí que creo que hay un componente generacional en cómo he retratado que mis personajes lidian con esa angustia existencial por la falta de futuro.
Comentaste que hoy estas teorías conspiranoicas se sienten más presentes que hace diez años. Ahora está el triunfo de la derecha en todo el mundo, está Trump y sus arrebatos, ¿cómo ves este presente? ¿Nos lleva más hacia la angustia y la depresión?
Pues tampoco soy experta en geopolítica, pero si hubiera que dar una respuesta, diría que creo que el aumento de teorías conspiranoicas, tremendistas o explicaciones mágicas sobre por qué la realidad es así, tiene que ver con la sensación progresiva de que el individuo pierde su agencia sobre el mundo. Es muy difícil sentir hoy en día que lo que haces tiene sentido para alguien si ni siquiera tienes la certeza de que el mundo va a seguir existiendo dentro de 100 años, o de que un gesto ético o político que puedas hacer, como ir a votar, reciclar o cualquier cosa, sirve para algo. Es muy fácil abandonarse a la desesperanza. Entonces hay figuras que son muy capaces de coger ese malestar y politizarlo en una dirección en la cual parece que sí se hace algo. También por eso me interesaba meter un momento de los fascismos, porque creo que, salvando muchas distancias históricas, es lo mismo que permitió que se alimentaran los fascismos: coger un enemigo radical al cual había que destruir y que era el chivo expiatorio de todos los males de una especie. Cuanto más complejo es el mundo, más tendemos a pensar que hay una conspiración detrás.
Me gustó una parte en la sección de Thomas en la que hay columnas como si fuera un guion, en un lado el personaje es Spencer, en otro el de Thomas, hay un fragmento en la partitura, texto puesto de cabeza y una narrativa sin signos de puntuación para mostrar el delirio que vive el personaje.
Es una de mis partes favoritas de la novela también. No te sabría decir muy bien cómo se me ocurrieron algunas de esas ideas pero sabía qué tipo de sensación quería transmitir y a qué lugar en el estado mental del lector quería llegar, pero cómo se me ocurrieron las técnicas para mí misma fue una sorpresa. A los días de haberlo escrito, lo cogí y dije, uy fíjate cómo me ha quedado. Por darte una referencia muy loca, yo quería que la sensación que le quedase al lector fuera similar a la que se le queda cuando en una serie de ánime que se llama Neon Genesis Evangelion llegas a los dos últimos capítulos, que también es como una especie de caos psíquico total. Entonces no fue ni siquiera una referencia literaria la que me la dio, y no sé cómo lo hice exactamente.
Y también esta parte de incluir una novela dentro de la novela.
Es algo en lo que hay que cambiar totalmente el tono, la voz, la dirección, situarlo en otra época, que se sienta distinto, que se sienta. Pero a mí eso me ayudaba, fíjate, mucha gente considera que eso es como un elemento que hace a la novela más compleja y, en cierto modo, lo hace, pero también en otro sentido sostener 800 páginas con un único personaje en una única historia es muy difícil. Si cada cierto tiempo tienes un aire, como un manuscrito encontrado de 150 páginas, eso también me ayudaba como narradora para no tener que contarlo todo. Entonces, las cosas que resultaron complejas por una parte, como cambiar el tono, informarse sobre la época, a cambio daban otras facilidades de poder soltar a un personaje y luego recobrarlo mucho tiempo después.
¿Qué ha representado la literatura para ti? En tu formación, en tu vida.
Yo creo que para mí, no es por hacerme la niña ñoña petarda que dice me encanta leer, pero sí, ha sido quizá lo más importante de mi vida, la relación más importante de mi vida. Desde cuando era niña y me aburría en clase, y a lo mejor no tenía tantos amigos, hasta momentos de más integración social que me permitían entender mi propia realidad cambiante gracias a los libros, que me explicaban lo que estaba viviendo. Siempre he leído mucho, siempre me ha gustado mucho. Elegí estudiar filosofía porque me parecía que era la carrera en la que más leía y siempre mi gran obsesión ha sido leer.