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La última cantina del Barrio Universitario

De San Ildefonso al Salón España, esta crónica recorre el antiguo Barrio Universitario para evocar las huellas de Octavio Paz, Justo Sierra y José Vasconcelos en el corazón histórico de la Ciudad de México

Interior del Salón España, la cantina centenaria que sobrevive en el antiguo Barrio Universitario de la Ciudad de México. Crédito: Facebook del Salón España
07/06/2026 |01:06Ricardo Lugo Viñas |
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En el cruce con Donceles (antes Cordobanes), un retaco semáforo nos marca el alto. Vamos –sedientos y algo trastabillantes– sobre la calle Argentina, que en otros tiempos llevó el nombre del Relox, pues ahí se levantó el primer reloj público de la ciudad. Mientras esperamos a que el armatoste se ponga en verde –porque mi amigo y yo podremos beber en la calle (con nuestra anforita oculta en el bolsillo) pero guardamos con probidad las normas de civilidad urbana– le señalo a mi compañero de caminata etílica cuatro diáfanos edificios al otro lado de la calle.





De izquierda a derecha, peinamos la acera norte de Donceles: el Templo de Nuestra Señora del Pilar (de remetida fachada), el Colegio Nacional (antes Convento de la Enseñanza), la librería Porrúa (frente a nosotros) y el barroco edificio del Colegio de San Idelfonso, que fuera sede de la Preparatoria Nacional y que también de la Rectoría de la UNAM. La cantina El Paraíso estuvo frente a este inmueble, el verdadero despacho del rector Luis Chico Goerne.

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El Antiguo Colegio de San Ildefonso. Foto: Carlos Mejía / EL UNIVERSAL

Octavio Paz, que estudió en este Colegio, escribió: “los muros rojos de San Idelfonso/ son negros y respiran:/ sol hecho tiempo,/ tiempo hecho piedra,/ piedra hecha cuerpo./ Estas calles fueron canales”. San Ildefonso fue fundado por frailes jesuitas, pilares de la educación en Nueva España. A su llega a estas tierras, en 1572, los religiosos de la Compañía de Jesús primero erigieron el Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo, y más tarde San Pedro y San Pablo, San Bernardo, San Miguel y San Gregorio. De la fusión estos nació, en 1583, el Colegio de San Ildefonso.

“A lo largo de casi 200 años –comento a mi amigo– los jesuitas adquirieron un enorme poder político y económico. No sólo tenían el monopolio de la educación, también dominaron notables industrias, como la pulquera. Pero nada es para siempre, con la llegada de los Borbones a la Corona de España, comenzaron los problemas pues, como se sabe, los súbditos de San Ignacio de Loyola, a diferencia de otras órdenes religiosas, no le rendían cuentas al rey sino al papa.

Además, los monarcas Borbones acusaron a los jesuitas de disidentes y azuzadores; de llenar la cabeza de sus pupilos criollos con ideas autonomistas. Por eso, algunos han querido ver en los jesuitas a una especie de precursores de la Independencia. En 1767 el rey Carlos III ordenó su expulsión de todos los territorios españoles en ultramar. Los jesuitas, antes todopoderosos, fueron echados de la Nueva España de la forma más artera y vil; partieron de estas tierras con una mano adelante y otra atrás.

El sol al fin ha menguado. Cruzamos Donceles y seguimos por Argentina. “Así –le remato a mi sediento amigo–, desde la fundación de San Idelfonso y hasta la mitad del siglo XX, esta parte de la ciudad en la que ahora estamos entrando ha tenido un cariz y un aire estudiantil”. En 1867, cien años después de la expulsión de los jesuitas, en San Idelfonso se fundó la Escuela Nacional Preparatoria, bajo la férula y dirección del Dr. Gabino Barreda, el Auguste Comte mexicano.

Y en septiembre de 1910 –un mes antes de que Panchito Madero lanzara su Plan de San Luis, con el que llamara al pueblo de México a tomar las armas para derrocar al gobierno de Porfirio Díaz–, en San Idelfonso fue fundada la Universidad Nacional de México, gracias a la tenacidad y los buenos oficios de don Justo Sierra.

Este Barrio Universitario, en el que se formaron los primeros profesionistas del México moderno y estuvieron todas las escuelas (Medicina, Agronomía, Jurisprudencia…), trajo consigo un nuevo y vigoroso estilo de vida: el de los estudiantes. Proliferaron negocios como cafés, librerías –la Porrúa, que acabamos de pasar, que editó la icónica colección “Sepan cuantos…”–, restaurantes, clubes y casinos, hostales, pulquerías, cines –como el famoso Goya, del que salió la consabida porra de la UNAM– y, desde luego: ¡cantinas!

El Nivel y El Río Bravo (ambas en la calle Moneda. El Nivel, como es sabido, fue la primera tomaduría con licencia de funcionamiento), La Valenciana (en Luis González Obregón y Brasil), el Salón Madrid (en Belisario Domínguez y la Plaza de Santo Domingo, cantina favorita de los estudiantes de medicina, quienes la apodaron “La Policlínica”, y donde se inventó el “Propofol”, un coctel a base de hielos contaminados, agua de horchata y mucho vodka, nombrado así por su semejanza visual con ese anestésico), La Concha (en Del Carmen y Guatemala), el Salón España…

De todas estas, la única que sobrevive es el Salón España, a la que, finalmente, mi amigo y yo hemos llegado. Nos acodamos en la breve barra, atendida por José, quien nos ofrece una carta que destaca por sus más de 100 marcas de tequila, asunto que a esta cantina le ha merecido el mote de “La embajada del tequila en la ciudad”. El España es una de las cantinas más clásicas y antiguas del rumbo. Fue fundada en 1921 –o en 1915, según aseguraba el cáustico Dr. Ismael Ledesma, biólogo y parroquiano de este abrevadero (que en paz espante)–, en una de las esquinas de lo que antiguamente fuera el Convento de La Enseñanza, el primer colegio para mujeres del continente americano

De muros color menta, tapizados por todo tipo de cuadros, el interior de esta cantina se siente doméstico. Huele a cocina y alcohol. Famosos son sus chamorros y su pozole estilo Jalisco. La contrabarra está coronada por un ancho cuadro que retrata, con trazos de carbón, el Zócalo de los primeros años del siglo XX, con jardines, Kiosco y tranvías. Sus dueños, los hermanos Asencio (Ricardo y Martín), atienden a los parroquianos como dios manda. Ellos heredaron este bebedero de su padre, quien fuera tendero de la ya mencionada cantina La Concha.

En contra esquina, en lo que fuera el viejo convento de Catalina de Siena, se encuentra el edificio que albergó a la Escuela de Jurisprudencia, en cuyas aulas se formó buena parte de la clase política e intelectual mexicana de la primera mitad del siglo XX. Y en frente, en el otrora monasterio de La Encarnación, en 1923 se erigió la Secretaría de Educación Pública, un proyecto pensado por José Vasconcelos, su primer titular, y cuya oficina miraba hacia el Salón España. En su libro El Desastre he querido encontrar esta cantina, pues me gusta imaginar que Vasconcelos trajo a comer al España a personajes como Gabriela Mistral, Diego Rivera, Jaime Torres Bodet, Andrés Henestrosa, el manco José Clemente Orozco o Pedro Enríquez Ureña, su íntimo amigo dominicano.

Continuará…