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Kleber Mendonça Filho y la violencia subrepticia, por Jorge Ayala Blanco

El filme El agente secreto es un thriller de comedia negra cuyo protagonista es un agente clandestino de la red de resistencia contra la dictadura que vuelve a Brasil

Armando, interpretado por Wagner Moura, es al mismo tiempo padre, agente encubierto y hombre en fuga. Crédito: Especial
08/03/2026 |01:01
Jorge Ayala Blanco
colaborador de Confabulario Ver perfil

En El agente secreto (O agente secreto, Brasil-Francia-Alemania-Holanda, 2025), hipercrítico film 6 del autor total cortoexperimentalista y exreportero recifeño de 56 años Kleber Mendonça Filho (Aquarius 16, Bacurau 19, Retratos fantasmas 23), mejor director y actor más premio de la crítica en Cannes 25, el nordestino académico viudo en fuga Armando (Wagner Moura matizadísimo) regresa a su Pernambuco natal en pleno Brasil dictatorial militar de 1977, pero primero debe sobornar hasta con cigarrillos a corruptos policías de caminos, se aloja a medio carnaval desaforado en el refugio clandestino para perseguidos políticos multinacionales de la folclórica opositora septuagenaria doña Sebastiana (Tânia Maria), se deja ligar con facilidad por la inquilina Cláudia (Hermila Guedos), intenta reestablecer lazos afectivos con su encantador hijito de 6 años Fernando (Enzo Nunes) obsedido con llegar a ver Tiburón (Spielberg 75) y con su benévolo suegro proyeccionista de una desechable vieja sala de cine Seu Alexandre (Carlos Francisco), y finalmente utiliza el alias de Marcelo Alves para empezar a trabajar en la ociosa oficina del Registro Civil de la localidad para buscar en vano el expediente identitario de su desconocida madre, pero un cerco asesino tendido por el poderoso magnate eléctrico Ghirotti (Luciano Chirolli) y denunciado apenas contrarreloj por Elza (Maria Fernanda Cándido), la serena jefa de la red de resistencia subversiva a la que secretamente pertenece como agente el buen Armando/Marcelo, orillará a éste a la anticipación de su imposible huida al extranjero con pasaportes falsos, si bien el calculador matarife cargador de costales azucareros Wilmar (Kaiony Venâncio) logrará ultimarlo expeditamente cerca de una barbería, tal como reportaron escuetamente el hecho los diarios locales de época que ha venido consultando en fecha actual la investigadora Flavia (Laura Lufési), intrigadísima con ese acontecimiento perdido en el polvo irredimible del tiempo como cualquier otra de las numerosas fechorías cometidas por alguna pretérita y olvidable violencia subrepticia.





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La violencia subrepticia revive así como una reliquia reivindicable de la agitada y peligrosa vida cotidiana brasileña durante un nefasto periodo nacional brasileño (la dictadura militar) irónicamente mencionado como “travieso”, y extiende una mirada acerba sobre las situaciones y el contexto descritos sin piedad, un clima nauseado abundante en característicos personajes malditos que conforman un verdadero repertorio sostenido a la fuerza hasta el vértigo acechante, y desalmadas impunidades dominantes, creando en conjunto una inquietud que perturba al espectador sin saber muy bien por qué a cada paso y un pavoroso desasosiego, apenas insinuado por medio (y por miedo) de corrientes subterráneas de acosos y hechos funestos.

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La violencia subrepticia se estructura en tres partes narrativas cual sarcásticos movimientos sinfónicos (“La pesadilla de un niño”, “Instituto de investigación”, “Transfusión de sangre”) que en gran medida giran alrededor de un monumental-surrealista descubrimiento de una pierna humana en el vientre de un tiburón, sin duda producto del habitual lanzamiento de cadáveres con piedra por sicarios desde un muelle, con su rigurosa sustitución macabrona-zoológica ya en la morgue como por arte de magia blanca, pero también, insertando secuencias capciosamente fotografiadas por Evgenia Alexandrova y con soberanía editadas conjuntamente por Metheus Farias y Eduardo Serrano, dosificando contemplativos o elípticos cortes según convenga, siempre al ritmo de samba que les marca la música mordaz de Mateus Alves y Tomaz Alves Souza, secuencias quasi desprendibles como el obligatorio fingimiento de trabajo atareado en una ociosa oficina donde se sabe que armará fúrica bronca descomunal una incontrolable domestica mulata cuya niñita atropellada fue descuidada por la patrona, la forzada visita surrealista al deshecho octogenario alemán Hans (Udo Kier) para que exhiba con ostentación las asquerosas cicatrices de su cuerpo de perfecto soldado de la Segunda Guerra mundial, la sincera y dolorosa confesión por turno de sus nombres falsos/verdaderos por parte de los miembros angolanos o surbrasileños de la comunidad de refugiados incluyendo la aceptada confusión anarcocomunista de la anciana redonda doña Sebastiana, los dibujos tiburonescos del niño Fernandito accediendo al imposible viaje salvador a Europa, los acrobáticos aunque escuálidos desfiguros copulatorios de sexoservidoras al interior de un nocturno parque público hamponilmente investigado, el ferozmente asertivo desplante restaurantero que de seguro le costó la vida a la guapa esposa Fátima (Alice Carvalho) del héroe, o el rencor engendrado en el matarife Wilmar por llamarle muerto de hambre.

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La violencia subrepticia se afirma entonces a la vez como un desquiciado desquiciante thriller político, un ejemplo privilegiado de las ruindades cometidas por la dictadura militar brasileña durante 21 años (de 1964 a 1985), una sangrienta comedia negra con títeres de farsa como el excéntrico jefe de policía Euclides (Robério Diógenes), un drama de suspenso espasmódico, un desfile-muestrario de criminales lombrosianos de algún indecible esperpento valleinclanesco, un rabioso lamento inconsolable por atentar contra la investigación energética privada que pese a todo conducían las universidades (con estudios visionarios de una posible guerra futura por el litio), un ambiguo ensayo inicuo sobre el fin del cine y sus espectaculares salas entronizadoras (cual inextinguible cauda de los vehementes Retratos fantasmas del mismo realizador), más un brutal ajuste de cuentas con la Historia oficial.

Y la violencia subrepticia culmina señalando la abstinencia política del médico en un banco de sangre Fernando adulto (Moura) que, sin haber visto jamás Tiburón, se embolsa indiferente una USB con la memoria viva de su padre desprestigiado.