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La tensión silenciosa, sobre una nueva antología de cuentos de Inés Arredondo

La UNAM publicará una antología de Inés Arredondo, Orfandad y otros cuentos, que despliega un universo narrativo en el que conviven culpa y erotismo

Inés Arredondo y Juan García Ponce: figuras centrales de la Generación del Medio Siglo y protagonistas de la renovación literaria mexicana de los años sesenta. Crédito: Archivo personal de Ana Segovia, hija de la escritora Inés Arredondo. Foto: Tanya Guerrero.
15/03/2026 |01:03Benjamín Barajas |
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Inés Arredondo (Culiacán, 1928-1989) ocupa un lugar especial entre las autoras mexicanas del siglo XX. Su obra es breve —apenas tres libros de cuentos—, pero en la síntesis de ese universo se concentra una intensidad estética que explica su prestigio narrativo. Desde sus primeros relatos, reunidos en La señal (1965), la autora comprendió que contar no consiste únicamente en imaginar mundos posibles, sino también en explorar las zonas más ambiguas de la conciencia.





La prosa de Inés Arredondo oscila entre la revelación y el pudor; se sitúa en el umbral donde otros narradores procuran la catarsis o el escándalo. Para ella, la mirada contenida muestra el erotismo, la religión y la muerte como un fresco donde se anudan las tensiones de la conciencia de sus personajes.

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Crédito: Archivo personal de Ana Segovia, hija de la escritora Inés Arredondo. Foto: Tanya Guerrero.

La próxima aparición de la antología Orfandad y otros cuentos (UNAM-CCH, 2026) nos permite reconocer algunas de las líneas más características de su estilo, como son el pudor, el sentimiento de culpa y el goce del erotismo, temas que configuran una trama inusitada para asombro y disfrute de las y los lectores.

Como se recordará, Inés Arredondo perteneció a la Generación del Medio Siglo, junto a escritores y escritoras como Juan García Ponce, Salvador Elizondo, Sergio Pitol, Tomás Segovia, José de la Colina, Elena Garro, Amparo Dávila, Guadalupe Dueñas, entre otras y otros. A este grupo correspondió la tarea de reorientar la literatura hacia un ámbito internacional, mediante una exploración más compleja del individuo y del lenguaje.

Y en ese contexto, descuellan los tres libros de Inés Arredondo: La señal (1965), Río subterráneo (1979) y Los espejos (1988), que reúnen treinta y siete relatos. En ellos se despliega una mirada profundamente atenta a las tensiones morales de la experiencia humana: la familia, el deseo, la culpa y la fe.

En cuentos como “La sunamita” o “Río subterráneo”, el deseo aparece como una zona de revelación. No se trata simplemente de transgresiones, sino de zonas liminares. El erotismo, en Arredondo, no es celebración, sino una caída a las profundidades del ser. Dicha pulsión del instinto no es una fiesta, una orgía en busca de redención, sino un descenso sin retorno a nuestra fragilidad.

Frente al barroquismo erótico de García Ponce o a la experimentación verbal de Salvador Elizondo, Arredondo eligió cifrar lo cotidiano. Su prosa se construye con frases contenidas y silencios prolongados. El conflicto de sus relatos a menudo se encuentra en los matices y en las sugerencias de lo que permanece oculto.

En “Estío”, por ejemplo, la escena en la cual una madre descubre un afecto que roza lo incestuoso se presenta con un pudor extremo. La narración evita el exceso retórico y se limita a sugerir. El efecto es provocador: la contención produce una intensidad mayor que cualquier énfasis dramático. Y algo semejante ocurre en “La sunamita”, donde lo sensual semeja un elegante pase taurino: “Las miradas de los hombres resbalaban por mi cuerpo sin mancharlo y mi altivo recato obligaba al saludo deferente. Estaba segura de tener el poder de domeñar las pasiones, de purificarlo todo en el aire encendido que me cercaba y no me consumía.”

Como se habrá observado, leer a Inés Arredondo significa acercarse a uno de los estilos literarios más intensos de la narrativa mexicana del siglo XX. Sus cuentos muestran que en la conciencia humana conviven la pureza y el pecado; la lucidez y la culpa, pero también la sensualidad del lenguaje. En esa tensión, silenciosa y persistente, reside la fuerza perdurable de su obra.