En 2014, como parte de las celebraciones por el nacimiento de José Revueltas, varias instancias del gobierno federal y de Durango, así como Ediciones Era, dieron a la imprenta la llamada Obra reunida. Fusionaron entonces en el séptimo volumen de la Obra reunida los dos tomos de las Evocaciones requeridas que formaban parte de las Obras completas, publicadas sólo por Ediciones Era entre 1978 y 1987. Por desgracia, las buenas intenciones produjeron efectos indeseables: en ese volumen fusionado las “notas a la primera parte” no aparecen donde lo indica el índice, sino al final; y las notas que corresponden a la segunda comienzan con una mención al “tomo I” que, por supuesto, no existe. Sobra decir que todo el índice a partir de la página 315 está desfasado. Las causas de estos deslices pueden ser múltiples y no interesa atribuir culpas ni mucho menos, pero la anécdota sí nos pone en guardia contra esa “maldición de las erratas” y los descuidos que la obra de Revueltas ha tenido que sufrir. De maldición califica el fenómeno Sonia Peña cuando documenta lo sucedido con Los errores, novela publicada en 1964 por el Fondo de Cultura Económica. En 2014 ella misma coordinó la reedición de esta obra imprescindible bajo el sello del FCE y así se enmendaron las no pocas erratas que evadieron la vista décadas atrás.
Ningún libro se libra de yerros ni los editores pueden presumir de infalibles, tampoco los investigadores ni los críticos y menos aún quien esto escribe. Pero es propio del trabajo que consiste en leer y escribir tener en cuenta la historia de las publicaciones. Incluso cuando parece que la cuestión se sale del interés principal, que en este caso se limita a hojear las Evocaciones requeridas para destacar un par de menciones a pintores de sobra conocidos: Van Gogh, Delacroix y Paul Klee. Al primero, José Revueltas lo comenta con gran entusiasmo en una carta dirigida a María Teresa Retes; la misiva no tiene fecha, pero fue datada por los editores de las obras completas (Andrea Revueltas y Philippe Cheron) el 1 de agosto de 1947. La lectura de las comunicaciones de Van Gogh a su hermano Theo tuvo dos momentos ese día: la madrugada, que anticipaba un viaje aéreo por razones del trabajo cinematográfico de Revueltas, y el tiempo que duró el vuelo hasta su destino: Acapulco. El detalle viene a cuento porque a nuestro escritor nada le parece “más justo” que leer a Van Gogh en el aire: “quizá tan sólo un poco menos alto que su corazón y sus pensamientos”, dice. Considera que las cartas del celebérrimo pintor podrían compararse con el diario de Delacroix, quien también aparece mencionado a propósito de Klee. Lo interesante en ese momento para el escritor es el marcado contraste entre una personalidad y la otra: Delacroix es “pura técnica, casi pura estética”, la preocupación misma de lo perfecto. En cambio, de Van Gogh se advierte el paradójico “sufrimiento de la bondad, del bien, la tortura del espíritu que ansía servir a sus semejantes” (I 280). Y aunque Revueltas opta siempre, o casi, por la lucidez y la complejidad del pensamiento en este caso afirma: “No sé: quizá yo prefiera la Moral del Arte”. Enseguida cita al pintor:
Desde el momento en que nos esforzamos por vivir sinceramente, todo será por lo mejor, hasta si debemos inevitablemente tener penas sinceras y verdaderas desilusiones; cometeremos probablemente también gruesas faltas y cumpliremos malas acciones, pero es verdad que es preferible tener el espíritu ardiente, aunque se deban cometer más faltas, que ser mezquino y demasiado prudente. Es bueno amar todo lo que se puede… porque es allí donde se halla la verdadera fuerza, y el que mucho ama realiza grandes cosas y se siente capaz, y lo que se hace por amor está bien hecho.

