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Entre Quetzalcóatl y el Che, un adelanto editorial

Con autorización de Siglo XXI editores, presentamos el prólogo de Entre Quetzalcóatl y el Che, de Tatiana Coll, una biografía de arqueóloga italiana Laurette Séjourné

Laurette Séjourné junto con el Che, Aleida March y Arnaldo Orfila. Crédito: ARCHIVO DE TATIANA COLL/DEL LIBRO ENTRE QUETZALCÓATL Y EL CHE
12/04/2026 |01:09Tatiana Coll |
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Antes de comenzar





Hay muchas biografías de mujeres germinales y valiosas, pero de Laurette Séjourné no se había escrito ninguna: hay artículos, referencias generales, se ha celebrado algún encuentro, pero ella sigue siendo una desconocida a pesar de la enorme y contundente obra escrita que nos legó sobre nuestro pasado prehispánico. Antes de comenzar a armar el relato de una vida significativa, me pregunté por qué sería importante escribir al respecto y por qué podría ser yo quien lo escribiera.

Ciertamente, Laurette fue una mujer extraordinaria, y lo fue en una época en la que los “grandes hombres” dominaban en todos los espacios sociales. Desde muy joven escogió la difícil ruta de ser una mujer libre, y su transitar por ella concitó la pasión y admiración de grandes hombres. Esas pasiones, que recibió en amplia medida, fueron tanto amorosas y de admiración, como de celos y rivalidad. En todo caso, hoy día representa una de esas mujeres que abrió el camino para las demás, luchando por nosotras en diferentes terrenos y de ahí que sea necesaria una mirada femenina para recuperarla.

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Laurette Séjourné y Arnaldo Orfilia en conversación, mediados de los años 80. Crédito: ARCHIVO DE TATIANA COLL/DEL LIBRO ENTRE QUETZALCÓATL Y EL CHE

A Laurette la miro a partir de la relación que forjé con ella a lo largo de 54 años en los que compartimos toda una vida. Intentaré un esbozo íntimo, cercano de sus presencias, múltiples siempre, porque no era una mujer sencilla. Lo intentaré desde los recuerdos, las vivencias y herencias que tengo de ella, pues cuando yo nací ella ya estaba allí, en mi mundo, nuestro mundo familiar. Para entonces ya era amiga de Josefina Oliva de Coll, mi tía —a la que siempre llamamos Nina—, pues estudiaban juntas en el viejo edificio de la Escuela de Antropología en la calle Moneda. No sé cuántas mujeres habría en el grupo, pero ellas dos hicieron contacto inmediato, aún antes de saber que las unían vivencias iguales. Josefina y su marido habían logrado escapar al franquismo y conseguir un barco para México. En ese barco viajaban también Irina Lebedeff, mi madre, y Gretia, mi abuela, que huían del fascismo que entraba a Francia. El barco, como casi todos, fue desviado a Casablanca y Dakar, donde nació Atlántida, mi prima, cuyo nombre marcó para siempre su historia. Poco tiempo después, Laurette haría el mismo trayecto.

Laurette, Nina e Irina, tres mujeres audaces, forjaron esa inevitable comunión identitaria de los refugiados marcados por señas persistentes. Josefina fue su mejor amiga, con la que compartió el estudio de la arqueología y el descubrimiento de las excavaciones, viajes, lecturas, traducciones, reflexiones y todo tipo de búsquedas, hasta que los años las rindieron: Nina tuvo Alzheimer y Laurette se encerró a cuidar a Arnaldo Orfila, su esposo. Laurette, Josefina e Irina crearon toda una vida de amistad que llenaron con experiencias familiares compartidas, donde concurrían los cariños, la cotidianidad, las esperanzas, los temores, las lecturas, las decepciones y las victorias. Un tejido denso de muchos hilos que se entremezclaron. Atlántida (“Ninita” en familia) y yo misma (“Tania” en familia), junto con Jeaninne Kibalchich (hija de Víctor Serge, seis años mayor que Ninita y quince años más grande que yo) pasamos a ser las hijas compartidas entre todo el núcleo familiar. Es decir, mi vínculo con Laurette y Arnaldo Orfila, su tercer marido, fue el de una hija en todos sentidos, una parte de mi propia vida se definió con ellos, y trabajé tanto con Laurette, como con Arnaldo en diferentes momentos.

No pretendo entrar en el debate de las historias intelectuales, en ocasiones construidas fuera de contexto y muchas veces a partir de adscripciones teóricas que empañan con juicios previos los análisis. Tampoco me daré a la tarea de comentar la imponente obra antropológica y artística de Laurette buscando descubrir vetas insospechadas. Mi propósito es traer a la mujer de carne y hueso, múltiple, libre y de “pico y pala” que se atrevió a desafiar muchos límites, a romper prejuicios y enfrentar con dolor las consecuencias de su osadía. Presentar a la mujer en la intimidad, en la cercanía desconocida, en lo que pueden revelar, más allá de su potente bibliografía, su sentir y su actuar, sus expresiones interiores, su forma de mirar, sus decisiones en momentos personales complejos, en un mundo difícil.

Pero el esfuerzo por rescatar y cuidar la memoria de Laurette no empieza con este libro, sino desde 2004, con el intento de Esperanza Rascón y mío de abrir el Centro Cultural Séjourné-Orfila. Al morir Laurette, Esperanza y yo tuvimos que organizar el desalojo de su casa —situada en el segundo piso de Siglo XXI Editores— llena de libros, papeles, cartas, cuadros y mil cosas más, urgidas por Jaime Labastida, entonces director general de la editorial, a vaciar todo. Dividimos en dos bloques los documentos, los libros y las cosas. Esperanza tuvo la idea de abrir el Centro y Alonso Aguilar, dirigente del Movimiento de Liberación Nacional (junto con Lázaro Cárdenas) y editor muy amigo de Arnaldo Orfila, y yo la apoyamos rentando una vieja y bella casona en Amecameca, hasta que fue casi imposible sostenerlo monetariamente. El bloque de documentos conservado por Esperanza Rascón es el que había conformado el archivo del Centro Cultural Séjourné-Orfila y que, cuando este cierra, fue donado al Instituto de Investigaciones Estéticas, hasta donde se conserva (no sin lamentables e inexplicables pérdidas) hasta hoy bajo el nombre de “Archivo Laurette Séjourné”.

