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Jardín de corazonadas: una crónica de la gran instalación de Rafael Lozano-Hemmer en el MAM

Nocturna y participativa, la muestra Jardín inconcluso de Rafael Lozano-Hemmer usa el jardín del MAM para una experiencia nocturna que incentiva la memoria

Pieza titulada "Jardín de corazonadas". Archivo de El Universal. Crédito: Santiago Reyes
15/02/2026 |01:09
Frida Juárez Bautista
Reportera de la sección CulturaVer perfil

En medio del oscuro bosque de Chapultepec, salen dos luces hacia el cielo, que surgen del techo del Museo de Arte Moderno. Se trata, tal cual, de un rayo cósmico, la obra con la que inicia el recorrido de la exposición “Jardín inconcluso”, que el artista Rafael Lozano-Hemmer (México, 1967) presenta en el Museo de Arte Moderno (MAM).





Aunque la luz proviene de dos cañones de luz típicos de los que se usan en estrenos de películas o inauguraciones de centros comerciales, el funcionamiento que hay detrás es más complejo, una creación propia de un egresado en química que lleva décadas creando arte a partir de la tecnología.

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Pieza titulada "Jardín de corazonadas". Crédito: Santiago Reyes/ El Universal

“Yo originalmente fui científico, luego, gracias a las malas amistades, me convertí en artista”, cuenta Lozano-Hemmer ante un grupo de más de 50 personas que están por ver la primera exposición nocturna que alberga el MAM. Elegir la ruta del arte ha llevado al creador a ser el primer representante de México en la Bienal de Venecia en 2007, a exhibir en recintos como el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) y el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO), así como a llevar su trabajo a recintos como el Museo Tate, en Londres, el de Arte Moderno y el Guggenheim, ambos en Nueva York.

La pieza se titula “Faro Colisionador” y aunque el artista considera que referirse a este como un rayo cósmico es “muy hippie”, asegura que “es real”:

“Los rayos cósmicos son partículas que llegan de las estrellas y de los agujeros negros, son protones y partículas alfa, que son muy muy dañinas, pero al colisionar con la atmósfera generan unas partículas subatómicas que se llaman muones. Esos no son tan dañinos y eso es lo que estamos detectando con este sensor”

Se trata de una máquina resguardada en una vitrina a la entrada del museo con luces titilantes y una pantalla donde se puede observar cómo el aparato procesa datos de radiación y procedencia de los rayos cósmicos. Esta información es la que controla el movimiento de los cañones de luz: “se mueven si hay radiación de rayos cósmicos”.

Estos rayos cósmicos maravillaron a Lozano-Hemmer porque gracias a ellos, el código genético olvida información y da pie a las mutaciones: “los errores del ADN a veces vienes de estos rayos, gracias a estos rayos cósmicos tenemos la evolución”, añadió.

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Pieza titulada "Deriva térmica". Santiago Reyes/ El Universal

“Esta es la pieza más difícil de explicar”, añade el creador. Ante la explicación científica y detallada, el público queda boquiabierto, algunos confundidos, aunque la gran mayoría impresionada por la pasión con la que Lozano-Hemmer acaba de hablar sobre muones, misma que logra la hazaña de retener su atención y, más admirable aún, propiciar la disposición del público a adentrarse al universo creativo del artista, en el que caben amígdalas, bocinas, cámaras de vigilancia y térmicas, ilusiones ópticas y focos que replican la palpitación de un corazón.

Esta experiencia lumínica y sonora diseñada por Lozano-Hemmer se disfruta en la oscuridad, donde sus obras son los faros que van iluminando el camino en el jardín del museo. Los recorridos comienzan a las 19 horas, una vez que el museo cierra sus puertas. El costo de acceso es de 150 pesos, un precio que dice el creador es asequible, pues en otros países el costo ha sido de aproximadamente 30 dólares por persona, que serían poco más de 500 pesos. El acceso es por grupos, cada 15 minutos, hasta el cierre, que es a las 23 horas si se visita los días miércoles y jueves, y hasta las 24 horas, si es viernes y sábado. En el trayecto se podrán apreciar nueve instalaciones, de las cuáles dos fueron creadas para la exhibición en el MAM, mientras que el resto ya se ha expuesto en países como Canadá (donde reside Lozano-Hemmer), Estados Unidos y Emiratos Árabes Unidos.

El aire como biblioteca de la humanidad

En la muestra, el vestíbulo del MAM se convierte en una cavidad que, a la altura del domo, alberga una laringe. Es “Cuerdas vocales” un videoarte que muestra cinco películas laringoscópicas de actores ingleses recitando fragmentos de “Ninth Bridgewater Treatise”, un texto escrito en 1837 por el científico Charles Babbage y una de las referencias centrales en las creaciones del artista mexicano.

“Todos tenemos una bellísima orquídea”, dice Lozano-Hemmer señalando su garganta. “Aquí hay gente que le parece asquerosa, espero que a ustedes no”, añade.

Pieza titulada "Cuerdas vocales".

Para hacer esta obra, en 2019, el mexicano cuenta que hizo audiciones a actores, quienes se presentaron “muy guapos”, aunque lo que interesaba era su interior: “les dije ‘no, yo voy adentro de tu cuerpo. Tomamos unos endoscopios, que entran por la nariz y viajan hasta los pliegues bucales”.

Babbage ha estado presente en varias obras del mexicano. El que fue inventor de la primera computadora mecánica, también fue el pensador de una teoría sobre la memoria que resuena mucho con Lozano-Hemmer y que consiste en ver al aire como una biblioteca de voces de toda la humanidad.

