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“La tierra no es un botín de guerra, nos pertenece a todos”: entrevista con Delcy Morelos

EL MUAC exhibe la intervención “El espacio vientre”, creado para el museo universitario por la artista colombiana, quien relaciona su trabajo con arquitecturas ancestrales de América

La artista colombiana Delcy Morelos comenzó trabajando con pintura y cerámica; desde 2012 desarrolla instalaciones site-specific con tierra como materia central. Crédito: Barry Domínguez
22/02/2026 |01:06Sonia Sierra |
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La Sala 9 del Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) huele a tierra, canela y semillas, se siente oscura y fría, pero a la vez es cálida; la hierba crece y dan ganas de oler y escuchar. La experiencia, inmersiva y abrazadora, se llama “El espacio vientre” y es una obra de la artista colombiana Delcy Morelos (Tierra Alta, 1967).





“El espacio vientre” es la intervención más grande que Delcy ha realizado —tiene 11 metros de altura— y se puede conocer y habitar hasta el 7 de junio de 2026. Cuenta con la curaduría de Alejandra Labastida y Daniel Montero, y es la primera obra en una nueva línea de comisiones creada por el MUAC, dedicadas a proyectos inmersivos y de sitio específico.

La obra de Delcy conversa con la tierra como materia y memoria: con los entornos del Volcán Xitle, la zona arqueológica de Cuicuilco y el Espacio Escultórico; con arquitecturas circulares de culturas ancestrales de América, como Caral, de Perú, Ciudad Perdida, de Colombia, y los Baños de Nezahualcóyotl, en el Estado de México. También lleva a pensar el arte más allá de la dictadura de lo visual.

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Para esta obra, primero se vinculó con comunidades de Chiapas y Oaxaca; luego, la tierra se trasladó desde el Estado de México al Museo, donde ocupó la sala y se ubicó como en una serie de terrazas.

Delcy, ¿cuál fue tu propuesta, y cómo llegas al MUAC?

Yo desde el 2012 estoy trabajando con tierra y, casi siempre lo hago en una comisión o un site-specific. Es muy importante cómo tienen que ver con el contexto, no solo proporciones, temperatura y luz del lugar, sino también lo que lo circunda; aquí tenemos el Espacio Escultórico, Cuicuilco y el volcán Xitle. Fue unir todas estas formas e ideas. La piedra volcánica me llamó la atención porque no había tenido relación con una piedra así, tan abundante y omnipresente. El volcán está ahí, su erupción puede ser fertilidad, yo vengo trabajando hace tiempo con lo femenino, la tierra como un ser femenino que produce la vida.

Quería hacer una pieza con tierra, como venía haciendo en otros lugares, y quise usar una de color rojo, más orgánica, que contuviera más hierro; se trajo del Estado de México, de un lugar donde desde antes se estaba retirando tierra y, una vez concluido el montaje, se regresará.

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Crédito: Oliver Santana

La pintura es la que te aproxima a la escultura y a la tridimensionalidad, pero ¿la relación la tierra, como materia, venía desde las primeras obras, desde las pinturas?

Para mí hay una relación profunda entre la tierra y la pintura. Cuando iba a comprar pigmentos, óleos o acrílicos, había unos que se llamaban tierra de Siena tostada. Siempre se está pintando con tierra, aunque uno no lo sepa, aunque haya muchos químicos, a la larga todo sale de la tierra; el óxido de hierro es lo que hace que la tierra tenga ese color y es también lo que hace que tengas la sangre roja. Cuando yo hice las obras que se llaman “Color que soy”, acerca de los tonos de piel, me di cuenta de que todos tenemos del mismo color adentro, que las diferencias entre los seres humanos son superficiales.

Tiene un sentido muy poético que hayas nacido en un lugar llamado Tierra Alta (en el departamento de Córdoba, en el Caribe Colombiano), una tierra marcada por historias de violencia y racismo.

Sí, yo creo que, desde antes de nacer, estaba destinada a trabajar con la tierra. A uno lo va moldeando la vida a través de las circunstancias y los caminos que toma; tiene que ver con lo que has visto, con lo que te ha tocado vivir y sufrir.

Ahí (en ese territorio) estaban las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia); el ELN (Ejército de Liberación Nacional), y después, los paramilitares (Autodefensas Unidas de Colombia). Esos bandos estaban en San José del Ralito, un corregimiento (pueblo) del municipio de Tierra Alta, donde yo nací. Ahí se firmaron los diálogos de paz con los paramilitares en 2003. Y fue cuando me di cuenta de cómo la tierra, para esos bandos, es un botín de guerra; asesinan a pequeños propietarios para adueñarse de ella, solo por el ansia de poseer grandes extensiones, de ser como pequeños emperadores, de decirles a sus amigos: “a donde llega la vista, eso es mío”. Pero la tierra no es un botín de guerra, nos pertenece a todos.

Crédito: Oliver Santana

Estás desarrollando intervenciones con tierra, pero mantienes una continuidad con la pintura y la escultura.

Lo multidisciplinario es algo que me interesa mucho y se ve en la historia de mi trabajo; es algo a lo que yo me aproximo; también hago cerámica y textiles. Un sabio indígena de la selva amazónica, Isaías Román, me dijo que su imagen para representar el cosmos es un canasto, donde todo está tejido y todo se relaciona. Yo creo que no hay diferencias entre pintar y hacer escultura, porque cuando se pinta también estás trabajando con la tierra; cuando estás tejiendo, a la vez estás pintando; o cuando estás haciendo cerámica, estás esculpiendo.

