El famoso jardín surrealista en Xilitla, en San Luis Potosí, tiene detrás una historia que no es precisamente de amor, aunque tampoco de desamor, pero sí al menos homoerótica. La parte más conocida de la historia cuenta que un aristócrata inglés llamado Edward James usó parte de su fortuna para construir este fabuloso lugar, le gustaba el arte, él mismo había proyectado algunos dibujos y fue mecenas de algunos artistas como Magritte, Dalí y Picasso, le tocó vivir en la época del surgimiento de uno de los movimientos de vanguardia, el surrealismo; bajo esa estética construyó su icónico jardín. La otra parte, la parte secreta o velada, es la relación con Plutarco Gastélum Esquer, un sonorense de raíces yaquis al que Edward James conoció de joven en Cuernavaca y quien jugó un papel esencial en la vida del aristócrata pero sobre todo en la construcción de su obra surrealista.
Esa otra parte homoerótica la intenta contar Michael Sledege (Houston, Texas, 1962) en su novela Las Pozas (Dharma Books, 2025) aunque no con tan buena fortuna. Confieso que como lector tenía puestas las esperanzas en que, por fin, se contara la historia de la relación entre Edward James y Plutarco Gastélum sin velos ni tapujos, esperaba un libro de un género más documental que sustentara con testimonios y bibliografía esta historia que otros han contado con pudor y evasivas. Esperaba entonces que la ficción le sirviera a Sledge para dar rienda suelta a la imaginación, que bajo las libertades que da la novela pudiera contar una historia homoerótica como no se ha podido leer antes. Sledge se limita a imaginar un par de caricias y abrazos entre sus dos personajes, sin adentrarse en sus sentimientos ni en sus camas.
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Cuando Edward conoce a Plutarco como oficinista de telégrafos en Cuernavaca, queda prendido del joven alto, apuesto y servicial, pero luego esa emoción Sledge la apaga, no la explota más. La historia entonces se conduce hacia la huasteca potosina donde al amanecer Edward queda fascinado por la desnudez de Plutarco… pero de lejos, el narrador no atreve más que el vouyerismo mientras el lector se queda con las ganas de escenas más eróticas. Allí mismo, en cambio, durante ese amanecer surge la epifanía de construir algo, un algo en donde Edward pueda liberar sus talentos apagados y sus sueños. Será allí donde construyan el ahora famoso jardín, una obra que les tomó levantar más de 20 años y que hoy es un lugar turístico que fascina a este país ciertamente con espíritu surrealista.
En el pueblo donde se proponen establecer y empiezan a construir su casa, primero, y luego el jardín, se encuentran con la hostilidad de los habitantes. Aunque contratan a varios hombres y ayudan en lo que pueden en el pueblo, la gente encabezada por un presidente municipal siempre borracho no le encuentra sentido a esa obra pues ellos preferirían una mina, como corresponde a la actividad de esa zona. El terreno que compran es el del coronel Castillo, un hombre enérgico pero a la vez generoso que ponía orden entre los lugareños. Entre la gente hay historias fantásticas sobre el poder que ejercía el coronel y sobre su misteriosa muerte, todas esas fantasías que no hacen sino coincidir con las propias fantasías de Edward, como si esa fuera una señal de que ese era el lugar ideal para su obra.
Sin embargo, Sledge se desvía en otras historias, como la de un viaje a Europa los dos, escribe párrafos farragosos que no aportan nada a la historia central, se dilata en capítulos para no contar nada. Queda la impresión de que quiere contar muchas cosas a la vez, alimentar la novela con toda la investigación que hizo al respecto pero no todo se concreta o no logra aterrizar para que quede redondo dentro de la historia. Por ejemplo, se sabe que Leonora Carrington pintó un mural en la casa de Plutarco, pero cuando esta historia la cuenta Sledge queda como volando, se insinúa pero en la novela no se ve el dichoso mural, no se describe, no se dan más pistas de esa obra.
Luego, Sledge intrinca la historia de Marina, la futura esposa de Plutarco. La conocen cuando es una jovencita que vive con su familia tiránica, y ella está siempre por ahí rondándolos, atestigua esa cercanía o complicidad, que no intimidad, de Edward y el mexicano. Edward fue mecenas de pintores surrealistas, pero con Plutarco y Marina su figura es más bien de protector, de abuelo generoso que los cobija y al final lo apadrina. Sledge tarda mucho en entrar en esa veta de la historia, Plutarco al principio no la ve con ojos de amor, concentrado como estaba en la construcción del jardín, sino con indiferencia. Y cuando ella entra, la historia homoerótica que el lector esperaba queda totalmente clausurada.
La novela de Sledge tiene su lado positivo pues lo cierto es que, como se muestra en estas páginas, Plutarco también puso parte de su talento en el jardín, también dejó fluir sus instintos artísticos, en Las Pozas está también su creatividad, aunque se le adjudique casi la totalidad de la obra a Edward James. Sin su mano, pero también sin su sensibilidad artística, este conocidísimo jardín surrealista no sería lo que hoy vemos, un lugar como emanado de la tierra, del exuberante bosque que lo rodea, de las cascadas que lo alimentan y de las montañas que lo cobijan. Allí donde Edward descubrió caracoles fosilizados y trilobites quitinosos, huesos de peces primitivos impresos en la piedra, ídolos tallados y fragmentos de cerámica junto con casquillos de bala y piezas de armas oxidadas, ellos construyeron caminos como serpientes ondulantes entre la vegetación, castillos sin techos que pretendían alzarse hasta el cielo, donde plantas y cemento crearon un lugar para los sueños, ese ingrediente tan socorrido por los surrealistas.
Desconcierta un tanto, finalmente, la traducción de Isabel Zapata, en particular los diálogos: en inglés, los diálogos se escriben con comillas, pero en español hasta la puntuación se traduce, en este caso con guiones largos. No sé si exista y no se consigna la edición previa en inglés de esta novela donde ciertamente se leerían las comillas en cada diálogo, pero para la edición en español los editores debieron cuidar esos detalles. En estos tiempos cuando las historias trans o de otras minorías sexuales se pensaría que acaparan la atención, las historias gays parecerían, entonces, agotadas, como si ya no hubiera más que contar sobre los homosexuales, pues han sido las más visibles desde hace décadas. La relación de Edward y Plutarco muestra que aún está pendiente por contar la belleza de su historia que no es inmoral y sí necesaria, gozosa y paradigmática.