Tres
En el departamento de Carmen. Pálida, ojerosa, labios resecos, despeinada. Cuenta.
Mi padre me vendió. O me cambió, según se vea, por una troca y un puñado de dólares. El narco llegó al Naranjal, un rancho de cuatro casas en la sierra de Mocorito, donde no había naranjos; lo apodaban el Mirachueco. Le dijo: Don Cipris, afuera hay una troca del año para que no ande a pie; si quiere ir a Guamúchil o a dónde sea, lo haga a la hora que le dé su gana, y aquí hay cueros de rana para que gaste, si quiere arreglar sus tierras, comprar una parcela o tomar cerveza una semana, le alcanza. Y puso un fajo de billetes verdes sobre la mesa donde comíamos, con fuerza. Escuchamos el ruido. A cambio, me voy a llevar a la Carmen.

Nuestra casa era de tres cuartos y en el del fondo estábamos mi mamá y yo, mi papá quiso protestar pero el Mirachueco, que tenía unos veinticinco años y como diez mujeres, lo calló y le aclaró: No vengo a preguntarle si ella quiere o no; mire, don Cipris, todas quieren, al principio siempre dicen que no, lloran un poco, pero luego se encariñan; la voy a tratar bien, se lo prometo, y sé que usted necesita una troca y que le gusta la tierra de la viuda del Colorado; mire, si después necesita algo más, me dice, que ya somos familia.
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Caray, Mirachueco, qué dura me la pones, oímos a mi papá muy preocupado. Dos meses atrás, mis dos hermanos mayores habían sido acribillados mientras rayaban bulbos para sacar goma y le había dolido hasta el alma.
Déjese de cosas, don Cipris, vengo con todo respeto a pedir a su hija y usted no me puede salir con eso, ¿me entiende?
La sirena habla en voz baja, trata de recordar la voz de su padre y escucha un río sin agua.
—Ahora llámela, que no traiga nada, yo me encargo de comprarle lo que le haga falta.
—Es que.
—Nada, don Cipris, llámela y no haga que me encabrone; por si quiere saber, vamos a vivir en Los Mochis, si alguna vez su señora o usted quieren visitarla, serán bien recibidos, pero me avisan antes.
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Mi papá sabía que no tenía opción. Por eso digo que me cambió; supe que me había ofrecido mil veces perdón en su lecho de muerte, y también a mi mamá, sobre todo a ella, que no paraba de lloriquear y murió antes que él. Estábamos asustadas, yo no quería pensar en lo que me esperaba con un hombre que me había saludado una vez y que comentó que cantaba bonito. Mi mamá deseaba impedir que me llevara pero la detuve.
Pausa. Bebe un sorbo de agua. Cierra los ojos. Descansa. Un reloj de Dalí pasa flotando.
Ambas sabíamos que no tenía remedio, que el narco había venido por mí y no se iría con las manos vacías, que podía matar a mi papá si se oponía, como dejó entrever, y de todas maneras me llevaría con él. Ella tuvo la idea de que escapara por la ventana trasera, se asomó y ahí estaban dos tipos desconocidos con cuernos de chivo al lado del horno para pan, seguramente vigilando que no me fugara. Siguió con su lagrimeo. Cuando el narquillo ordenó que me pidiera salir, ella me abrazó sin parar de llorar. Así la dejé. Aparecí con lo que traía puesto, el Mirachueco sonrió, era delgado, blanco y bastante guapo, le dio la mano a mi papá como para cerrar el trato y nos fuimos.
Afuera de la casa había una 4x4 que luego se robarían; mi papá no sabía manejar.
La mujer se detiene, imagina el reloj de Dalí en una sala de conciertos.
Fueron tres meses de sexo, sudor y drogas. Probé de todo, me la pasaba volando, quizá no caí en ninguna adicción porque era fuerte, tenía dieciocho años; desde luego que era bonita y de buen cuerpo, sin embargo, dos meses después el Mirachueco, al que le decían así porque era bizco, empezó a encontrarme defectos, que mis nalgas no eran tan grandes y redondas, que mis pechos eran chicos y también que no se explicaba por qué no quedaba embarazada; todas sus mujeres empezaban a vomitar a los pocos meses de estar con él. ¿Qué iba a saber yo de eso? Nunca había visto a un ginecólogo.
