Confabulario

Escribir con hambre: tres décadas de El arte de la fuga, de Sergio Pitol

En su juventud, Sergio Pitol y Federico Campbell compartieron amistad y pobreza como dos migrantes en Barcelona, mientras intentaban construir sus obras literarias

Sergio Pitol publicó su libro de ensayos El arte de la fuga en editorial Era. Retrato del autor en la puerta de su casa en Xalapa, Veracruz. Archivo El Universal.

((((Uno de los libros más emblemáticos de Sergio Pitol, publicado por Era, contiene testimonios de su vocación a toda prueba, incluida una época en que padeció miseria extrema, pero no dejó de escribir)))





“¿Sabes lo que se siente tener hambre? Me refiero a realmente tener hambre: pasar hasta cinco días sin comer”, me preguntó en varias ocasiones mi maestro, Federico Campbell. Evocaba la época, a inicios de los setenta, en que se mudó a Barcelona con el firme propósito de volverse escritor. Allá coincidió con Sergio Pitol, quien también buscaba su lugar en el mundo. Los dos jóvenes pagaban el precio de querer ser novelistas: “Tomábamos agua para evitar que se nos pegara el esófago. Pero ni así dejábamos de escribir nuestras novelas”, me contaba emocionado el tijuanense. En aquella época Pitol se sostenía haciendo traducciones, mientras Campbell enviaba a Excélsior colaboraciones periodísticas y entrevistas con narradores y poetas. Como ambos empleos suponían períodos muy largos sin cobrar, los dos jóvenes tenían un pacto: el primero que recibía un cheque, invitaba a comer al otro.

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Yo me enteré de aquellas andanzas cuatro décadas después, cuando ambos eran autores con trayectorias bien consolidadas. Tanto me acostumbré a escuchar esas anécdotas que no tuve el buen tino de grabarlas. Peor aún, omitía contarlas porque temía que, con el paso del tiempo, el pasaje se fuera deformando en mi memoria. ¿De verdad había dicho cinco días sin comer? ¿Era cierto que aún con hambre seguían trabajando en los borradores de sus primeras novelas? Durante años consideré perdidos esos testimonios hasta que releí El arte de la fuga, de Pitol, uno de los libros más emocionantes que haya leído jamás, y que este año está cumpliendo tres décadas de ser publicado por Era Ediciones.

Formado por 27 textos distribuidos en cuatro grandes apartados, El arte de la fuga es un trabajo que echa mano de las estrategias de la crónica y el ensayo personal para lograr el que por muchos es considerado el mejor libro de Pitol. Acaso por las fatigas que pasó para convertirse en novelista, Don Sergio ofrece una apasionante guía para quienes aspiran a ser escritores: disecciona con pericia a William Faulkner, a Thomas Mann, A Jane Austen y a Henry James, mientras es pródigo en recomendaciones para viajar y escribir, o para transformar las propias experiencias en narraciones efectivas. Con la temperada voz de quien ya no tiene qué demostrar nada, aborda el difícil proceso que implica encontrar una voz propia en la literatura. No teoriza: muestra. Por ejemplo, bajo el titulo “¡Y llegó el desfile!”, reproduce una serie de entradas de su diario de 1980, cuando se propuso escribir una novela policial: primero establece las anécdotas, luego el trazo general y, por último, va definiendo el tono y la temperatura. Comete errores, se pierde, reencuentra el camino. Eventualmente el manuscrito —titulado El desfile del amor— ganará el Premio Herralde de Novela y se convertirá en un clásico del género negro en nuestro idioma. Acaso el más deslumbrante de los trabajos es “La marquesa nunca se resignó a quedarse en casa”, impecable defensa de la novela, género al que se ha dado por muerto demasiadas veces en el último siglo.

El arte de la fuga, de Sergio Pitol, combina crónica y ensayo personal para lograr el que por muchos es considerado su mejor libro. Archivo El Universal. Ariel Ojeda.

Así, al mismo tiempo, El arte de la fuga es una suerte de Piedra de Rosetta que permite comprender mejor el resto de la obra de don Sergio: junto a un diario de sueños es posible encontrar el perfil de un Carlos Monsiváis casi adolescente y también el relato genuino de una sesión de hipnosis dolorosa y catártica. El mosaico incluye la crónica de un viaje a Chiapas en los primeros días de 1994, cuando el conflicto zapatista recién había estallado. Los puentes van más allá de la bibliografía de Don Sergio: nos enteramos de que en 1965, cuando llevaba dos años de vivir en Varsovia, Pitol recibió una carta de Witold Gombrowicz. El novelista polaco le contaba que había caído en sus manos un ejemplar de la traducción de Las puertas del paraíso, de Andrzejewski, y le había gustado tanto que ahora le pedía al mexicano que fuera su traductor. (Hoy todas esas traducciones están disponibles en la colección Sergio Pitol, traductor).

En el sexto capítulo del libro, titulado Diario de Escudillers, está la anécdota que busco: el texto es una bitácora que Pitol comenzó a registrar el 22 de junio de 1969, cuando inició una estancia en Barcelona que estaba pensada para unos pocos días y al final se prolongó por tres años: vive en un cuarto minúsculo en la calle de Escudillers, a la espera de que lleguen unos cheques por ciertas traducciones. Los alrededores del hostal están llenos de hippies, un auténtico enigma para el joven traductor, quien se siente paralizado por la “escasez de recursos”. La frase es un eufemismo, pues en el mismo párrafo consigna que vive “en un barrio infecto” y “ahogado por las deudas”. El 11 de julio presencia un asesinato que ocurre a un par de metros de él, lo que le llena de miedos. Cuando cumple un mes en Barcelona, debe ya dos semanas de renta y se ha hecho amigo de Ralph, un hippie que vive en la calle. Al ver que el joven Sergio está casi tan necesitado como él, Ralph le ofrece llevarlo a una institución de beneficencia en donde le pueden dar un poco de sopa por seis pesetas. Eso sí, le advierte el vagabundo, cada quien debe llevar su plato. Dos días después, Pitol sostiene que ha comenzado a vivir “en la miseria extrema”. Pero también consigna que sigue escribiendo, y que confía en que a ese ritmo, en un año tendrá lista su primera novela. Para el domingo 2 de agosto le quedan diez pesetas. Le pregunta a Ralph si no le asusta la miseria. “Cuando no tienes dinero, aprendes a prescindir de todo”, le contesta el hippie. Al aspirante a novelista ya ha comenzado a ocurrirle: como no tiene para dentífrico, se lava los dientes con jabón. Le horroriza la idea de llevar un plato de peltre a la beneficencia para pedir sopa…y no obstante, no deja de escribir. Para septiembre, los cheques prometidos comienzan a llegar y la situación cambia. Para el 14 de septiembre, comparte una comida con Federico Campbell, con quien conversa “larga y sabrosamente de muchos amigos comunes de México e Italia”. Y entonces, como si la escuchara, viene a mí la voz del maestro: “¿tú sabes lo que se siente tener hambre?”.