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José Revueltas: un fantasma en busca de lectores

A partir de tres libros recientes, el texto traza un recorrido por la presencia de José Revueltas en la literatura contemporánea, donde su figura reaparece como personaje, influencia y problema crítico

José Revueltas de joven, fotografiado por los Hermanos Mayo. El autor se asumía “sin lectores”: tras el escándalo de Los días terrenales (1949), retiró la novela mientras era criticado y juzgado por muchos que ni siquiera la habían leído. Crédito: Cortesía Memórica-AGN
19/04/2026 |01:06Vicente Alfonso |
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En el prólogo a los dos volúmenes que contienen su Obra Literaria publicados en 1967, José Revueltas narra cómo llegó a la conclusión de que era un autor sin lectores. Para demostrarlo confiesa que, tras el célebre escándalo ocurrido en 1949 debido a la publicación de Los días terrenales, novela que causó profunda incomodidad al interior del Partido Comunista, él se pronunció por retirar la novela de las librerías, pero su editor no aceptó bajo el argumento de que el escándalo aumentaría las ventas. La realidad es que, pasados tres meses de la polémica, solo se había vendido un ejemplar del libro. Revueltas concluye que el juicio público sobre su persona y su obra se fue formando sin que su novela fuera leída: “nadie se tomó el trabajo de leerme, ni de comprobar en el texto si mis críticos tenían o no razón”.





Retratado por Octavio Paz como uno de los mejores escritores de su generación y “uno de los hombres más puros de México”, Revueltas ha sido por décadas uno de los secretos mejor guardados de nuestra literatura. Un secreto a la vista de todos. Como escribí hace doce años en el prólogo a un libro sobre su obra, su imagen es tan familiar que a veces caemos en la trampa de darlo por visto porque podemos resumir en tres o cuatro pinceladas su paso por la tierra: militante comunista, autor de El apando, recluido en las Islas Marías y en Lecumberri. Más allá de este mínimo retrato hablado, suele ser muy poco lo que sabemos de un autor cuya obra literaria abarca siete novelas, tres libros de cuentos y un nutrido corpus de crónicas, ensayos, obras de teatro y guiones cinematográficos.

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A cincuenta años de su muerte, hay razones para ser optimistas: es verdad que sus libros siguen ajenos a los grandes públicos, pero su nombre es invocado con conocimiento de causa por nuestras más altas figuras literarias, entre ellas Elena Poniatowska y Cristina Rivera Garza. La presencia de Don Pepe en sus obras y en la de otros autores puede ser vista como un reconocimiento de la influencia que su obra y sus ideas han ejercido en generaciones que no le conocieron de manera directa. Para muestra, tres novelas publicadas en lo que va del siglo XXI que dialogan directamente con su vida y su literatura.

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Autobiografía del algodón, de Cristina Rivera Garza

Como “un chamaco” y como “un huerco de la capital” habrían percibido los campesinos de Estación Camarón, en el norte del país, a un jovencísimo José Revueltas que llega a caballo el 16 de marzo de 1934. El motivo de la visita es claro: entre cinco mil y quince mil labradores de la tierra y pizcadores de algodón se han declarado en huelga para reclamar salarios justos. El muchacho ha llegado allí con la firme resolución de ayudarles a organizarse. Muy pronto se dará cuenta de que no es ese su papel.

El pasaje forma parte del inicio de Autobiografía del algodón (Penguin Random House, 2020), de Cristina Rivera Garza. En esta laboriosa reconstrucción que entrelaza distintos planos temporales, Rivera Garza combina el rigor de la investigación en archivos con la potencia evocadora de la mejor narrativa: sin violentar la verdad, toma como punto de partida un momento, en plena asamblea de trabajadores, en donde la mirada del muchacho Revueltas pudo haberse cruzado con la de José María Rivera Doñez, abuelo paterno de la escritora que estaba entre los huelguistas. En esta cita histórica, el abuelo Rivera también trae lo suyo: treinta años atrás se ha visto en la necesidad de abandonar el altiplano potosino, y en ese lapso se ha convertido de minero en sembrador de algodón en el sistema de Riego No.4, una zona que en materia de agua depende de la presa Don Martín, entonces recién construida.

