Hace muchos años leí que, para no caer en el riesgo de perder la objetividad, más valía no escribir sobre aquellas personas hacia las cuales uno profesa una gran simpatía… o una gran animadversión. Aquellas palabras acabaron convirtiéndose en una norma autoimpuesta que he procurado cumplir. Felizmente, no han sido pocas las ocasiones en las cuales los hechos me orillan a hacerla a un lado y, ésta, es una de ellas.
Hoy, voy a hablarles de Gordon Campbell, quien hará casi dos meses, el 16 de diciembre, fue reconocido con el Premio Sinaloa de las Artes 2025 y, ante todo, es también un entrañable ser humano, cuya amistad me enorgullece. Los primeros referentes que tuve de él fueron como un codiciado maestro de corno, su instrumento. Ser parte de su alumnado motivó a muchos jóvenes a viajar a la Ciudad de México para ello; hubo quienes, incluso, hasta se mudaron a nuestro país. Por uno de ellos supe de este “gringou”, nacido el 7 de agosto de 1945 en Youngstown, Ohio, que llegó a México en 1978, invitado por Eduardo Mata para pertenecer a aquella prestigiosísima agrupación que fueron los Solistas de México.
Durante sus primeros años por estas tierras, el Maestro Campbell también fue atrilista de la OFUNAM hasta que, gracias a la formación como director de orquesta que recibió de Mendi Rodán cuando estudiaba en la Academia Rubin de Jerusalém, se mudó en 1993 a Aguascalientes para fundar la orquesta sinfónica local. Qué tan exitosa habrá sido, que no faltó el gandalla que moviera los contactos de su mujer para sacarlo de la jugada. Jamás imaginamos el bien que le hacía y nos hizo, pues, para entonces, Gordon ya no solamente estaba en la mira de todo el medio musical mexicano: también estaba en la mira de aquellos políticos que, antaño, sabían justipreciar la Cultura en toda su magnitud. Lo habían detectado en Sinaloa y verse repentinamente “vacante” le permitió aceptar la invitación a trasladarse a Culiacán para fundar, en 2001, la Orquesta Sinfónica Sinaloa de las Artes, que rápidamente logró colocar como un referente nacional de excelencia y, desde entonces, es coloquialmente conocida como “la OSSLA”.

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Al respecto, en su texto Gordon Campbell: la batuta que abrió un horizonte, ese inapreciable colega y cronista de la vida cultural culichi que es Aldo Rodríguez, precisó: “Campbell llegó a Sinaloa con una misión que parecía imposible: formar una orquesta sinfónica donde no la había. No era cosa menor. Era construir desde cero un organismo vivo, cohesionado, con personalidad artística y con un nivel musical a la altura de cualquier formación internacional. Y lo hizo.”
De entonces a la fecha he tenido el privilegio de atestiguar muchos de sus logros e, incluso, tengo la dicha de haber sido cómplice y partícipe de algunos. ¿Cómo olvidar aquella primera función de ópera que realizó en el atrio de la iglesia de Villa Unión? Dispusieron sillas para que la gente presenciara Cavalleria Rusticana al salir de misa. Al principio, el público rehuía, extrañado ante semejante invitación. Al final, vi gente trepada en los postes, en los árboles y hasta en el techo del kiosco. La ovación final no pudo ser más larga y emotiva. Camino al transporte que nos regresaría a Mazatlán, escuché como unos rancherotes de muy buen ver comentaban, con esa voz potente y sonora que les distingue, “tanto pedo y hasta se mataron, con lo a toda madre que es entrarle a la ‘suingeriada’”, ¿díganme Ustedes, si eso no es contextualizar la trama y poner la ópera al nivel del pueblo?
