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“La cultura está presente todo el tiempo y es lo que nos da identidad y fuerza, vitalidad y alimento”, entrevista a Gerardo Estrada

A los 80, Gerardo Estrada recorre 50 años de gestión cultural, reivindicando la cultura como experiencia política y patrimonio vital

Gerardo Estrada, sociólogo, académico y uno de los gestores culturales más influyentes de México, fue recientemente homenajeado por la UNAM tras 50 años de trayectoria en difusión cultural, docencia e impulso de instituciones como el Instituto Nacional de Bellas Artes. Crédito: Gabriel Pano
15/02/2026 |04:28Adriana Malvido |
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Mientras escuchaba un domingo reciente a Sophia Liu al piano, en la sala Nezahualcóyotl con la Orquesta Filarmónica de la UNAM, me pregunté por dentro, igual que aquel personaje de la novela Canon Inverso de Paolo Mausering: “Cuánto tarda una nota de una frase musical en apagarse del todo. No sólo físicamente, como vibración sonora, sino como vibración emotiva. Notas que se elevan noche y día en todo el mundo” para decir lo que no pueden las palabras, sólo la música. Luego pensé: ¿quién está detrás para que todo esto suceda? ¿quién hizo posible que tanta gente acceda al foro, pueda escuchar a la orquesta y a la artista prodigio, se conmueva, se emocione y salga del concierto con nuevos ojos para mirar al mundo?





Es la gestión cultural. Y hay quien la ejerce con sensibilidad y conocimiento, inteligencia, libertad y audacia, pero también con discreción y honestidad. A esa estirpe pertenece el doctor Gerardo Estrada.

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Gerardo Estrada en el MUAC, durante el homenaje que le rindió la UNAM tras cumplir 80 años y celebrar más de cinco décadas de trayectoria en la gestión cultural. Crédito: Santiago Cadena / El Universal

Lo conocí hace más de tres décadas, como reportera. Lo que aquí comparto está escrito desde ese lugar: el periodismo cultural. Gerardo Estrada ha sido siempre amable, respetoso, cordial y abierto a platicar con la prensa y concentrarse, sin prisa, en la conversación. Algo que se extraña muchísimo hoy en día. Ofrecer tiempo, en su propia casa, resulta una entrañable rareza. Se lo comento y me dice:

“Por un lado, creo que eso es porque siempre he sentido gran admiración por los periodistas. Por el otro, porque muchos fueron mis alumnos en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Tengo muchos amigos periodistas. Los movimientos universitarios me acercaron mucho a ellos porque eran nuestros cómplices”. Y cierra su respuesta con humor: “Bueno, también es parte de la vanidad de uno. Y del cálculo político. ¿A cuántos funcionarios no han deshecho los periodistas? Entonces, más vale estar bien con ellos”.

Detrás de una trayectoria de 57 años en la docencia universitaria y la investigación y de 50 años en la gestión cultural, como director de Radio Educación, del Programa Cultural de las Fronteras, de la Casa de México en París, del Instituto Nacional de Bellas Artes, de Asuntos Internacionales en la secretaria de Relaciones Exteriores, del Festival de México y en la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM en dos ocasiones, hay algo que distingue al doctor Estrada. Su perspectiva. Es alguien que observa desde la sociología para actuar dentro de la trinchera cultural. Que busca entender a la sociedad de su tiempo, para ejercer una política cultural congruente con ese conocimiento.

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Para él la sociedad sin cultura no existiría, la cultura aglutina todo el pensamiento y articula la vida social. Comparte la idea de que “Toda experiencia política es una experiencia estética”. Cuenta que él quería ser político. Pero luego del 2 de octubre de 1968 decidió que, si la política implica violencia, aquello no era para él. Y optó por hacer política desde la trinchera cultural, donde podía promover un cambio y agitar las conciencias de otra manera, a través del arte. Años después haría posible el Memorial del 68 en Tlatelolco.

Luego de medio siglo en la gestión cultural ¿cuál es su mayor satisfacción? Estrada responde: “Yo me sentía orgulloso cada vez que aplaudía el público. Cuando lo hacía con ganas, porque aprendí a distinguir entre los aplausos fáciles que se dan por complacencia o cortesía. Y los que se dan con el alma, al borde de las lágrimas y la emoción.” Hoy se emociona al ver las filas de jóvenes para entrar al Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC).

Estrada aprendió a conocer al público cultural. Y el de México, dice, es muy agradecido con los artistas. ¿A qué se debe?, le pregunto. Es que “somos muy cursis”, responde. ¿Cómo? “Sí, dice, cursilísimos, nos ponen una tanda de boleros y derramamos miel”. Ser cursi, explica, es parte de nuestra cultura, de una sensibilidad especial. “Quizá se deba a nuestra historia, a un contexto específico, a nuestro bonito paisaje”. Tenemos la materia prima para ser cursis, agrega y, además, una educación sentimental muy edulcorada y muy positiva.

Para Estrada un buen funcionario cultural requiere sensibilidad y conocer muy bien a la sociedad con la que se está trabajando. Reconocerse entre la gente, entender el ambiente en el que se vive.