Como consecuencia de su actividad política, el joven Revueltas ha pasado por una estancia de seis meses en la correccional de menores de la capital y por una primera temporada en las Islas Marías. No obstante, en Camarón se topa con mujeres y hombres dispuestos a todo. “Estos eran los verdaderos desposeídos del régimen. Aquí, a un lado de la frontera, en la frontera misma de todas las cosas, estaban los que no tenían nada excepto fe”, escribe Rivera Garza. Porque aunque en ese momento nadie lo sabe, ese 16 de marzo de 1934 están naciendo al menos dos novelas. Una será escrita por el joven comunista y terminarla le llevará nueve años. Se llamará primero Las huellas habitadas y más tarde El luto humano, y en ella encontrarán espacio los campesinos huelguistas e incluso la presa. Porque pasmado y conmovido frente a la organización de los campesinos, Revueltas replantea su misión. Lo que sí puede hacer es escuchar. Lo que tiene que hacer es escribir.

“Revueltas escuchó con atención el recuento de los hechos. Y la atención a veces es una forma de la política”, enuncia la voz narrativa en Autobiografía del algodón, la segunda novela producto de aquella huelga, que tiene en el joven Revueltas uno de sus personajes clave y que será escrita y publicada más de ochenta años después de la asamblea.

“¿Realmente fue así? ¿Estoy haciendo honor a la verdad u honor a la ficción, o deshonro a ambas cuando produzco una escena de la que no fui parte?”, se preguntará Rivera Garza el 21 de julio de 2023, al iniciar su discurso de ingreso a El Colegio Nacional. Para armar Autobiografía del algodón ha leído y releído las libretas en que Revueltas fue pergeñando El luto humano, además de estudiar a fondo los dos volúmenes autobiográficos de Don Pepe publicados bajo el título Las evocaciones requeridas. Ha hurgado en archivos y se ha desplazado cientos o acaso miles de kilómetros tras la pista de familiares de quienes apenas conocía el nombre. Emocionante por la riqueza y la profundidad de sus contenidos, y también por su virtuoso andamiaje técnico que combina elementos de novela, crónica de viaje, ensayo y reportaje, Autobiografía del algodón es un libro que honra la tradición al tiempo que la renueva.

En su casa de la Ciudad de México, Elena Poniatowska habla del lanzamiento del primer tomo de su libro El amante polaco. Foto: Germán Espinosa. EL UNIVERSAL

La piel del cielo de Elena Poniatowska

El 23 de abril de 2014, en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, doña Elena Poniatowska recibió el Premio Cervantes. En su discurso, nuestra cronista mayor evocó a José Revueltas como uno de los autores mexicanos que debieron recibir ese galardón. No fue una ocurrencia: desde 1971, año en que publicó La noche de Tlatelolco, el duranguense ha aparecido como personaje en al menos cinco libros de la escritora.

Es bien conocida la cercanía que Doña Elena y su esposo, el astrofísico Guillermo Haro, tuvieron con el autor de El apando. Como ella misma lo ha narrado, Haro y Revueltas cultivaron una amistad que inició en 1941, cuando Narciso Bassols lanzó la revista Combate, publicación crítica con el gobierno. Como no podía contratar voceadores, Bassols recurrió a jóvenes voluntarios para distribuir el semanario por distintos puntos del territorio nacional. Así se conocieron Haro y Revueltas, que en ese momento era reportero de nota roja en El Popular. En El universo o nada (Seix Barral, 2013), Poniatowska cuenta cómo los dos amigos recorren el país distribuyendo la revista. Haro viaja “en camiones guajoloteros, en vagones de quinta, soporta calor, humedad y frío, se acostumbra a dormir en catres, en petates, en el suelo”. Una noche, en Mérida, Guillermo cae de la hamaca y Revueltas se burla de él. Son muchos los temas que comparten, entre ellos la admiración por Goethe. Leyendo el Fausto, ambos reparan en la frase “Gris es toda teoría, verde es el árbol de oro de la vida”, que décadas después será el epitafio grabado en la tumba del novelista.

