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“Es insaciable mi curiosidad por la capacidad que tiene todo de pudrirse”: Lina María Parra Ochoa

A propósito de su nuevo libro de cuentos, Una cosa salvaje que conoce la muerte, la escritora colombiana conversó sobre su fascinación por el cuerpo y sus deformidades y sobre el misterio de aquello que no podemos explicar

La escritora, editora y docente colombiana Lina María Parra Ochoa ha construido una obra alrededor del cuerpo, el dolor, el misterio y las zonas oscuras de la experiencia humana. En 2023 publicó La mano que cura. Crédito: Carlos Felipe Ramírez Mesa
16/08/2026 |01:07Juan Camilo Rincón |
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La editora, docente y escritora colombiana Lina María Parra Ochoa entrega en su nuevo libro de cuentos, Una cosa salvaje que conoce la muerte (Alfaguara, 2026), trece historias que nos revelan su “necesidad de tratar de acceder a la experiencia del dolor desde lo literario”.





Animales de monte que braman con ecos terribles. Miedos infantiles que vuelven a visitarnos. Bestias invisibles que persiguen, acechantes. Ríos rojos de sangre y negro de cuerpos amontonados. Cuerpos testigos del dolor y manos que escarban hasta que supura la herida. Humedad de pura angustia. En este libro, la autora de La mano que cura (2023) y Malas posturas (2018), despacha sin contemplaciones todas las formas del misterio, ese “estar ciego ante la pesada oscuridad, pero seguir insistiendo en ver”.

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Crédito: otraparte.org

En casi todos los cuentos de este libro aparecen de manera reiterada el calor, los pocillos, el tinto, la humedad, el polvo. ¿Qué hay en ellos, como ideas reales, pero también como metáforas, que le permiten construir cada historia?

Yo no sé si soy buena para las metáforas, porque a mí me gusta escribir las cosas que son. O sea, si es un tinto, es un tinto; si hace calor, es que hace calor; si hay polvo, es que hay polvo. Lo que sí ocurre es que me gusta mucho darle textura a lo que escribo. Yo no soy propensa a hacer descripciones larguísimas, porque también me aburriría, pero sí me parece importante que se sienta el calor. De hecho, me di cuenta que en muchos cuentos del libro hace calor; también hay polvo, y lo otro es que yo siempre pongo a mis personajes a tomar tinto negro y sin azúcar; es como una ley. Yo tengo esos vicios materiales de la vida, de las formas en las que uno entiende la materialidad. Me parece que, en la narrativa, la materialidad ayuda a anclar la historia, a darle cuerpo. No es lo mismo que yo te diga que me levanté y desayuné, a que te diga que me levanté y estaba haciendo un calor húmedo terrible y que a pesar de eso me tomé un tinto hirviendo. Con eso ya veo a esa persona ahí caliente y sudando, tomándose su tinto caliente. Para mí, eso aterriza mucho la narrativa, más que la no materialidad de los objetos.

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Además de esa materialidad hay otro aspecto muy interesante, que es la presencia permanente de lo corporal y lo físico: los cadáveres, la herida y la llaga, las manos, los dedos, un feto…

Esto está desde siempre. Malas posturas es un libro sobre el dolor del cuerpo. Yo no sé por qué me obsesiona tanto el cuerpo como misterio, pero desde la perspectiva de la enfermedad, del dolor, de la muerte, de lo que se pudre, de la deformidad. Me encantan las deformidades, por eso el cuento del fetus in fetu; me encantan los cadáveres en el sentido en que encuentro un atractivo muy interesante en pensar el cadáver como un misterio. Por eso el último cuento tiene que ver con el asunto de una chica que quiere ver un cadáver en la morgue de la universidad. No sé por qué tengo una obsesión recurrente con el cuerpo desde el lugar del dolor, la enfermedad y la muerte. Cuando escribo trato de mirar esa obsesión por todos los lados posibles, y cada vez que la miro le encuentro un nuevo lado, como si fuera un sólido con muchas caras; cada vez que lo volteo le encuentro una cara nueva a esa misma pregunta. Eso me alegra un montón, porque es insaciable mi curiosidad por el misterio que se aloja en nuestro cuerpo, en lo corporal, en la carne, en la capacidad que tiene todo de pudrirse.

