En Valor sentimental (Affeksjonsverdi, Noruega-Suecia-Dinamarca-Francia-Alemania-RU, 2025), removedor film 6 del estilista dinástico danés de 51 años Joachim Trier (Volver a vivir-Reprise 06, Más allá de las bombas 15, La peor persona del mundo 22), con guion suyo y de Edskil Vogt, Gran Premio en Cannes 25, la superestrella teatral oslense clásica aún con atroz pánico escénico Nora (Renate Reinsve ya vuelta diva europea del momento) enfronta al lado de su historiadora académica hermana bien casada Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas) el entierro de la disfuncional madre psicoterapeuta que las crio a solas, a la vez el retorno del anciano padre que las abandonó sin más cuando niñas: el medio alcohólico medio jubilado director fílmico de culto Gustav Borg (Stellan Skarsgard ultrasobrio) que, sin jamás haber visto siquiera actuar a su hija famosa, ahora pretende llevarla como protagonista en la cinta de su magno regreso al cine financiado por Netflix, un vejatorio e intempestivo ofrecimiento que la hipersensible Nora en perpetua crisis sentimental rechaza dignamente, pero al cabo de numerosas vicisitudes indecibles acabará aceptando como un triunfo sobre sí misma y sobre una herencia moral familiar concebida cual legado insostenible de un afecto rabioso.
El afecto rabioso se desarrolla como un verdadero festival funesto de arrolladoras e incontenibles crisis íntimas, centrada en ese inasible personaje femenino que oscila entre su homónima pionera emancipadora de Ibsen y la valerosa infortunada errabunda Gaviota de Chéjov (cuya obra teatral estuvo representando antes de un Hamlet travestido), pero que parece deberlo casi todo a las insondables criaturas del sueco Ingmar Bergman, capaces de meter sin quererlo a todo mundo a su alrededor en profunda crisis, empezando por el anciano cineasta que consigue como posible sustituta a la dubitativa actriz internacional aunque monolingüe Rachel Kemp (Elle Fanning) al tiempo que manda remodelar la importantísima casa natal amenazando con venderla, pone además en crisis a la hermana difícilmente equilibrada Agnes que mira inerme al abandonador abuelo célebre volcar todo su cariño (a sus hijas negado) sobre el encantador nieto de 9 años Erik (Oyvind Hesjedal) a quien desea llevar como espontáneo actor infantil, y la propia Nora ahonda su crisis al ver que su apoyador amante Jakob (Anders Danielsen) no la considera como pareja establecida una vez divorciado, porque “Es difícil querer a alguien que está lleno de rabia” según el viejo Gustav, y acaso lo asemeja a él, por lo que Nora se dedica a investigar en archivos policiales los antecedentes de su padre, haciendo evidente que el rol escrito para ella era una mezcla de ella misma y de su abuela activista antibélica salvajemente torturada y después suicida, ayudándole a entender lo incomprensible del comportamiento del padre que ahora en declive está apechugando con las estándarizantes imposiciones de Netflix y con la renuncia de la sucedánea Rachel al papel protagónico, por absoluta incomprensión de él, en breve, más allá de los laberintos oniricotemporales de la hija Colman y el desvariante Hopkins de El padre (Zeller 20), un conjunto de corrosivas crisis que sólo se resolverán mediante la rotativa fusión simbólica de los rostros del padre y la hija, cual enfermera Anderson y actriz Ullamnn en Persona (Bergman 66), como desafiante cita ritovisual de identificaciones del maestro sueco y sus exaltados trueques de personalidad.
El afecto rabioso se apoya en etéreas secuencias múltiples, invariablemente sacudidas por diálogos punzantes (“Nada es más hermoso que las sombras”/ “Ser actor erosiona la conciencia”) y canceladas por contundentes espacios en negro tras una parsimoniosa andadura favorecida por la edición de pronto elíptica de Olivier Bugge Coutte, enmarcando ideas e invenciones/reinvenciones tan brillantes como esa inmensa casona solariega que habla y cuenta su generacionalmente trágica o conflictiva historia proveedora de heridas e imborrables cicatrices morales (aunque en las antípodas del melodramático Cuando los hijos se van de Bustillo Oro 41 o del profuso Aquí de Zemeckis 24) y se dispone a servir como escenografía fílmica y muta y se moderniza casi a pesar suyo y deslumbra por medio de las luminosidades cambiantes que le concede la impecable fotografía de Kasper Tuxen, esa antigua estufa cuya oquedad permitía a las niñas escuchar las agrias discusiones secretas a puerta cerrada, ese ilusorio taburete falsamente fatal desde donde se supone que se lanzó la abuela suicida a su ahorcamiento, o bien tan inesperados como algún rápido desenfoque pasajero para anticipar el desquiciamiento de las criaturas obsesivas, los cortes de montaje que crean vasos comunicantes entre la realidad objetiva y la ficción, alguna figura femenina que se derrumba al pie de un lecho, o los giros envolventes en torno a soledades subrayadas aun en compañía.

El afecto rabioso convierte por añadidura en maleables recursos expresivos a esa arrebatada y convulsa Nora/Reinsve recordando (y transcendiendo) que otrora encarnó a La peor persona del mundo para el mismo realizador, ese discreto señorial Skarsgard situado a la vera del extenuado todavía grandioso Victor Sjöström de Las fresas silvestres (58) como otro autodevorado alter ego más del mismísimo Ingmar Bergman, al mismo nivel que esa procelosa música de Hania Rani que avanza entre la fatiga y un recomenzar interminable, o esos furibundos enfrentamientos contra la avidez de un reportero sensacionalista o de cara al abismo abierto en el escenario ante un público vertiginoso.
Y el afecto rabioso desemboca en un irónicamente apacible flash forward con fondo de mecedora balada dulzona, donde una sosegada si bien siempre intensa Nora comprensiva es amorosamente dirigida por su padre providencialmente desentendido de todo yugo artístico, dentro de la revivificada mansión-set, rumbo a una visión cenital toda tranquilidad reconciliadora.
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