Mi alergia empezó mucho antes de que mi padre se peinara la barba con aceites de oud y ceras de pachulí de Medio Oriente. Los síntomas habían aparecido décadas atrás, pero yo los atribuía al enorme auto que manejaba –como una lancha– y no a su persona.
El olor a gasolina característico de los coches en los años setenta era crudo y penetrante. No tenían filtros ni catalizadores, y el aroma pesado llegaba directo a los pulmones, áspero. Picaba la nariz, revolvía el estómago, y el malestar se ensañaba incluso después de separar mi piel del cuero envejecido de los asientos. Por eso, además de la emoción de viajar con mi padre, estar con él me provocaba una persistente sensación de náusea.
Es verdad que, por momentos, me cegaba la admiración que le tenía: su porte pedante y relajado a la vez, su confianza desmesurada, su frescura, que en mi mente lo igualaba a las estrellas de cine. Quizá por ello no podía atribuir a su presencia mi malestar.

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Sin embargo, ahora me queda claro que los aromas que exuda su barba me producen el mismo efecto que los gases de los coches que manejaba: lagrimeo constante y dificultad para respirar.
Recuerdo que hace unos quince o veinte años viajamos juntos a México: a Oaxaca, a Durango y a Zacatecas. En ese entonces, confieso que ignoré mi reacción fisiológica ante su presencia y admito que incluso disfruté mucho de su compañía. Recuerdo también que adjudiqué, de manera hipócrita, la picazón en la nariz, los ojos y la piel a la flora exuberante del entorno.
No me pareció grave el polvo que se levantaba del lado de los camiones cargados de tierra, que abrían paso a las compañías mineras en las montañas, al otro lado del camino. Los tucanes muertos me parecieron una simple curiosidad, algo a lo que los turistas fotografiábamos.
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Mi padre era altanero y –ahora lo reconozco– abiertamente abusivo con la gente a nuestro alrededor. No sólo eso: era cruel. Aun así, muchos de los locales lo admiraban por esos mismos rasgos que le conferían un aire de superioridad, y debo admitir que yo también sucumbí a su imposición. Recuerdo que, a medida que mis síntomas de alergia se acentuaban, él se volvía cada vez más impaciente e irritable, como si mi sensibilidad fuera una afrenta personal.
Visto a la distancia, me doy cuenta que mi padre siempre esperó lealtad de mi parte, aunque él actuara de forma egoísta y unilateral. Mi relación con él, que hasta hace un año me parecía cercana y cooperativa, se revela ahora como un vínculo ignorado, ridiculizado y maltratado. Curiosamente, fue por esas fechas –hace un año– cuando mi alergólogo me presentó un diagnóstico bastante insólito: el origen de mi malestar físico se encontraba en conflictos emocionales profundos.
Según su evaluación, parte de mi alergia se enraizaba en una vida íntima dañada por mi padre, sobre todo a causa de sus decisiones recientes, rencorosas, erráticas y violentas hacia mí. No se trata, pues, solo de las ceras de pachuli con las que se peina la barba, ni de la peste extravagante de su coche.
Desde niño, mi apego hacia él no se asentaba en nada estable o seguro, aunque yo creyera que sí. A lo largo de los años ocurrieron varios hechos que fueron deteriorando la relación y minando mi confianza. Yo buscaba su aprobación y su protección, y una vez tras otra encontré que utilizaba mis necesidades para lastimarme. Así actuaba con todos alrededor.
Ahora, por motivos urgentes de salud física y mental, no me queda más que marcar una distancia clara y esperar que el tiempo me permita construir mi propia autonomía. Descubro, como tantos hijos que cometieron los mismos errores que yo –confiar en un padre narcisista, opresivo y cruel–, que me corresponde protegerme y buscar una posición en la que no sea necesario depender de él, ni emocional ni económicamente.
Todavía no he podido hablar abiertamente de mi ruptura con mi padre, aunque pronto tendré que hacerlo. Él actúa como siempre –inconsciente de los otros, convencido de que el universo empieza y termina en su cabeza–, mientras yo procuro moverme con cautela. Donde antes hubo una relación cercana, ahora ejerzo una distancia calculada, que prepara el terreno para una ruptura definitiva. Esta estrategia me ha obligado a madurar con rapidez y, aunque no es fácil, me parece que es un camino seguro hacia mi autonomía.
La guerra emocional y la actitud despótica de mi padre son responsables de las alergias monstruosas que están a punto de matarme. Su recién adquirido Parfum du Caraïbe, por ejemplo, empeoró mis síntomas de un día para otro; seguramente el colapso se acerca. En un segundo, toda mi distancia emocional quedó abolida por la violenta invasión de ese perfume que se impregnaba en todo y llenaba la casa de un vapor asfixiante. Estoy desolado ante lo que el futuro de esta enfermedad me depara. Las reacciones de mi sistema inmunológico parecen apuntar hacia una anafilaxia.
La sensación de inestabilidad empeora con el salpullido en la piel. Quiero pensar que, incluso en momentos tan duros, existe la posibilidad de un futuro sin vómitos, sin opresión en el pecho, sin inflamación de los ojos. Es cierto que la medicina ha avanzado y existen tratamientos que nunca he explorado, pero nada parece seguro en estos momentos.
Con la esperanza de mejorar, he decidido rasurarme la barba. No quiero parecerme en nada a mi padre. Ahora consumo solo alimentos locales; no quiero nada suyo. Sin embargo, este tipo de cuidados personales cuestan dinero, y uno de los problemas más grandes que enfrento al plantearme la independencia de mi padre es cómo solventar mis gastos. Trabajo más horas y adquiero menos cosas no esenciales, pero me descubro ahorrando muy poco. Está claro que no voy a estudiar en Estados Unidos, como se hacía antes. Viajaré menos.
Aunque los precios parecen estabilizarse, mudarme lejos de mi padre sigue siendo incosteable, por lo que continúo soportando el aroma nauseabundo que se adhiere a mi piel.
La vida ha cambiado radicalmente, y yo también. Pero aún falta mucho para poder distanciarme, del todo, de los perfumes de oud y del olor crudo a gasolina. Para sanar.