Es en La piel del cielo (Premio Alfaguara 2001) donde queda el retrato más entrañable de esa amistad: “Soy un inconforme, un aguafiestas, un acérrimo enemigo del gobierno”, dice Revueltas al protagonista, Lorenzo de Tena, alter ego de Haro. El novelista es descrito como un voluntario incansable que “dormía tranquilo en la banca de cualquier parte, y que aguantaba hasta cuatro días sin comer”. Lo mueve el fervor por la obra aún no escrita: acaba de perder en una estación de autobuses el borrador de El quebranto, su primera novela, y está escribiendo Los muros de agua. Si bien los caminos del científico y el escritor se separan, procuran mantenerse en contacto por correspondencia. Cuando Haro regresa de hacer sus estudios en el extranjero, se topa con que su amigo está en la cárcel, a donde acude a visitarlo. Más tarde, en la novela, Revueltas visita el observatorio de Tonantzintla, donde Haro realizaba sus investigaciones.Como se sabe, Doña Elena asistió no pocas veces a visitar al novelista a la prisión de Lecumberri. Esas visitas quedaron consignadas en La noche de Tlatelolco (Era, 1971). Allí registra lo ocurrido el primero de enero de 1970, cuando un grupo de presos por delitos del fuero común irrumpió en el espacio donde los presos políticos habían sostenido una huelga de hambre por veinticuatro días. Además de herir a varios de los presos políticos, a Revueltas le fueron confiscados libros y manuscritos que guardaba en su celda.

Porque es una certera radiografía del siglo XX mexicano con sus conflictos y sus luchas, porque retrata las enormes dificultades burocráticas que históricamente han enfrentado quienes hacen ciencia en nuestro país, y porque incluye no pocos pasajes en defensa de los derechos de las mujeres y de las minorías sexuales, La piel del cielo es una novela valiosa y valiente que sigue conquistando lectores a 25 años de su lanzamiento.

La derrota de los días, de Mauricio Carrera

Distinguida con el Premio de Novela Sor Juana Inés de la Cruz en 2009, y recién reeditada por el Fondo de Cultura Económica, esta novela combina episodios reales y ficticios que rescatan una serie de momentos clave para la literatura y el cine del siglo XX. Como en otras de sus novelas, Carrera se revela como un lector apasionado y erudito, en especial de las tradiciones novelísticas norteamericana y mexicana del siglo pasado: Norman Mailer, Truman Capote y Ernest Hemingway son apenas algunos de los nombres que habitan estas páginas junto a autores como Juan Rulfo, Luis Spota, José Rubén Romero y Federico Gamboa.

No obstante, las figuras literarias más referidas en la novela son Jack London (y su John Barleycorn) y José Revueltas, quien conversa con un hombre llamado Joaquín Ríos durante el rodaje de El Mexicano, ocurrido en 1944. Como se sabe, la adaptación del relato de London fue el primer trabajo de Revueltas como guionista. A partir de los intercambios de anécdotas entre los distintos personajes, los lectores somos testigos de momentos clave para la configuración de las obras de London y de Revueltas: asistimos, por ejemplo, a las excursiones en las islas Salomón en donde London habría encontrado las historias que dieron pie a más de uno de sus relatos. También somos testigos del doble paso de José Revueltas por las no menos temibles Islas Marías, sede de la colonia penal a donde eran enviados los presos políticos, espacio que da pie a Los muros de agua, novela publicada en 1941, en donde Don Pepe ficciona sus experiencias en esa cárcel.

Con 479 páginas, La derrota de los días puede ser leída como un homenaje a la obsesión de Revueltas por trascender lo que en la página 85 llama “las dos grandes tiranías”: la familia y el trabajo. No se trata de un arranque de egoísmo, sino de evidenciar que en un mundo donde imperan las nociones de productividad y rentabilidad, la vocación artística suele ser vista como un factor indeseable: escribir es no hacer nada o, cuando mucho, un pasatiempo. A contracorriente con esa tendencia, Mauricio Carrera nos presenta a un José Revueltas que, a pesar de su alcoholismo, es un escritor obsesionado con la idea de construir novelas monumentales que puedan dialogar con creaciones del calibre de La montaña mágica. Revueltas se nos revela entonces como un artista atormentado, sin casa y sin ingresos fijos, que se reprocha por vivir en la pobreza y no obstante vive enfrascado en la redacción de una novela a la que planea llamar El juego de los malditos.

Si bien las muchas habilidades narrativas de Carrera le imprimen a La derrota de los días la fascinación de una novela de aventuras, el libro es en sí mismo un semillero de lecturas, pues tiende puentes a decenas de las mejores ficciones publicadas en el siglo XX. Y es también una poderosa defensa del oficio de escritor ejercido con disciplina, rigor y compromiso.