En Marty supremo (Marty Supreme, EU, 2025), arrebatado film 8 pero sólo segundo sin la codirección de su hermano menor Benny del desenfrenado cortometrajista neoyorkino de 41 años Josh Safdie (El placer de ser robado 06, Good Time: viviendo al límite 17, Diamantes en bruto 19), con guion suyo y de Ronald Bronstein, el guapillo judioneoyorquino barrial superdotado para el tenis de mesa/ping-pong Marty Mauser (Timothée Chalamet multidimensional) renuncia en 1952 a ser nombrado gerente de la zapatería de su tío prefiriendo cobrarle a la brava, fornica furiosamente en un estrecho cubículo con la afrobella casada urgida Rachel (Odessa A’zion) que 8 meses después le encajará un hijo, se sustrae a los telefónicos chantajes sentimentales de su madre posesiva y se las arregla como puede para imponerse aparatosamente en el torneo abierto local de su especialidad, lo cual le llevará a un campeonato mundial en Londres, siendo allí sólo derrotado por el fantasmal campeón japonés sordomudo a propósito Endo (Koto Kawaguchi), quien deviene ipso facto una estrella del revanchismo nacional antiyanqui en su país y compañero paradójico del impetuoso Marty en las chuscas exhibiciones mercenarias internacionales de ping-pong (tipo Globe Trotters) que organiza el sádico magnate fabricante de bolígrafos Rockwell (Kevin O’Leary), pero de cuyos usufructos será despojado brutalmente en NY el infeliz Marty, debiendo entonces ejecutar cien transas y afrontar peligrosas peripecias para poder pagarse el boleto de avión al nuevo campeonato de Tokio, en donde, siempre impulsado por sus ideas fijas, podrá enfrentarse apoteóticamente contra el imbatible Endo, como último eslabón inconquistable de su juego obsedente.
El juego obsedente pronto se convierte en una cínica novela picaresca neoyorquina de época, aunque muy de hoy, al inspirarse en el personaje real del legendario archicampeón fundacional Marty Reisman (1930-2012), con su respectivo repertorio de sucias estrategias de supervivencia y alevoso camino de sinuosidades y atropellos para alcanzar las mezquinas metas individuales planteadas, en un mundo en el que no pueden tener cabida la integridad ni la mínima lealtad con nadie, concitando subtramas mentirosas y empleando como distractor sensibilizante hasta el flashback de un competidor húngaro sobreviviente del Holocausto (Géza Rohrig) que platica la temeraria aventura con su cuerpo enmielado para ser lamido por otros cautivos de su campo de exterminio, al mismo nivel que objetos dramatizados como las pelotitas anaranjadas con nombre de Marty Supreme, una tina que hace desfondarse el piso de un hotelucho de mala muerte o un collar a la mala robado que resulta bisutería y uno auténtico dado como soborno policial por copular en el Central Park.
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El juego obsedente persigue la experiencia de los límites como primera, última, constante y única verdadera finalidad, el gusto expresivo por el vértigo y lo frenético en todas sus capas y dimensiones, con una fotografía de Darius Khondji abalanzada hasta la desmaterialización a base de barridos incontenibles y abismales travellings laterales, una edición del propio realizador (al lado de su coguionista Bronstein) para redondear su trabajo a ráfagas cíclicas sin reposo cual rayo que no cesa, un prurito de acrobática y exhaustiva precisión extenuante, extrañas interconexiones sismológicas del inflexible ritmo pulsional, y en inusitado sitio preponderante, una bombástica e invasiva música de Daniel Lopatin vertebrando un hervidero de pop grueso ochentero (Peter Gabriel/New Order/Tears for Fears) tan atronador cuan autónomo y autárquico, como si su estridencia grandilocuente de olla podrida conformase una película aparte, apenas en terco paralelo.
El juego obsedente traza así al regusto de la actualidad el retrato de un desalmado de torcida dentición y bigotito mercurial, incapaz del menor escrúpulo ni poder detenerse ante obstáculo alguno para concretar su ambicioso sueño, un espécimen típico del Lower East Side de Mannhattan siempre apoyado y refugiado en los deptos de sus cuates, sea el afrotaxista melindroso Wally (Tyler Okonma) o el amigo de infancia hermano de la embarazada casi terminal Rachel que en el fragor de las transas y los atropellos va revelándose como la perfecta alter ego del jugador empedernido y por ende el único ser viviente digno de su afecto, ese astuto arribista locazo cuya megalomanía lo impulsa a ser alojado puniblemente en un Hotel Ritz londinense y allí poder ligarse con engaños de igual a igual a la efebófila estrella hollywoodense en decadencia Kay Stone (Gwyneth Paltrow), un marrullero truculento más cerca del billarista rata de El audaz (Rossen 61) que del optimismo de Forrest Gump (Zemeckis 94), sadomasoquista a rabiar, cual antisuperhéroe ideal autoidealizado sin tope para su nefastez y capacidad de autodegradación (esa tolerancia a una tunda de nalgadas con raqueta de ping-pong en público), en perpetua actitud compulsiva de abuso o a la defensiva o contrataque de situaciones apremiantes que él mismo ha propiciado, porque irónicamente como ese espécimen inigualable “un sabio se procura más oportunidades de las que se le ofrecen” (Francis Bacon), consumando el prodigio en función suya de reivindicar el tenis de mesa como un deporte serio y complejo, aparte de un espectáculo apasionante y lleno de sorpresas invariablemente lúdicas, como desvalijar a los incautos o habilitar a una foca como real contrincante o acometer la imposible redención de un desquiciado desastroso.
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Y el juego obsedente abandona a su sobreagitado antihéroe maltrecho una vez alcanzado su objetivo ojetivo, pasando en limpio continuum de la obtención del todoavasallante éxito propuesto en Tokio a la maternidad neoyorquina donde puede admirar arrobado y sin cortapisas a su bebé recién nacido (“Soy el padre”), liberado de su idea fija, para poder entregarse al fin y por avisar a sus propias emociones humanas cual desembocadura grandiosa.