Compré Dinero y escritura (Sexto Piso, 2024), de Olivia Teroba porque hacía rato que no tenía conocimiento de un libro de autor nacional sobre las condiciones materiales del escribir en México, esperando encontrarme con los habituales reparos, de larguísima cuenta histórica, de los intelectuales contra el dinero, constitutivos de lo que Joseph Schumpeter y Ludwig von Mises llamaban la “mentalidad anticapitalista” del literato, nacida con la modernidad temprana (o quizás una herencia cristiana y franciscana), y que durará tanto como dure el propio capitalismo.
Para mi sorpresa y para mi ilustración, Dinero y escritura, de la narradora nacida en 1988, es un trabajo ambiguo al respecto. Su autora, seguramente con todo merecimiento, ha sido becada tanto por el FONCA como por la Fundación para las Letras Mexicanas, ganado varios premios literarios nacionales e internacionales y cuenta en su haber con residencias artísticas en Bolivia y en el Japón.
Tlaxcalteca, la autora comienza hablando de la servidumbre fundacional de la Malinche y culpando de la desgracia de aquella esclava a los caciques indígenas que la regalaron, como presente vivo, a los conquistadores peninsulares, lo cual es viento fresco ahora que la “narrativa” decolonial exculpa sistemáticamente a los “no occidentales” de todo crimen o pecado social e individual.

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Teroba, hija de la clase media provinciana y nieta de un político letrado y lector, sabe de lo que está hablando, por la cantidad de pueblos dedicados al lenocidio entre Tlaxcala y Puebla. De estos repulsivos usos y costumbres, no sólo por ancestrales, en Dinero y escritura no se culpa al “neoliberalismo”, lo cual se agradece.
El tono predominante en Dinero y escritura es, asumidamente, la queja. Tras definirse como parte de un “cognitariado” (los rusos del XIX le llamaban “proletariado intelectual”) que defiende su libertad para leer y escribir, asume no estar “en una situación desesperada, ni mucho menos. Pero no por ello renunciaré a mi derecho a quejarme” y la lista de quejas, que ella llama odio, llena el penúltimo párrafo del libro. Odio, dice “sentir mi cuerpo adolorido por pasar tanto tiempo frente a la computadora […] Odio que en las redes sociales se muestre una parte de mí misma, la más optimista, la menos triste, aquella que no tiene problemas para llegar a fin de mes […] Odio que me pregunten por mi próximo libro y hablar de él con soltura, cuando en realidad llevo semanas sin poder concentrarme para escribir […] Odio pensar mis libros como una mercancía que compite en el mercado. Odio sentir que mi valía como creadora depende de números: likes, interacciones, ventas. Odio sentir que estoy compitiendo con otras escritoras. Odio compárame con ellas, a veces sin darme cuenta […] Odio tener que pagar un seguro mensual para tener gastroenterólogo, psiquiatra a un precio apenas asequible […] Odio que no haya un lugar para quejarme de todo esto, o tener que construir un aparato discursivo para tener permiso de quejarme.”
Esta letanía tendría sentido o justificación o sería un desahogo intrascendente, si Teroba fuese autora de La náusea, de El viaje al fin de la noche y de tanta literatura supuestamente nihilista o emulara a Elena Garro y Roberto Bolaño, escritores a quienes admira, pero que no murieron en la miseria como ella dice. Y dado que aún no leo los relatos de Teroba, al menos intento la interpretación de ese párrafo.
¿Será una muestra redundantemente cristalina del sentir de la llamada “generación de cristal”? O, sociológicamente, ¿es el resultado extremo del tan criticado (y ya medio desmantelado) welfare state cultural del Estado mexicano, que acostumbró a varias generaciones (me incluyo) a recibir estímulos para la creación y que Teroba al parecer añora? Pero para entender este desplante de autoconmiseración que rebasa con mucho lo que Robert Hughes denunció en La cultura de la queja (1993) cuando despuntaba la tiranía del Yo, debo volver páginas atrás en Dinero y escritura.
Tras incurrir en la autoficción y narrarnos, a la Martin Amis, sus penurias con dentistas y endodoncistas, Teroba resulta no ser, tampoco, libertaria (en el sentido anarcocapitalista). No lamenta que existan los premios literarios, con fondos estatales o privados, sino se queja de que no sean lo suficientemente bien remunerados como para satisfacer las necesidades de los ganadores, pues “el monto de los premios, por exorbitante que parezca, nunca dura más que un año” e impide olvidarse de dar cursos, talleres y asesorías, hacer corrección de estilo y traducciones e inclusive ghostwriting.
Teroba considera que “el campo cultural se mantiene de la precarización del trabajo de la escritura” y pareciera sumarse, al parecer, a quienes, desde los años del bolchevismo, empezaron a hablar de la solidaridad necesaria entre los trabajadores manuales y los trabajadores intelectuales. Pero no. Descarta escribir manifiestos o panfletos. Sólo imagina un performance que retrate las diez posturas físicas del escritor sufriente, acaso. O enumerar (viejo tema) la pureza del arte contra la suciedad del mercado. Aunque piensa que la posteridad es una engañifa, no descarta huir de sus males mediante la conversión religiosa.
Ella sólo quiere decirnos, en esencia, que está exhausta y no sabe cómo “continuar con su labor creativa” evitando “el sacrificio de su tiempo libre, de su salud física y mental” y “cómo escribir sin que pensarse escritora devenga en sufrimiento”. Todo ello en la página 61 de Dinero y escritura.
Curiosamente, ella misma tiene la respuesta, que le fue dada por la lectura de teóricas feministas, invitándola a deshacerse de la “idea de avanzar” o del Progreso. Ello implicaría “rehistorizar: mirar hacia atrás para reconocernos en luchas y vidas anteriores” que es donde está el remedio o el bálsamo a sus quejas. Eso es precisamente – la historización– lo que no se encuentra en Dinero y escritura porque en mi opinión, la literatura es un apostolado –uno más entre varios y no necesariamente el más digno– es decir, una actividad de utilidad dudosa para la sociedad emprendida por un ser humano dispuesto a sacrificarlo casi todo en busca de la expresión.
También, la literatura es un oficio, realizado en condiciones casi aristocráticas (recuérdense las vidas del conde Tolstói, de Rainer Maria Rilke en los castillos donde era convidado o el respaldo familiar tras Simone Weil) o gracias a las profesiones liberales que le permitieron escribir a Wallace Stevens o a los doctores Nandino o Williams. Junto a quienes lo hicieron en condiciones óptimas (y también se quejaban, mal profesional), están los que escribieron en prisiones, manicomios, campos de concentración, en la verdadera miseria o solitarios como hongos venenosos. Los ejemplos sobran.
La escena más impactante de Dinero y escritura es cuando Olivia Teroba confiesa haber enterrado un libro de Fédor Dostoievski en la arena de una playa, harta de él. Enterándose de los sufrimientos del gran novelista ruso, quizás, la autora al fin comprenderá que escribir y publicar, fracasar o triunfar escribiendo, no es una actividad confortable. Tampoco es cómodo ser leído.