“Cuando hablamos, generamos una turbulencia. Él se preguntaba qué pasaría si en el futuro tuviéramos una computadora tan sofisticada, que pudiera determinar la trayectoria de cada molécula del aire, rebobinar el movimiento, regresarlo, de tal modo que puedas escuchar todas las voces del pasado?." Para Charles Babbage, la atmósfera es una inmensa biblioteca que contiene todas las voces de toda la gente que ha hablado en el pasado, los animales y todos los sonidos”, cuenta Lozano-Hemmer, entusiasmado ante la idea de poder escuchar a los ancestros, los idiomas extintos, a familiares fallecidos e, incluso, encontrar evidencias que permitan dar justicia ante hechos históricos como la esclavitud y guerras.

El pensamiento de Babbage también es parte de la instalación “Calzada de voces”. Esta obra está colocada en el trayecto que une al museo con la Sala Gamboa, consta de una serie de altoparlantes y micrófonos en los dos extremos donde los visitantes pueden hacer declaraciones que se replicarán en cada una de las bocinas. El mensaje auditivo hace su recorrido acompañado de una luz centelleante. Cada vez que se añade una grabación nueva, se borra la más antigua. Rafael Lozano-Hemmer explica que en otras ocasiones su pieza ha sido parte de cuatro propuestas de matrimonio, aunque una no salió bien, pues la respuesta negativa sonó por todas las bocinas hasta terminar su recorrido.

El artista mexicano-canadiense lleva casi dos décadas de exposiciones internacionales, incluyendo su primera gran muestra individual en Crystal Bridges Museum of American Art y proyectos urbanos en Abu Dabi y Toronto. Crédito: Santiago Reyes/ El Universal

Además de las voces del público, en esta obra se pueden escuchar grabaciones de la Fonoteca Nacional, que son memoria orales de México que van desde los años 50 hasta la actualidad.

“Es un memento mori. Casi en todas las obras que ven aquí está este deseo de capturar una información, pero siempre el borrado de esa información es igualmente importante”, dice el artista.

Un jardín efímero sobre la presencia y la memoria

El concepto de memento mori es el hilo conductor de la muestra, como se puede ver en la obra “Homenaje a Felguérez”, que consiste en una ilusión óptica con la proyección de las palabras “tensión, equilibrio y ruptura” sobre la escultura “El barco, México 68”, que hizo el miembro del movimiento de La Ruptura. La pieza está acompañada por una obra musical exprofeso hecha por el compositor británico Robin Rimbaud Scanner.

“Él me confió que había una triada con la cual hacía todas sus obras: tensión, equilibrio y ruptura. Estas eran las tres palabras que él utilizaba”, comenta el artista sobre la historia que hay detrás de este homenaje a Felguérez, con quien conectó por ser uno de los primeros artistas en hacer arte con computadoras en México.

Lozano-Hemmer hace que sus piezas interactivas registren la existencia del visitante, aunque sólo por un instante o por una temporalidad corta, pues ese registro se borrará eventualmente y de manera permanente.

Un registro del paso del humano lo hace “Atmosfonía de campo”, otra de las dos obras que ocurren en interiores. En el piso superior de la Sala Gamboa, Lozano-Hemmer y el equipo instalaron 3 mil bocinas en el techo, cuyo sonido y luz se activan cada que una persona camina debajo de éstas. La luz y el sonido de pájaros, insectos y otros elementos naturales van creando el paisaje del caminante por un instante.

Esta pieza se titula "Atmosfonía de campo". Crédito: Santiago Reyes/ El Universal

El documentar la presencia humana también ha hecho reflexionar al creador sobre el estado de hipervigilancia que se vive hoy en el mundo. Este tema se aborda en dos piezas “Deriva Térmica”, que consiste en una pantalla con una cámara térmica que aunque acá se usa para divertir y hacer ver cómo el entorno natural, como los árboles, también generan calor, el artista explica que es la misma tecnología que se usa en la frontera entre México y Estados Unidos para identificar a personas que cruzan de manera ilegal. La otra obra es “Reflector espiral”, que estrena en México, y consiste en un espiral de luz led, con una cámara de vigilancia al centro. Aquello que percibe la cámara, es lo que se refleja con la iluminación de las siluetas en el espiral.

“La idea es hacer tangible el mecanismo de vigilancia que está alrededor nuestro, en una suerte de ejercicio de seducción, que por un lado te ves representado como una especie de narcisismo, pero por otro lado la violencia de la imagen, de que ahora lo que estamos viendo en realidad es la cámara que normalmente nos toma a nosotros”, explica Lozano-Hemmer.

Aunque se hace la crítica a estas tecnologías, también se muestra un lado más optimista, como que se puede hacer comunidad alrededor de estas herramientas y que pueden ser amigables con el medio ambiente, pues todo funciona con el motor de una aspiradora, dice el artista, y los focos no perturban a la aves y animales de Chapultepec, porque tienen un filtro que corta la luz ultravioleta.

El recorrido acaba con “Jardín de corazonadas”, una versión de una obra que ha trabajado desde hace 20 años en torno a capturar la palpitación del corazón. Para esta exposición mexicana, el creador se inspiró en la escena de velas de la película “Macario”, de Roberto Gavaldón. Sólo que en vez de velas, en el jardín del MAM se instalaron 4 mil focos, que replican el latido, tanto en luz como sonido, de los visitantes que colocan su mano bajo un sensor.

Esta pieza se titula "Reflector espiral". Crédito: Archivo de El Universal.