En el primer cuento hay una jueza que huye de su pueblo porque escuchó algo que no debía sobre unos asesinatos, y usted establece una relación entre el animal de monte real o físico y el animal metafórico para simbolizar la muerte y la sensación de desolación.

Ella se entera de quiénes mataron a esos pobladores, pero no puede hacer nada. La van a matar también si se dan cuenta de que ella sabe, entonces se va. Cuando va saliendo ve esos muertos, un poco por la culpa de irse, de haber quedado viva, de no poder hacer nada, de no saber qué hacer. A mí me interesa mucho esa imagen de la impotencia ante el desastre; la imagen cuando hay un desastre tan grande, una tragedia, un dolor, un horror tan absoluto, y vos te parás ahí y dices: Yo soy nada, ¿yo qué hago? Tal vez sea una perspectiva muy derrotista, pero me interesa mucho para mis personajes.

Hay varios cuentos donde aparece ese registro.

Es que puedo ser una persona derrotada, tal vez. Ahora pienso en “Aquí no pasó nada”, que es sobre una chica que se entera de una violación a otra chica en una cañada. En “La distancia entre los árboles” mi personaje Estefanía está parada viendo cómo talan un bosque entero para hacer una hidroeléctrica, y muestro esa impotencia de ver desaparecer en segundos los miles de años que se requieren para que un bosque crezca. Lo mismo le pasa a Afra en ese primer cuento; son demasiados los muertos, es demasiada la sangre y ella nunca se va a terminar de limpiar las manos, no porque la sangre sea culpa o no de ella, sino porque siente enorme impotencia y culpa por haber tenido que irse.

¿Cómo maneja literariamente la idea de lo misterioso o lo inexplicable, y del miedo ante lo que no se puede controlar o dominar, como ocurre, por ejemplo, en “Un cielo vacío”?

Es muy bueno porque escribí un cuento sobre ovnis, pero no es un cuento sobre ovnis. Si hay un eje temático en este libro es la pregunta por el misterio, pero no solamente como lo oscuro o lo truculentillo, sino también como la duda, el vacío, la cosita que no terminamos de entender, el tabú que no deberíamos mirar, pero queremos ir a mirar. El misterio es un cadáver tirado al lado de una carretera. Es un punto negro en el cielo que te acompaña cuando tenés un accidente en el mar y sabés que eso no es de este mundo, pero no le puedes contar a nadie y nadie más lo vio. El misterio es eso, el sueño de una chica que sueña que ella es las llamas. Son todas esas partes de la vida en donde no terminamos de explicar nada. De lo que me di cuenta es que estos cuentos van a asomarse. En el libro puse el grabado Flammarion, que representa esa idea del mundo plano, como un plato cubierto por un tazón —que sería la bóveda celeste—, y este hombre que logra llegar al final, al borde del mundo, se asoma más allá del cielo, se asoma al misterio.

¿Ese es el asunto de los cuentos, asomarse más allá de los confines?

Y poner el dedo en la herida. Es un pre-Truman Show, si lo pensamos, porque Truman nunca sabe qué hay al otro lado de la puerta; él solo conoce ese mundo e igual se arroja al misterio. Se me acaba de ocurrir esto que te digo, y me gusta pensarlo así. Me gusta mucho esa película porque es este asunto de querer asomarse; la pregunta sobre qué hay allá y el no saberlo: tal vez nunca lo voy a saber, pero tengo que ir a asomarme. Por eso, en el libro se repite mucho el asunto del misterio, el borde de la herida, asomarse al abismo, querer ir, ver y escarbar en lo que no se puede explicar, lo que no termina de tener sentido. En “Un cielo vacío” Iván intenta explicarle eso a Lina cuando le dice que el misterio es meter los pies en el mar sabiendo que nunca vas a conocer la profundidad más absoluta, pero igual lo intentás. Ese es el misterio, hacerte la pregunta sabiendo que no vas a tener la respuesta.

En “La sombra de la Torre" usted plantea la relación entre la fe (como herida), la mentira y el desencanto con la religión.

