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La figura en la alfombra (1896) por Christopher Domínguez Michael

Reseña de La figura en la alfombra (1896) de Henry James, relato con el que el inglés desmontó la idea de una sola lectura y dejó un modelo decisivo para el siglo XX

Henry James retratado de John Singer Sargent de 1913. Crédito: National Portrait Gallery / Art UK.
22/03/2026 |01:01Christopher Domínguez Michael |
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La mejor introducción al arte de Henry James(1843-1916)sigue siendo la de Jorge Luis Borges. Copio un párrafo bien conocido:





“He visitado algunas literaturas del Oriente y del Occidente; he compilado una enciclopedia antológica de la literatura fantástica; he traducido a Kafka, a Melville y a Bloy; no sé de una labor más extraña que la de Henry James. Los escritores que he enumerado son, desde la primera línea, asombrosos; el universo que proponen sus páginas es casi profesionalmente irreal; James, antes de manifestar lo que es, un habitante resignado e irónico del Infierno, corre el albur de parecer un mero novelista mundano, más incoloro que otros. Iniciada la lectura, nos molestan algunas ambigüedades, algún rasgo superficial; al cabo de algunas páginas comprendemos que esas deliberadas negligencias enriquecen al libro. No se trata, entiéndase bien, de la pura vaguedad de los simbolistas, cuyas imprecisiones, a fuerza de eludir un significado, pueden significar cualquier cosa. Se trata de la voluntaria omisión de una parte de la novela, que nos permite de una manera o de otra interpretarla de una manera o de otra; ambas premeditadas por el autor, ambas definidas.”

La figura en la alfombra, el relato publicado por James en 1896, es su texto central como crítico, al postular, a través de sus ficciones, un arte de la crítica, o “acto”, como lo diría Wolfgang Iser, el intérprete alemán de James de quien hoy me fío. No se ignora que James escribió insistentes prólogos al reeditar sus novelas, que a veces disgustan por su celo pedagógico, ni que como ensayista dejó un par de tomos sobre las literaturas estadounidense e inglesa de su tiempo; me refiero a que en esa novela corta de 1896 postuló algunas de las premisas de la futura teoría literaria.

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Crédito: Impedimenta editorial/ https://www.wikiart.org/

La trama es sencilla y reúne, como en La lección del maestro (1888), a un maduro y exitoso novelista frente a sus jóvenes lectores, aspirantes a emularlo o a interpretarlo. En este caso, un par de críticos, el narrador y su colega Corvick, se dejan seducir por el grande y admirado Hugh Vereker, quien les revela insidiosamente que su obra guarda un secreto capaz de revolucionar por completo su interpretación.

Ese interpretar, calcula Iser, es, en sí mismo, el inicio de la hermenéutica aplicada a la literatura. No nos es brindado por James el asunto de La figura en la alfombra, sino la relación entre obra e interpretación, o la primacía, agregará este crítico, de la segunda sobre la primera. Las peripecias del relato, la muerte de personajes, la siempre insinuante presencia de una musa (en este caso Gwendolyn, la prometida de Corvick) cuya aparición lo erotiza toda de manera sublime (James fue el más pudoroso de los novelistas) y el desenlace, pasan a segundo término, para presentar el ur-texto de una “ciencia de la literatura” cuya misión es descifrar aquello que el lector (y el crítico como lector de lectores) lee pero no entiende, lo cual explicaría, a través de La figura en la alfombra, la preminencia de la crítica durante buena parte del siglo XX.

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Lo cual confirma, según Iser en El acto de leer (1987), que, durante la pasada centuria, el autor fue perdiendo protagonismo hasta llegar al riguroso extremo –soy yo quien lo recuerda– de ser víctima de una condena de muerte merced a Roland Barthes. Pero James sabía que de revelarse ese misterio –ello no ocurre en La figura en la alfombra– la literatura perdería su libertad (la de la interpretación) para convertirse en una moral utilitaria para filisteos, desenlace contra el cual él mismo nos previno en El arte de la ficción (1884).

El narrador y su amigo Corvick no pueden sino fracasar: ninguna obra tiene una sola interpretación y cuando esta es impuesta a la feligresía, entramos en la teología de la Revelación, de la fe y con remotísima frecuencia, del fanatismo. Pero ello no quiere decir que el viaje de la crítica sea inútil: ya decía el poeta Cavafis que Troya importa poco tras haberse consumado el largo viaje hacia ella. Como jactancia, es suficiente para el crítico el ardid filosófico de buscar una verdad epistemológicamente esquiva, esa sospecha de “un secreto a voces” latente en la obra de arte, del que hablaba Thomas Carlyle, citado en El arte de leer.

James, como era necesario, juega con su lector. El fallecido Corvick parece haber descubierto el secreto de lo que significa esa “figura en la alfombra” en Vereker, pero de ser cierto, los lectores, como el novato narrador del relato, lo ignoramos. La figura en la alfombra, insisto, es una de las fuentes de la crítica del siglo XX.

Y lo es en dos direcciones antagónicas. Ambas, según Iser, tornan fútiles las aclaraciones que un autor pueda esgrimir sobre la naturaleza de su escritura, el demeritado “intencionalismo”. Lo que el enigmático Vereker, el propio James –tan dado en guiarnos hacia una lectura adecuada de sus novelas– o cualquier narrador alharaquiento al explicarse ante el público, dice sobre su obra, no es irrelevante, aunque esas intenciones expresas del autor sean sólo un dato más a valorar por el buen crítico.

Dicho lo anterior, La figura en la alfombra, en primer término, es la fuente de la impenetrabilidad, a menuda horneada en el fuego de lo sagrado, atribuida por la crítica a la obra de arte. Cuando el narrador y Corvick, constatan que Vereker, en La figura en la alfombra, les ha dejado sólo la constatación de “un espacio vacío” –según Iser– un Maurice Blanchot –digo yo– se adueña de la página. Escribir se convierte entonces en una progresiva desertificación del sentido, quedando los lectores a la espera mesiánica de ese “libro que vendrá”, el cual probablemente ya vino, y fue aquel cuyo tema sería la Nada según bromearon (o conjeturaron), a fines del XIX, Gustave Flaubert y Stéphane Mallarmé. Y si el sentido, dice Iser “es de índole figurativa”, todo formalismo, desde el ruso hasta la gramatología, pasado por los Nuevos Críticos, queda autorizado porque apenas tenemos unas “indicaciones estructurales” para entrever un sentido que “sólo se deja captar como imagen”, al decir del crítico en El acto de leer.

Pero si Vereker fue sólo un embustero y preludiando a un James Joyce divirtiéndose con la industria universitaria a consumirse en la interpretación postrera de su Ulises, engañó a sus críticos y lectores con una “figura en la alfombra” que sólo es un arabesco, o en el mejor de los casos, un trampantojo, su obra queda abierta, pero no en la ingenua noción de Umberto Eco, a la espera de un lector que la complete o concluya.

La figura en la alfombra haría, en esta segunda acepción, de la crítica originada en el temperamento liberal del crítico, una lectura que, sin la excavación destructora del sentido provocada por el celo arqueológico del hermeneuta y sin su contra interpretación ingeniosa, una restitución a la universalidad de ese secreto a voces propalada, en aquel relato. Hay un cuento filológicamente inconmovible en La figura en la alfombra, de Henry James. Vaya que lo hay. Pero después de ello, queda un texto del cual se apropia la libre intuición de cada lector. Eso que Borges hallaba oculto.