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Fíjate, indica Revueltas a María Teresa, Van Gogh llama a amar “todo lo que se puede y no todo lo que se pueda, es decir, todo lo que sea digno de amarse”. La diferencia entre el indicativo y el subjuntivo tal vez se debe a la traducción; no obstante, en la posición vital del pintor, ajeno a la prudencia espiritual, nuestro escritor advierte el signo de una locura sabia y es por eso, precisamente, que compara las cartas del neerlandés con el diario del francés: coinciden en ser “trabajos íntimos de dos pintores”, si bien mientras que “Delacroix es el colmo de la inteligencia y del talento unidos”, Van Gogh es “el colmo de la sabiduría (en el sentido bíblico de la palabra: «quien añade sabiduría añade dolor») y del sufrimiento”. “Se explica uno así”, continúa Revueltas, por qué Delacroix nunca se volvió loco (no tenía ganas, no tenía vocación, era vergonzosamente incapaz de volverse loco), mientras el pobre Van Gogh terminó en un manicomio. Así Jesús o Francisco de Asís”. La santidad o cierta forma de la santidad y su relación con el artista aparece en otros apuntes de Revueltas. Pero sigamos con Van Gogh.
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En otra cita de las cartas a Theo, la lucha contra la adversidad aparece en términos similares a los considerados por Gide en sus Reportajes imaginarios, ahí donde se ocupa de Goethe; Revueltas comenta los Reportajes en la “Libreta de apuntes” que abarca de 1947 a 1951, y que también forma parte de las Evocaciones. Para Van Gogh, la adversidad y el trabajo se traducían en felicidad:
El que vive sinceramente y encuentra penas verdaderas y desilusiones, sin dejarse abatir por ellas, vale más que el que tiene siempre el viento en popa y que sólo conocería una prosperidad relativa. Porque en quienes se comprueba de la manera más visible un valor superior, son aquellos a quienes se aplican las palabras: «trabajadores, vuestra vida es triste; trabajadores, vosotros sufrís en la vida; trabajadores, vosotros sois felices…»
La cita previa la he tomado de Cartas a Theo (24) y no de las Evocaciones porque hay un aparente error de transcripción. Lo que en este fragmento semeja una cita o una paráfrasis no tiene referente explícito, pero aparece inmediatamente después de enumerar varias obras de Michelet y de afirmar la buena factura de lo hecho con amor. Van Gogh agrega entonces: “estos libros han sido escritos con el corazón, en la simplicidad y la pobreza del espíritu”.
El entusiasmo de Revueltas se desborda cuando al abrir al azar el volumen de cartas tropieza “mágicamente con lo que sigue: «No creas que los muertos están muertos, mientras haya vivientes/ los muertos vivirán, los muertos vivirán»”. Estas líneas fueron escritas en memoria de Anton Mauve, quien apoyó a Van Gogh en sus inicios. Aunque su separación fue ríspida, Van Gogh siempre trató con respeto a Mauve y a su muerte quiso rendirle homenaje enviándole a su viuda una de las tres versiones de árboles en flor que había pintado en Arlés. La frase que entusiasmó a Revueltas aparece en la carta donde Van Gogh le informa a su hermano que ha decidido enviar, “en memoria de Mauve alguna cosa tierna y muy alegre, y no un estudio en una gama más seria” (192). La sorpresa y el entusiasmo de José Revueltas se debe a que, por entonces, escribía una obra de teatro y las palabras de Van Gogh, si bien de origen bíblico, respondían “exactamente” a las ideas expuestas en el guion dramático; así se lo hace saber a María Teresa Retes en la posdata de otra carta fechada el 3 de agosto de 1947; ahí añade para explicar el sentido de Los muertos vivirán: “la muerte es la vida, si es una muerte fecunda; debemos prepararnos para morir; toda nuestra vida debe ser eso, sólo así serviremos. Algo de Séneca, desde luego, pero sobre todo un ideal humano que, no importa el destino de los hombres, ya es, en sí mismo, tener una actitud digna, aunque a la postre todo se pierda y desaparezca” (I 284).
