En 1955, Gabriel García Márquez era un joven de 28 años que se ganaba la vida como reportero que, por distintas circunstancias, se había quedado varado en Europa. Para las navidades de ese año se trasladó a París y se instaló en un hotel barato ubicado en el 16 de la Rue Cujas, calle habitada por latinoamericanos exiliados y autoexiliados. Uno de ellos era el poeta cubano Nicolás Guillén, quien residió en la capital francesa entre 1955 y 1959 como exiliado de la dictadura de Fulgencio Batista. En un artículo de 1977, García Márquez contó una anécdota que ilustra la forma en que vivir en esa calle habitada por guatemaltecos, colombianos, cubanos, paraguayos, argentinos y nicaragüenses le hizo cobrar consciencia de su identidad latinoamericana. Cada mañana, Guillén despertaba la calle entera gritando las nuevas noticias de la América Latina traducidas del francés en jerga cubana: “Una mañana Nicolás Guillén abrió su ventana y gritó una noticia única: ‘¡Se cayó el hombre!’ Fue una conmoción en la calle dormida porque cada uno de nosotros creyó que el hombre caído era el suyo. Los argentinos pensaron que era Juan Domingo Perón, los paraguayos pensaron que era Alfredo Stroessner, los peruanos pensaron que era Manuel Odría, los colombianos pensaron que era Gustavo Rojas Pinilla, los nicaragüenses pensaron que era Anastasio Somoza, los venezolanos pensaron que era Marcos Pérez Jiménez, los guatemaltecos pensaron que era Castillo Armas, los dominicanos pensaron que era Rafael Leónidas Trujillo, y los cubanos pensaron que era Fulgencio Batista. Era Perón, en realidad.”
Durante aquella estancia en París, García Márquez contactó a otro colombiano: Plinio Apuleyo Mendoza. Una tarde de enero de 1956, leyendo Le Monde ambos descubren que Rojas Pinilla ha clausurado El Espectador, lo que automáticamente convertía a Gabriel en desempleado, pues era corresponsal de aquel diario. Es por eso que El coronel no tiene quien le escriba, la magistral novela breve que escribió en esa época, contiene alusiones directas al control que, en Colombia, el Estado ejercía sobre la prensa. Cuando el coronel pregunta al médico si hay noticias nuevas, éste le extiende varios periódicos y le responde: “no se sabe. Es difícil leer entre líneas lo que permite publicar la censura”.
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Tras una estancia de dos años y medio en el continente europeo, García Márquez regresó a América Latina en diciembre de 1957 para integrarse como redactor en la revista Momento, en Caracas. Su llegada a Venezuela el 23 de diciembre no fue casual: su amigo Plinio ejercía en la revista como jefe de redacción. Ambos periodistas habían sido reclutados por el magnate Carlos Ramírez MacGregor, quien, a pesar de haber inyectado una fortuna en el proyecto editorial, carecía de experiencia en la gestión de medios.
Para el futuro Nobel, este viaje representaba su primer contacto directo con una nación latinoamericana distinta a su Colombia natal. El contexto no podía ser más convulso: apenas una semana antes de su arribo, el dictador Marcos Pérez Jiménez se había atornillado en el poder mediante un plebiscito “escandalosamente amañado”, según consigna Gerald Martin, acaso el biógrafo más acucioso del novelista colombiano.
La tranquilidad del primer día de descanso de García Márquez, el 1 de enero de 1958, se vio interrumpida por el rugido de los aviones que bombardeaban el Palacio de Miraflores. La sublevación de la base de Maracay marcó el inicio de tres semanas de agonía para el régimen, caracterizadas por la represión extrema y el desorden civil. Mendoza evoca aquel tiempo como una olla a presión: “Mientras el dictador permanecía en un búnker del palacio presidencial con todos sus ministros, el país, amordazado hasta entonces, hervía de manifiestos clandestinos, proclamas y hojas volantes, bajo la coordinación de una invisible Junta Patriótica”.
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La tensión alcanzó su punto crítico cuando las fuerzas de seguridad asaltaron la redacción de Momento, deteniendo a gran parte del personal. En medio de la incertidumbre y el toque de queda, García Márquez y Mendoza permanecieron refugiados, intentando descifrar el destino del país a través de la radio. Finalmente, en la madrugada del 23 de enero, fueron testigos oculares de la historia al ver el avión del dictador sobrevolar a baja altura mientras este huía del país.
Con el dueño de la revista desaparecido y el equipo original tras las rejas, los dos amigos tomaron las riendas de Momento. Con ayuda de una estación de radio, convocaron a reporteros, redactores, trabajadores gráficos y formadores para suplir las vacantes y se embarcaron en una jornada maratónica de 48 horas sin descanso. Escribieron artículos de forma conjunta y redactaron un editorial histórico celebrando el retorno de la democracia.
El resultado fue un éxito rotundo: una edición extraordinaria de 100 mil ejemplares que se agotó en cuestión de horas. Aunque expertos como Jacques Gilard sugieren que, para entonces, García Márquez ya dominaba plenamente las técnicas del oficio, este episodio fue crucial por ser su primera incursión en la toma de decisiones gerenciales y políticas de alto impacto en un medio masivo.
La luna de miel con la libertad de prensa fue breve. El 13 de mayo de 1958, la visita del vicepresidente estadounidense Richard Nixon a Venezuela desató violentas protestas. Cuando Mendoza decidió informar sobre los disturbios, el propietario del medio, Ramírez MacGregor, intervino imponiendo una nota aclaratoria que condenaba las manifestaciones y se alineaba con los intereses de Washington. Este acto de censura interna fracturó la relación con la redacción de Momento. Plinio Apuleyo Mendoza intentó salvar la integridad de la revista publicando la aclaración solo bajo las iniciales del dueño, evitando que pareciera la postura editorial del medio. Sin embargo, ante las presiones y la vulneración de su autonomía, tanto él como García Márquez decidieron presentar su renuncia irrevocable, priorizando su ética profesional sobre la estabilidad laboral.