Por momentos, su cara es la viva imagen de la tristeza.
Le tenía pavor, pero creí estar enamorada. A veces cantaba pero nunca me elogió. Lo que no voy a negar es que el sexo lo disfrutaba, nunca lo hice como un instrumento de control, realmente me sentía bien y si estaba con él decidí que la pasaría lo mejor posible.
Una noche que estaba bien pasado me golpeó, luego me violó y se largó vociferando que yo no servía para nada, que no valía la troca que le había dado a mi papá. Quedé desconcertada, con la mente a oscuras, a esa edad no había pensado en ser madre, quería ser cantante como Lola Beltrán, porque decían que tenía la voz como ella; viera que “Paloma negra” me salía casi como a Lola la Grande. Pensé que no regresaría, me relajé un poco y guardé un poco de dinero. Pero nada, a los dos días volvió; no crea que me ofreció disculpas, nada, me empezó a besar, a meter mano y de nuevo sexo, sudor y drogas. Era insaciable y la verdad yo no sabía qué hacer.
Del Valle le aconseja que descanse, que si gusta después termina la historia, pero la mujer hace caso omiso.
Además, eso espaciaba la ingesta de cocaína, metas o lo que hubiera traído a casa, aparte del whisky, que se tomaba como agua. Vivíamos cerca del parque Sinaloa, un lugar muy bonito, lleno de árboles viejos, pero sólo me llevó una vez; lo suyo era estar en la cama.
La mujer mira al viejo, que escucha tratando de que no siga, intenta sonreír pero no lo consigue.
Durante este tiempo nunca vi a mis padres.
Tres veces le pedí permiso para visitarlos pero se negó; incluso le propuse que me llevara pero tampoco quiso. Durante los siguientes meses me violó dos veces y me pegó otras dos; una de ellas me dejó para el arrastre, uno de sus guaruras me tuvo que llevar al médico y estuve tres semanas con la cara morada y muy hinchada. Cada que podía me reclamaba por no quedar preñada. Cuando me empezó a maltratar, supe que había negociado otra muchacha y que ya estaba embarazada.
Un día me dijo: Mira, pinche Carmen, si no sirves para tener plebes vas a ser mi puta, así que prepárate porque te vas a poner nalgas y chichis.
Yo no quería operarme, pero callé, no fuera a atizarme de nuevo. Sonreí y lo besé para que sintiera que estaba de acuerdo. Buscamos un cirujano; el Mirachueco, que cada vez estaba más corto de vista, le explicó lo que quería, el médico le preguntó si estaba seguro, respondió que claro, que tenía que dejarme hecha un cuero, según él; acordaron precio, día, hora y hospital donde me harían diversos análisis y la cirugía. Le adelantó la mitad de sus honorarios, pagó clínica, personal de apoyo y listo. Primero me pondrían implantes en los pechos.
Cierra los ojos, verdes, tiene la certeza de que su cansancio es el mismo que el de ese dúctil reloj que imagina en el hombro de Del Valle.
El día señalado, cuando llegamos a la clínica en su troca blindada, nos estacionamos. Al lado una Hummer con dos guardaespaldas. Era temprano. Entramos, el doctor nos esperaba, le dijo al Mirachueco que colocar los implantes tomaría algunas horas, que podía hacer su trabajo o esperar en la cafetería, que lo buscaría al terminar. Optó por esperar, dijo que rezaría por mí y se marchó. Uno de sus hombres lo siguió, el otro se quedó de guardia.
El doctor me informó que los resultados de mis análisis estaban bien y me indicó que pasara a una habitación, que dejara mis cosas, afeitara mis piernas, algo que nunca había hecho, y me cambiara con una bata azul.
Aunque tiritaba de miedo, daría el paso, lo había decidido cinco días antes. Desde el primer maltrato había guardado dinero en pocas cantidades; pensaba que podría regalarlo a mis papás. Pero cuando dispuso que me operaran, resolví que sería para otra cosa. Me puse la bata, traía mi monedero en mis calzones y allí lo dejé.
Vi pasar al cirujano ataviado para trabajar, una enfermera vino por mí, le dije que debía decirle algo al guarura y que faltaba afeitarme; indicó que no era necesario; salí, el guardaespaldas no estaba a la vista y aproveché para escapar sin saber por dónde. Encontré al muchacho cerca de la cafetería.