Para seguir a Revueltas hace falta acercarnos a Derrida (quien a su vez sigue a Freud): si la muerte implica una vuelta de la vida al reposo de lo inorgánico, éste no es un regreso estricto; digamos que lo inorgánico murió al entrar en la vida, al ser perturbado y traído al movimiento vital (y Nietzsche dice por ello que la vida es una especie bien rara de muerte); de modo que, al morir, la materia muere por segunda vez y aunque regresa a su estado inicial no lo hace sin haberse transustanciado, porque en este regreso se ha producido un intervalo significante que actúa para asegurar que cada entidad viva (o que fue algo vivo) muera de su propia muerte, que siga su propio camino hacia la muerte, que se aleje de todas las posibilidades de retorno a lo inorgánico que no le fuesen inmanentes. Toda forma de vida orgánica —dice Derrida— debe alejarse de lo no-propio enviar(se) repetidamente “el mensaje de su propia muerte”; sólo de esta forma la muerte sería “el regreso a lo más propio, a lo más próximo a uno mismo”; vivir implica entonces “enviarse” uno hacia su muerte y no a otra (La tarjeta postal, 101). Las cartas, los diarios, la (auto)biografías, etcétera, tal vez son los mensajes que enviamos y en los que nos enviamos para encontrar el camino que da fe de ese intervalo significante que fuimos como parte del tiempo o de un tiempo. El diario es también así un reportaje íntimo sobre ese intervalo: una comunicación, una noticia y una donación.
Cerraré este envío con una mención breve a los Diarios de Paul Klee leídos por Revueltas mientras estuvo en Lecumberri.
El 25 o 26 de enero de 1971 —la fecha así quedo impresa—, José Revueltas celebra la libertad de Eli de Gortari; se alegra por él, sin duda, pero más porque gracias a la excarcelación del filósofo podrá “heredar” la celda para él solo. Ese día vuelve a lo diarios que había leído previamente de manera incómoda, “en el jardín, o en la tortura de la celda compartida”; hasta entonces no había podido tomar notas y “hacer en el texto de Klee las llamadas correspondientes”. Sólo en la que ya era su celda, Revueltas ejerce su “libertad casi en plenitud”, dice; y enseguida acepta: “la única no plenitud es que estoy preso”. No obstante, anota y va de sorpresa en sorpresa, por la sabiduría y riqueza del pintor. Delacroix vuelve a servir como punto de comparación para señalar la buena pluma de ambos: “cosa poco frecuente en la mayoría de los pintores —o artistas plásticos— que ni siquiera saben llevar un diario” (II 198). Habría que comprobar si el escritor está prejuiciado al respecto, pero lo importante es esto: las notas y transcripciones de Revueltas estaban llamadas a formar parte de un ensayo en el que deseaba comparar a Klee, Blake y Goya, un poco para oponerse a las “imposturas de José Luis Cuevas, a quien miramos con nuestro obtuso criterio colonial mal informado” (II 199). El ensayo comparativo le es sugerido a Revueltas por el mismo Klee, pues del 15 al 25 de octubre de 1904, en Munich, mientras sus conocidos le mostraban una serie de grabados también le enseñaron “un libro inglés sobre Blake”; Karl Hofer había hablado mucho de él, escribe Klee, y sigue: “Se hallaba más próximo a mi propia tendencia. Fenomenales me parecieron las obras de Goya; los Proverbios, los Caprichos y especialmente los Desastres de la guerra” (II 199). Tales fueron, continúa Klee “las adquisiciones en mi campo”, luego de mencionar que había recibido en obsequio por parte de Lily, su pareja, “muchas fotos de cuadros de Goya” (Diarios 127). Revueltas planeaba agrupar “todas las opiniones técnico-estéticas” de Klee “para considerarlas en conjunto”, pues le parecían “realmente extraordinarias”; entre otras cosas, le interesó también una nota del pintor para seguir pensando en el cine, pues, bajo el fragmento o nota 607 del diario de Klee, Revueltas anotó a mano “mirar con la cámara” (II 199).
Estos planes nos envían sin duda a esa parte de la obra ensayística y periodística de Revueltas relacionada con la crítica de arte; también revelan su mirada como editor, es decir, como alguien capaz de generar nueva vida para lo escrito por Klee. Y más aún: nos lo entregan investido por sus propias palabras: como Delacroix (y Derrida) José Revueltas es el colmo de la inteligencia y, como Van Gogh, el colmo de la sabiduría en el sentido bíblico de la palabra.