Trabajar la cerámica fue la forma como empecé a trabajar con la tierra. Esa fue mi primera aproximación a nivel material, porque a nivel conceptual, el trabajo con la tierra empezó con mi preocupación sobre la tierra como botín de guerra; mi mamá me contó una frase que decían: “Si no nos vendes, le compramos a la viuda”. Era muy fuerte esta disputa por la posesión de la tierra.

Tus obras se caracterizan también por la contundencia de lo monocromático.

Cuando visitas la Sala 9, encuentras una gran pintura que se aproxima al minimalismo, pero al mismo tiempo que lo transforma hacia otras vías. La experiencia es de un solo color y por ahí aparecen pequeños trazos de paja o de semillas que están naciendo; unas cuántas semillas de quelites y de maíz.

La tierra también representa una profunda relación afectiva y de memoria en tu obra…

Cuando empiezo a hacer cerámica, y la toco con las manos, recuerdo la época en que yo estaba viviendo con mi abuela, cuando era muy pequeña. Lo que aprendí con ella está muy presente en mi trabajo, vivíamos en esta casa hecha con tierra, de bahareque (en Colombia es una técnica de construcción ancestral con tierra y un bambú o guadua); se hacía como se hace un canasto, y es la metáfora de la que hablaba Isaías Román: un canasto en el que todos estamos tejidos.

También hay una memoria de la tierra que está en las células, que el cuerpo reconoce, que pasa por los sentidos, pero los sentidos van más allá de la vista. Desde que pintaba con acrílico y con óleo, me di cuenta de que la gente estaba atenta al olor: “huele a tal cosa”, “me recordó algo”, entonces empecé a estudiar sobre el olor en las artes visuales. El olor estimula los recuerdos y la memoria, las células tienen memoria, la memoria de la tierra.

Delcy, mirando hacia la historia del arte y a esa “dictadura de lo visual” a la que te has referido, ¿quieres explorar no solo el espacio bidimensional sino lo que se siente y ocupa?

Sí, mira: la historia del arte ocurre en el tiempo y cambia dependiendo de lo que los humanos estemos produciendo en ese momento. Con las facilidades tecnológicas que tenemos, ahora es tan fácil hacer una imagen, hay tal proliferación y cantidad y todo el tiempo se están creando nuevas imágenes. Para uno como artista es mucho más difícil poder conmover a las personas si hay tal cantidad de imágenes.

Entonces, ahí hay unas exigencias a las que yo me adhiero y empiezo a cambiar mi trabajo, a hacerlo más grande, más matérico, más sensorial para poder disputar esa atención y sacar a los espectadores de estar viendo su celular todo el tiempo.

Ya después tú no puedes decir esto es una pintura o esto es una escultura, sino que son todas al tiempo: pintura, escultura, cerámica, arquitectura ancestral.

Tu obra se llama “El espacio vientre”. La imagen y noción del vientre ¿la trabajaste específicamente para México o está en otras intervenciones para sitios específicos?

Es algo en lo que estoy pensando siempre porque muchas culturas ancestrales relacionan la tierra con un vientre. Ella es redonda y estamos inmersos allí. También pienso en el acto de producir vida, en la gestación que hace la tierra y en la gestación que se hace en un ser animal, y encuentro esa relación también con Cuicuilco. Siempre he relacionado las cavidades con lo femenino, las cuevas nos producían cobijo y calor desde cuando estábamos en las cavernas.

¿Cómo surge el nombre de “El espacio vientre”?

Porque tiene que ver con el “Espacio Escultórico” que está al lado, que también es redondo y que está enmarcando unas piedras volcánicas; es hermoso y me ha conmovido siempre. Por eso esta es como una vuelta de tuerca a ese lugar, a esa puesta estética que es el “Espacio Escultórico”, y es llevarlo a otro lugar, al adentro. Es distinto producir una pieza afuera, en el aire, externa, ante el Sol, con los cambios de clima, a estar adentro, donde no hay tierra o, si está, está contenida en materas (macetas). En las casas, la tierra se relaciona con lo sucio; ponerlo de esta manera es poder observar la tierra en su belleza.

Al hacer una obra para sitio específico, ¿qué tipo de relación estableces con los lugares, en este caso Cuicuilco y el Espacio escultórico?, ¿qué tanto necesitas vivirlos?, ¿cuál fue ese ejercicio en este caso?

México está en las Américas, hablamos el mismo idioma, hemos oído música mexicana, ellos han oído la de nosotros; pienso que los indígenas, los antiguos habitantes de América también estaban relacionados, desde la Patagonia hasta Canadá tenían comunicación porque he encontrado similitudes. En Caral, Perú, hay unas construcciones similares a la que ves aquí en el MUAC, en la Sala 9, donde yo estoy. Entonces me influencio de todas estas piezas, también de la historia del arte, del land art, del arte en el paisaje. Aunque yo no estoy en el paisaje, estoy trabajando con el paisaje en un interior, en un museo, para que el espectador tenga otra relación con la tierra.

Delcy, tu obra ha referido este gran problema de la tierra en Colombia, un problema que ha cambiado pero que continúa. ¿Cómo ves este momento del país?

Mira, yo pienso que Colombia ha atravesado momentos muy difíciles y que los seguimos atravesando, que no se ha acabado pero que los colombianos aman su tierra y su paisaje, y eso les da fortaleza para seguir. Es un pueblo que trabaja y, mediante ese trabajo y esa resiliencia, ese lugar llamado Colombia puede salir de todo lo que nos ha tocado y nos seguirá tocando.