Qué onda, morra, preguntó. ¿A dónde vas? Traía un vaso de café caliente.
¿Está bueno el café? Coqueteé, tomé el vaso de su mano para probarlo pero se lo eché en la cara.
Qué onda, pinche vieja, gritó y corrí, disparó dos veces no sé a quién ni a dónde, me moví deprisa por pasillos llenos de gente hasta que encontré una puerta. Detrás de mí escuchaba carreras, maldiciones y preguntas: ¿Han visto a una vieja con una bata azul? Me describían las enfermeras y el guarura.
Llegué a Urgencias. Me metí bajo una cama donde una mujer lloraba de dolor. Había otras tres y en ellas personas se quejaban de sus heridas. Miré sangre en el piso.
Respira. De nuevo cierra los ojos. Nota que el reloj ha crecido.
Los oí acercarse pero no se asomaron, ni ellos quieren ver el desgarrador infortunio que impera en esas salas, verdaderas puertas al otro mundo. Lugares de lo más lastimeros. Luego salí con un gorro y una bata blanca de enfermera que encontré en un perchero, en el estacionamiento de los médicos me escabullí entre los carros. Cuando alcancé la calle, una troca blindada salía como rayo del otro estacionamiento pero en sentido opuesto.
Agarré el pequeño monedero y tomé un taxi a la terminal de autobuses, compré un pantalón, una blusa y un brasier, me cambié en el baño y me vine a Culiacán.
La mujer guarda silencio, sus recuerdos están tan ordenados que pareciera haberlos memorizado.
Aquí vivían mis abuelos maternos. De momento no los busqué porque no quería comprometerlos, pero me sentí acompañada. Me aboné en una casa de estudiantes para señoritas donde respondí algunas preguntas que no me delataban. Pasaron los días. A veces tomaba un taxi y pasaba frente a la casa; veía a mi abuela regando las plantas o conversando con las vecinas. Resistía las ganas de llorar.
Con el dinero que le robé al Mirachueco después renté un departamento con baño donde cabía una cama, conseguí trabajo en el Partido Democrático del Pueblo Bueno e ingresé a la prepa abierta. Uno de los mejores días de mi vida fue cuando leí en un periódico que habían matado a ese infeliz. Respiré hondo.
Entonces me vine con mis abuelos. Me enteré de que el malnacido había puesto un vigilante durante dos meses cerca de la casa y pasaba de vez en cuando a preguntar por mí y amenazar a los viejos en caso de que me ocultaran. Pronto murieron mis padres; nunca me atreví a visitarlos ni en el panteón.
Respira hondo, ve la ventana cubierta con una persiana blanca. El viejo es una estatua que escucha. El reloj se escurre sobre su cabeza.
Terminé la prepa y mis abuelos me animaron a seguir estudiando. Entonces me fui a la Ciudad de México, a la UNAM, y me inscribí en Ciencias Políticas. Allí hice algunos amigos que no he visto más. Me atraía estudiar canto, pero al final no me atreví, me conformé con cantar en casa. Antes de terminar la carrera murió mi abuelo, un buen hombre; pero la que era una visionaria era mi abuela, que se nos adelantó hace dos años. Una gran mujer que influyó muchísimo en mi vida.
Y bueno, aquí estoy, dispuesta a apostar fuerte por el futuro, aunque tenga que derribar algunos muros, que espero no me caigan encima.
Néstor del Valle, que escucha con atención, hace un gesto afirmativo y bebe café, sabe que la justicia es una ilusión y que Carmen no pudo actuar de otra manera. Están en casa de Néstor. Se nota un tanto relajada, como si se hubiera librado de una pesada carga. Se acomoda en la cama. Habitación pintada de violeta claro, clóset abierto, ordenado; un librero con libros y revistas. Le duele el cuerpo. Esa presentación en la plaza Inés Arredondo, donde recibió los disparos, la tiene dubitativa. Bebe un poco de agua, continúa pálida, ojerosa, con poca energía; sin embargo, quería que Del Valle la conociera un poco más.
Néstor recuerda a Elias Canetti: “El auténtico valor del recuerdo consiste en hacernos comprender que nunca nada es pasado”. Se pone de pie, sus ojos toman el color de la gruta que conduce al infierno.