Es un cuento sobre los aparatos de la fe; una chica que pierde la fe que tenía en Dios cuando era una niña, y encuentra una manera de reconstruirla con otros aparatos, ya sea aparatos adivinatorios, sus amigos, sus gatas, lo que sea, pero es capaz de reconstruirla. A mí me interesa mucho la pregunta por la fe, porque a mí me evade la fe; no la he encontrado en ningún lado —en la ciencia, tal vez—. Me interesan mucho la gente fervorosa y los aparatos de la fe. Ese cuento es un poco una exploración sobre el tema, porque yo tengo un gran lío con el dogma cristiano y con la institución; yo fui criada en ella y me quedaron mis propias heridas de ahí. Creo que es un cuento que explora las heridas que puede dejar esa fe.

Otro asunto que usted aborda magistralmente es la oscuridad física y simbólica (por ejemplo, el velo de humedad oscura y maloliente producto de los asesinatos por parte de un narco, que termina por contagiarlo todo a su alrededor).

Son las dos cosas a la vez. A mí me gusta mucho que lo que escribo sea verdad. O sea, si yo te digo que en esa esquina hay una oscuridad donde parece que hubiera unas manos, es de verdad, no es simbólico. Claro, hay una oscuridad que también puede ser simbólica, cuando hablo de la tierra que está vengando de sus muertos y la cantidad de sangre que ha dejado el conflicto armado, por ejemplo. Cuando hablo de las injusticias y de los cadáveres enterrados en pozas comunes. Claro, esa oscuridad puede ser simbólica, pero a la vez es real, porque está en el apartamento de Luis, en una esquina, una cosa oscura con unas manos que arañan el piso y están esperando que él les lleve aguardiente, agua y ofrendas todas las noches. Las dos cosas pueden ser verdad. No me gusta cuando se asume que, porque algo tiene una carga simbólica, entonces no está realmente en el cuento. A mí me interesa que también esté presente materialmente; me parece que así es más rico.

Y, lejos de todo el orden de lo físico y lo material, usted nos entrega el cuento del fetus in fetu.

Como te decía, a mí me gustan todas estas cosas truculentas. Yo me meto durante horas en internet a mirar papers médicos y fotos de deformidades, malformaciones, mutaciones. A mí me gusta mucho el concepto de los gemelos. Yo no tengo gemela, pero casi que escribí este cuento diciendo: Esta obsesión mía con los gemelos es como si yo hubiera tenido una gemela en algún momento de la gestación, porque no es normal. Entonces, cuando conocí este fenómeno del fetus in fetu, me pareció increíble; en el proceso de gestación de dos gemelos, uno es absorbido por el otro. A veces las células del feto absorbido se diluyen en el otro hermano y nadie se da cuenta, pero hay casos en los que queda una especie de tumorcito, un grupúsculo de células que se siguen desarrollando. Por eso, a veces se piensa que una persona tiene un tumor, porque las células siguen multiplicándose, y a veces hay células de uñas, de dientes, de pelo, y algunas llegan a crecer un montón; es una bola de pelos creciendo, por ejemplo. Cuando lo sacan se dan cuenta de que no es un tumor, sino que ibas a tener un hermano gemelo, pero en un momento de la gestación lo absorbiste. A mí me parece increíble eso. Ahí apareció la idea de esta chica a quien le sacan este fetus in fetu que tenía adentro, y ella lo va a enterrar al pueblo de su familia. Pero existe ese deseo de la otra —un deseo que no fue— por ocupar el mundo, entonces narro cómo la invade a ella y terminan las dos viviendo el mismo cuerpo. Es un poco terrorífico, pero hermoso. Eso viene de mis obsesiones macabras por deformidades y cosas raras que me gustan un montón.

Finalmente, están los mitos y las creencias populares como alimento de la literatura.

A mí me gustan un montón. Pensaba en estos días que yo no escribo horror, pero cuando aparecen elementos del horror, son pequeños elementos de la superstición popular porque así crecí yo, escuchando esas historias de ánimas, de guacas, de brujas. Me parece que eso le da un ancla de verosimilitud distinta, que si yo me pongo a hablar como desde otro registro del horror o de lo fantástico, que son muy bacanos, pero que a mí no me interesa escribir. A mí me interesa este, como la historia que te cuentan en la finca y te asustas de verdad porque una parte de tu cerebro te dice: ¿Será verdad? Eso es lo que me gusta y por eso aparecen un montón en lo que escribo: la superstición, las cosas populares, lo cercano, desde el horror, porque me gusta esa parte de lo terrible, lo macabro, lo miedoso, lo oscuro.