Le recuerdo a Vicente Leñero. En su discurso al recibir el Premio Nacional de Literatura 2002, advertía frente a Fox: “Resulta casi inimaginable, descubrir a un secretario de Estado, o a un gobernador, o a un líder parlamentario, gozoso en la butaca de un teatro, en una sala de conciertos o de cine, absorto en la lectura de una novela o ensimismado en una galería de arte… Y si quienes nos dirigen desconsideran para sus propias vidas la valoración íntima de las manifestaciones culturales, resulta lógico entender que no hagan lo suficiente para promover el ejercicio y la apreciación de lo que exalta la vida (…)”

Si uno quiere conocer de qué se alimenta el maestro hay que saber que es un melómano, que le encanta la música clásica, que sus compositores favoritos son Mozart y Bach, con quienes se despierta cada mañana y se reanima a diario. Su casa está rodeada de libros y piezas de arte. Confiesa que lee más literatura que sociología. Para entender al poder, dice, nadie como Shakespeare, Maquiavelo, el teatro de Moliere… Don Quijote es fundamental también; es más, el doctor reconoce que su sentido de la ironía tiene mucho que ver con Cervantes. En resumen, se ha formado a través de la literatura universal. Ahora mismo lee a Kawabata y su héroe en la gestión cultural es Andre Malraux.

¿Qué sentido tiene la conservación del patrimonio cultural?

“En primer lugar, en su momento pensábamos que era algo que le pertenecía a la humanidad entera y no solo a México. Así como cada vida es una vida ejemplar, la cultura de cada país es excepcional y vale la pena cuidarla. Nosotros hicimos aportaciones interesantes en ciertos momentos de la historia en donde la América prehispánica se adelantaba a los tiempos. Teotihuacán, Monte Albán, Chichen Itzá o Palenque son excepcionales en la historia de la humanidad y valió mucho la pena haberlas conservado, sobre todo desde Porfirio Díaz y después de la Revolución Mexicana”. Del siglo XX Estrada destaca la creación y consolidación de instituciones culturales como el INBAL y el INAH que para él han sido ejemplares.

Pero en el siglo XXI las cosas han cambiado. Porque la sociedad cambió. Advierte Estrada: “El cambio de régimen político tuvo consecuencias graves para la cultura. Por más buena intención que tuvieron los panistas no se cumplió. Y luego, a la izquierda no le ha interesado la cultura como se esperaba. Yo creo que es por ignorancia. Y pragmatismo, la idea de que la cultura debe ser útil a la sociedad. Si la clase política no va al teatro y al cine, si no lee, como decía Leñero, ¿qué van a saber de este mundo? ¿Cómo lo van a valorar? Creen que es un adorno, una frivolidad, no se dan cuenta de lo profundo”.

Estrada advierte la incultura en la clase política. y la desigualdad como un hecho, sí, pero más un pretexto. Porque en México “la cultura de Bellas Artes y de la UNAM es lo más accesible del mundo. Y hemos hecho mal en hacer casi gratis los espectáculos culturales”.

Él fue coordinador del Auditorio Nacional y, como testigo, recuerda que cuando se presentaba Gloria Trevi la gente llegaba de todos lados en pesero o en autobús, pagaban su boleto y llenaban la sala. Igual que en el futbol. En cambio, los conciertos masivos en el Zócalo se llenan de gente porque son gratis, pero las personas ven algo que no escogieron, sino que les tocó en suerte. Recuerda que los primeros en hacer estos espectáculos fueron Televisa y Hank González en el Hemiciclo a Juárez. Ahora los candidatos a un cargo político procuran siempre llevar consigo a un grupo, lo que, a él, como sociólogo, le resulta interesante. Así confirma que sus dos vocaciones se complementan.

Gerardo Estrada ha sido gestor cultural en el gobierno y en la UNAM. La diferencia, para él, es la gran libertad con la que es posible impulsar la cultura desde la universidad. Advierte que los movimientos libertarios en la cultura surgen en la UNAM. Menciona la década de los 60 cuando florece la época de los rebeldes, el teatro de Juan José Gurrola, el Museo Universitario de Ciencias y Artes (MUCA) en manos de Helen Escobedo, la experimentación electrónica musical de Héctor Quintanar o la de Eduardo Mata. La primera obra homosexual, la de Nancy Cárdenas, se montó aquí …En la universidad es posible correr riesgos.

Otra faceta en la que Estrada destacó y también asumió riesgos es la de la diplomacia cultural. A sugerencia del entones canciller Jorge Castañeda Gutman, nombró a intelectuales y creadores como agregados culturales. Algunos se tomaron el año sabático o las vacaciones, reconoce, pero otros hicieron gran promoción para México con sus propias obras.

A lo largo de medio siglo Estrada ha vivido revoluciones como la juvenil del 68, la tecnológica, la digital y la de los feminismos, que han transformado la expresión artística y la vida de la gente. Le pregunto qué permanece en medio del vértigo de los cambios. Responde: “La cultura está presente todo el tiempo y es lo que nos da identidad y fuerza, vitalidad y alimento. Todos los países tienen su cultura. Pero la diversidad cultural de México es excepcional y nos potencializa. En reconocerla está el verdadero nacionalismo, la condición de pertenecer a una comunidad. Siempre estamos apelando a eso, es la razón de nuestra existencia. Lo demás es una aventura”.

Gerardo Estrada se dice feliz hoy. Y le creemos. Porque alcanza los 80 años de edad y los 50 como gestor cultural con su integridad intacta y el reconocimiento en el aplauso de toda una comunidad y de varias generaciones que, gracias su labor, se han conmovido, inquietado, rebelado y quizá, pueden salir de un concierto, función de danza o teatro, del cine, de una exposición o de una biblioteca, con el ánimo de que es posible cambiar el mundo.