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Como esa anécdota, atesoro muchas más: hará un par de décadas, le ví reunir por primera vez a la banda El Recodo con la OSSLA. Estuve presente desde el primer ensayo, en el Teatro Ángela Peralta. Cuando llegaron los muchachos de Don Cruz Lizárraga, sus pares de la orquesta los vieron con cierto desdén, pero, desde las primeras notas que aquellos tocaron ví muchas cejas levantarse, asombradas; les reconocieron su virtuosismo nato y poco tardaron en preguntarles “cómo le hacían”. Para ese programa se rescataron muchas partituras compuestas a principios del siglo 20, para los carnavales mazatlecos. El éxito fue arrollador. Aquel par de conciertos al aire libre reunió a más de diez mil asistentes en cada uno: el primero, en Olas Altas, y el segundo, en la Explanada del Palacio de Gobierno, en Culiacán.
Acompañé a la OSSLA a Guamuchil cuando le hicieron un histórico homenaje a Pedro Infante, y estuve también en el que le hicieron al gran Ferrusquilla, con quien compartí el honor de apadrinar la boda entre Gordon y Guianeya Román, su esposa. Con hechos, como directora administrativa e insustituible pilar de las Temporadas Campbell que, sin subsidio alguno, presentan desde hace dieciséis años en Mazatlán, ella me demostró que no es “detrás”, sino “al lado” de todo gran hombre que hay una gran mujer.
Los éxitos de Gordon no se limitan a la música popular, con la que diestramente tendió puentes mucho antes de que se pusiera de moda hacer crossover. En el ámbito de la música académica él y sus músicos han contado con solistas de excepción, como Plácido Domingo, José Carreras, Alberto Nosé, Paquito de Rivera y Boris Gilburg; han realizado memorables versiones de clásicos que van de la Novena de Beethoven a El pájaro de fuego de Stravinsky y han ensanchado el repertorio sinfónico con obras como la deliciosa Suite Culiacán, que Eduardo Gamboa compuso para ellos. Es justo en este ámbito “clásico” que se encuentra el concierto por el cual viajé el fin de semana pasado a Mazatlán. Fue el cuarto programa de esta Temporada Campbell y lo titularon “Stradivarius and Brahms in Mazatlán”. Así, en inglés, ya que la mayoría de los asistentes que agotan las localidades de todas sus presentaciones es angloparlante.
Iniciaron con fogosa lectura de la Sonata para violín y piano, Op. 78, de Brahms, tocada por Alexandre da’Costa -que es el actual director de la OSSLA y reconoció públicamente que “espera alcanzar siquiera la mitad de los logros del Maestro Campbell”- y Serhiy Salov, el virtuoso ucraniano que interpretó el soundtrack de Coda (2019), esa extraordinaria película de Claude Lalonde que no puedo recomendarles más ampliamente. Brahms sirvió también el plato fuerte de la velada, su Trío para violín, corno y piano, Op. 40, que permitió el lucimiento de Gordon como instrumentista. “Nunca imaginé que, con todo lo que hace, Gordon seguiría tocando tan bien el corno”, me confió el Maestro Gustavo Rivero, quien asistió al concierto, aprovechando que andaba dirigiendo en Mazatlán. Y es que ¿cómo no asombrarnos ante el largo aliento de sus frases, esculpidas con un prodigioso legato e cantabile durante el Adagio mesto, o con la contagiosa vitalidad que le infundió al Allegro con brio final?
Perdónenme si, para cerrar este tributo a mi querido Gordon y su trabajo visionario, cito nuevamente a Aldo Rodríguez: “Hay figuras que llegan a un lugar no para ocupar un espacio, sino para transformarlo. Para nombrar lo que todavía no existe. Para abrir caminos donde antes solo había deseo. El maestro Gordon Campbell, recién distinguido con el Premio Sinaloa de las Artes 2025, pertenece a esa estirpe rara: la de quienes cambian la historia cultural de un estado —y, en buena medida, de un país— sin jamás perder la humildad con la que se hace la verdadera música.”
¡Larga vida a Gordon Campbell!