Un segundo momento fue cuando participé en el merecido y sugerente coloquio “Asedios a Laurette Séjourné”, celebrado en septiembre de 2022 por iniciativa de Silvia Ibáñez, Delia Salazar, Ivonne Chávez y Haydeé López, desde la Coordinación Nacional de Antropología. El coloquio me trajo a la memoria un hecho que Laurette me había relatado justamente aquel año del 2003, cuando murió. Un hecho desconcertante, encerrado en su memoria, silenciado y que marcó su vida: cuando las autoridades del INAH decidieron eliminar su libro fruto de las excavaciones en Zacuala durante los años cincuenta, Un palacio en la ciudad de los dioses, Teotihuacán, publicado por el Fondo de Cultura Económica. Los murales, tras ser descubiertos, fueron removidos del sitio y trasladados a las bodegas, de donde más tarde desaparecieron sin dejar rastro. En 1959, el libro de Laurette, que daba cuenta de esos murales, también fue desaparecido. La ponencia con la que participé en el coloquio denunciaba este hecho. Además, escribí un artículo en La Jornada y acudí a Francisco Pérez Arce, muy querido compañero desde el 68 y director editorial del FCE actualmente, para proponerle que reeditaran el libro en el 60 aniversario de la muerte de Laurette, lo que aceptó con entusiasmo, pues él también conoció a Laurette y Arnaldo. Escribí entonces la introducción a la nueva edición, que considero mi primer acercamiento a la figura de Laurette Séjourné.

Desde entonces, rebusco en mi memoria y rastreo señales, como las muy elocuentes contenidas en las cartas de tres hombres que la amaron y con las que ahora entretejo el relato de su vida. Las cartas inéditas de Arnaldo Orfila guardadas en mi archivo fueron siempre muy significativas, las he leído varias veces. Otra señal importante me llegó a través de Eugenia Huerta, antigua colaboradora de Siglo XXI, quien me encaminó a un periodista francés que preguntaba sobre la relación de Laurette con Víctor Brauner, el pintor surrealista rumano. Prácticamente ninguna de nosotras sabía gran cosa al respecto, era otro de los silencios profundos de Laurette. El nombre de Brauner me brincó porque me hizo recordar un descubrimiento que había hecho de niña sobre Laurette: su apego a un cuadro precioso de ese artista, que más adelante me heredó. Entonces busqué los archivos de Brauner en París en el Museo Nacional de Arte Moderno. Para completar el mosaico de los hombres que la amaron, finalmente releí el diario inédito que Víctor Serge le escribió durante su travesía en barco desde Marsella a Veracruz, del 7 de abril a noviembre de 1941, y que ella guardó celosamente en un sobre cerrado en el fondo de un cajón, bajo llave, durante muchos años y que, a su muerte, terminó en mis manos, junto con muchas otras cartas y escritos que tengo en archivo.

Así he ido encontrando a esa Laurette interior, escondida, que es la que presento en el primer capítulo, “Mirando a Laurette”, con pinceladas de recuerdos vividos. Después, sigue una biografía más formal en los tiempos, procesos, historias, temas. Su primera vida y sus huidas decisivas, tres de ellas que determinaron su vida. La primera, la de su padre adscrito al fascismo; la segunda, a Marsella, provocada por la entrada de los ejércitos de Hitler a Francia; y la tercera, a América Latina y el Caribe, donde finalmente se forjó la definitiva Laurette Séjourné en sus grandes pasiones y embates, sus compromisos, su obra, su legado, que presento en los dos últimos capítulos. Empiezo, a modo de epígrafe, con fragmentos de las cartas y diarios de los tres grandes hombres de su vida, apasionados por ella.

Notas

1 Le robo el nombre y la idea de este pequeño preámbulo a Margaret Randall de su libro Traspasar los límites: Haydeé Santamaría (Ediciones Moneda, 2021), sobre esta mujer cubana excepcional, revolucionaria, creadora de la Casa de las Américas. Las dos fueron grandes amigas de Laurette Séjourné. Margaret, poeta y escritora norteamericana, llegó a México en los años sesenta y fundó la revista El corno emplumado; vivió en Cuba muchos años y acaba de publicar un libro en inglés con la vasta correspondencia que sostuvo con la pareja Séjourné-Orfila: Letters from the Edge (NYU Press, 2025).

2 Geógrafa, historiadora y arqueóloga, llegó a México como parte del exilio español, amiga íntima de Laurette y traductora en Siglo XXI. Madre de Atlántida.

3 Con Laurette, hice una recopilación bibliográfica histórica sobre Cuba y después participé realizando las entrevistas del libro La mujer cubana en el quehacer de la historia. Con Orfila, trabajé como su secretaria varios años en la naciente Siglo XXI Editores.

4 Alonso Aguilar Monteverde, economista brillante, fue también creador de la editorial Nuestro Tiempo y la revista Estrategia y fundador del MPM, Movimiento del Pueblo Mexicano.

5 Víctor Serge fue un revolucionario ruso-belga, simpatizante de Trotski, crítico de la burocratización y del régimen estalinista. Era pareja de Laurette al momento de su exilio a América.