Afuera, el sol brilla intenso, unánime, blanco y voraz. Es mediodía. Y sin embargo nosotros –mi amigo y yo– nos encontramos sumergidos en la densa oscuridad de una caverna. Un sótano perdido convertido en cantina: el Salón Bach. Adoro los bares subterráneos. Me hacen sentir, a la manera de Kavafis: “inmerso en los tenebrosos abismos tremendos de la tierra”. En el Bach todo es umbrío. Hasta el mobiliario ha sido teñido de negro. Apenas unas luminarias ambarinas, más bien famélicas, aluzan el lugar. Nos hemos sentado en un nocturno reservado, en espera de nuestras bebidas. Mientras eso ocurre, termino de contarle a mi amigo la historia del fantasma de Guty Cárdenas que, se dice, habita en esta cueva, pues el Cantante del Mayab –como posteriormente se le conoció– fue asesinado en este antro la noche del 5 de abril de 1932.
“Como te decía: Guty Cárdenas se encontraba con un grupo de amigos departiendo. Llevaban casi doce horas inflándole al trago; cantado; empedándose de lo lindo. A media jornada los hermanos Ángel y José Peláez, asturianos y dueños de la popular zapatería Electra, habían arribado al Bach y ocuparon un reservado frente a la mesa de Guty. Bajo la euforia propia de la borrachera, los hermanos empresarios enviaron una ronda de tragos a la mesa del afamado compositor y así brindaron, a la distancia, con sus vecinos de parranda. ¡Qué buena fiesta traían! Todo era placer y diversión. Música y alcohol. Guty y sus amigos entonaban, al aparo de una guitarra, los más grandes éxitos del yucateco, animando el ambiente del Bach. Pero de pronto la embriaguez se tornó hostil. La animación del lugar se ensombreció.
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Hay varias versiones, te comentaba, de cómo comenzó la tragedia. Algunos dicen que uno de los hermanos Peláez le coqueteó a Rosita Madrigal –amiga de Guty– asunto que enfureció al compositor; otros, que en algún momento de la juerga Guty y José Peláez se retaron a unas “vencidas de dedo” y que alguno intentó hacer trampa, lo que detonó en lío; otros, que los hermanos Peláez se mofaron de la manera en que Guty interpretaba sus canciones (¡estaba más beodo que una cuba!)…
Sea como sea, el hecho es que Guty y José Peláez se hicieron de palabras y luego de golpes. Ambos se transaron a puños. Pronto lograron separarlos, pero José arremetió y, por la espalda, le reventó a Guty una botella en la cabeza. Cuando éste se recuperó, sacó su arma y, decidido a ponerle fin al corrido, le pegó dos tiros a José. Uno le atinó en la axila y otro en el brazo izquierdo. Nada realmente grave. Pero el asturiano herido comenzó a gritar de dolor. Decía que se moría. Al ver la escena, su hermano Ángel desenfundó su escuadra Browning 9mm y descargó los ocho tiros que estaban en el cargador sobre el cuerpo de Guty. Cuatro de ellos hirieron mortalmente al ícono de la trova yucateca. Uno le desbarató el corazón al instante. Rosita, su amiga, gritaba destemplada: “¡Han matado a Guty!... ¡Dios mío!... ¡Llamen a la policía!”. Eran las 11:39 de la noche. El piso del Salón Bach se tiñó de charcos de púrpura encendida”.
Nos han traído nuestras respectivas bebidas. Lo de siempre: tequila HB y cerveza Corona. Desde nuestro reservado es posible apreciar la barra y la contrabarra de este antro, de buena factura, que denotan un pasado de lujo y boato. La palabra “antro”, por cierto, es sinónimo de caverna, gruta, cueva, guarida. Y la palabra “cantina” –de raigambre italiana– también. La cantina es, por definición, una cueva, un sótano, una bodega donde se guarda el vino; una cava. Y apropósito de antros, me viene a la mente el extraordinario libro de Gonzalo Celorio: Y retiemble en sus centros la tierra (que el propio Celorio opina que debió llamarse “Y retiemble en sus antros la tierra”), una novela que más que novela es una exquisita guía –un viacrucis ebrio y laico– por algunas cantinas de esta ciudad. Muchas de ellas, dicho sea de paso, lastimosamente desaparecidas (el Bar Alfonso, el Salón Luz, La puerta del sol, El Nivel…), pues la novela fue publicada hace 27 años. ¡Ya llovió! Y la tormenta se ha llevado varias tomadurías.
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Tras el asesinato de Guty Cárdenas, el Salón Bach –que como ya hemos dicho no se encontraba aquí sino a la vuelta, en el 32 de la calle Madero– fue clausurado y por muchos años dejó de operar. Volvió a florecer hacia la década de 1980, en el lugar donde ahora nos encontramos: el sótano de un edificio art decó construido por el arquitecto Juan Segura para la fundación Mier y Pesado, en la esquina de las calles 5 de Mayo y Bolívar, en donde, hasta 1867, estuvo la huerta del convento de Santa Clara. El Bach fue fundado por Karl Bach, un inmigrante alemán, y desde 2013 es administrado por Bruno Delgadillo y Eduardo Pineda, quienes originalmente hicieron del Bach una especie de speakeasy.
En México los speakeasy nunca existieron, por la sencilla razón de que el alcohol jamás ha sido prohibido. Pero en los Estados Unidos, los speakeasy fueron importantes e ingeniosos espacios de resistencia ante la Prohibición Alcohólica o Ley Seca que el gobierno norteamericano impuso entre 1922 y 1933, y que colocaba a la producción y el consumo de alcohol como una actividad ilícita. Frente a la actitud prohibicionista surgieron innumerables bares clandestinos e ilegales, que funcionaban “a puerta cerrada”. En ellos se pedía a sus clientes “hablar bajo” (de ahí el nombre) para evitar que el lugar fuera descubierto por la policía.
Pues bien, por un tiempo el Bach funcionó como un speakeasy. La clave de acceso era sencilla: si el anuncio luminoso del exterior estaba encendido, había servicio. Entonces, uno rascaba la cerrada puerta de la cortina de metal y vualá. Otro antro que funcionó así –al menos por un tiempo– fue el difunto Fiuma (extinto en 2023), ubicado en Marroqui número 28-C, en los bajos del edificio Guanajuato, en el corazón del Barrio Chino. Al final de sus días, El Fiuma era más bien una especie de baño –sin puertas– con servicio de bar. Sin embargo tuvo sus años dorados. Le perteneció al nombrado torero José Rodríguez “El Pajarito”, quien murió en su interior. Hallaron su cadáver cuando el olor anunció a los vecinos la desgracia. Al final El Fiuma operaba a puerta cerrada. Si no había candados: estaba abierto. Entonces uno rascaba la cortina, como perro desamparado…
Hago la señal de la cuenta al mesero. Quiero llevar a mi amigo a que conozca otra hundida caverna, y el tiempo apremia. Siguiente parada: El Astur.
Continuará…