No podemos retirarnos del filósofo tan fácil, hay mucho por entender y leer, seguimos: de las tres preguntas que Immanuel Kant consideró fundamentales para la filosofía y que son: ¿qué puedo saber?, ¿qué debo hacer? y ¿qué me cabe esperar?, la segunda ocupa el corazón de su pensamiento moral y quizá la que mayor incomodidad genera todavía hoy. Formulada en apariencia con sencillez, esconde una exigencia que va contra buena parte de la intuición moral contemporánea: la idea de que la bondad de una acción no depende de sus consecuencias, ni del placer que produce, ni del beneficio que reporta, sino únicamente de la voluntad que la impulsa. Esa tesis, desarrollada sobre todo en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres de 1785 y en la Crítica de la razón práctica de 1788, sitúa al filósofo en el extremo opuesto de toda ética que mida el bien por sus resultados.
El punto de partida es una afirmación tan tajante que conviene citarla en su espíritu: nada en el mundo, ni siquiera fuera de él, puede considerarse bueno sin restricción salvo una buena voluntad. La inteligencia, el valor, la riqueza, la salud, incluso la felicidad, son bienes que pueden volverse dañinos en manos equivocadas. Un criminal astuto es más peligroso que uno torpe. Solo la buena voluntad, la voluntad que quiere el bien por el bien mismo, conserva su valor en cualquier circunstancia. Y ese valor no proviene de lo que la voluntad logra, sino de lo que quiere. Una buena voluntad que, por circunstancias adversas, no consiga realizar nada, seguiría brillando, según la célebre imagen kantiana, como una joya que lleva en sí misma su valor completo.
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Aquí aparece la distinción decisiva entre actuar conforme al deber y actuar por deber. Un comerciante que cobra precios justos a todos sus clientes porque le conviene para su reputación actúa conforme al deber, pero no por deber: su honradez es instrumento de su interés. Otro que cobra precios justos aun cuando podría engañar impunemente, y lo hace porque reconoce que debe hacerlo, actúa por deber. Externamente las dos conductas son idénticas. Moralmente están separadas por un abismo. Solo la segunda tiene, para el pensamiento kantiano, valor moral genuino, porque solo ella brota del respeto a la ley moral y no del cálculo de ventajas ni de la inclinación sentimental. Esa insistencia le ha valido la acusación de rigorista, y la acusación no carece de fundamento: para el filósofo, ayudar a otro por compasión espontánea es amable, pero ayudarlo por deber, aun sin sentir inclinación alguna, es lo que confiere a la acción su dignidad moral.
De esa arquitectura surge el concepto central de toda su ética: el imperativo categórico. Conviene distinguirlo de los imperativos hipotéticos, que ordenan algo como medio para un fin: si quieres aprobar, estudia; si deseas salud, cuida tu alimentación. Esos mandatos son condicionales, dependen de un deseo previo, y desaparecen si el deseo desaparece. El imperativo categórico, en cambio, no depende de ningún fin. Ordena de manera incondicional, vale por sí mismo, obliga con independencia de lo que uno quiera conseguir. No dice haz esto para lograr aquello. Dice, simplemente, haz esto.
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La formulación más conocida establece: obra solo según aquella máxima por la cual puedas querer al mismo tiempo que se convierta en ley universal. Una máxima es el principio subjetivo que orienta una acción concreta. La prueba consiste en preguntarse si ese principio podría convertirse, sin contradicción, en ley para todos. Quien piensa en hacer una promesa falsa para salir de un apuro debe examinar qué ocurriría si todos mintieran al prometer: la propia institución de la promesa se destruiría, nadie creería a nadie, y la máxima se anularía a sí misma. La mentira no se prohíbe porque traiga malas consecuencias, sino porque no puede universalizarse sin contradecirse. Ahí reside la prueba de la moralidad: no en el resultado, sino en la coherencia racional del principio.
Una segunda formulación, todavía más resonante, ordena tratar a la humanidad, tanto en la propia persona como en la de cualquier otro, siempre como fin y nunca solamente como medio. Usamos a los demás como medios continuamente, el pasajero usa al conductor, el cliente al vendedor, y no hay nada malo en ello. El mandato prohíbe usarlos solamente como medios, reducirlos a instrumentos de nuestros fines ignorando que son, ellos también, seres racionales con dignidad propia. Engañar a alguien, manipularlo, instrumentalizarlo sin su consentimiento, viola ese principio porque lo trata como mera cosa. En esa formulación descansa buena parte de la fundamentación filosófica de los derechos humanos: la idea de que la persona posee una dignidad que no tiene precio ni admite sustituto, porque no es un valor de intercambio sino un valor absoluto.
La tercera formulación introduce la noción de autonomía, quizá su aportación más revolucionaria. La voluntad moral no recibe la ley desde fuera, de Dios, del Estado, de la costumbre o del miedo al castigo: se la da a sí misma. El sujeto moral es legislador y súbdito al mismo tiempo, autor de la ley que obedece. Obedecer una norma impuesta desde fuera por temor o por interés es heteronomía, y las acciones heterónomas carecen de valor moral aunque sean correctas. Solo cuando el sujeto obra según una ley que su propia razón reconoce como universalmente válida es verdaderamente libre. Libertad y ley moral, lejos de oponerse, se implican mutuamente: ser libre no es hacer lo que apetece, sino obedecer la ley que uno mismo, en cuanto ser racional, se ha dado… a decir: el imperativo categórico.
Así, frente a toda moral que reduce el bien al placer, a la utilidad o al éxito, el pensamiento kantiano sostiene algo que el presente tiende a olvidar: que hay actos que debemos realizar no porque nos convengan, sino porque son correctos, y que precisamente ahí, en esa gratuidad del deber, reside la única dignidad que ninguna circunstancia puede arrebatarnos.