Ava (nombre ficticio) tiene dificultad en comunicarse con su madre en Irán. Lo intenta cada día, pero el internet de su país está cortado. Manda un texto y tarda dos días en llegar. Su madre le habla cada dos días y ese intervalo de silencio la sume en una gran congoja y ansiedad. Como todos los iraníes de Montreal, debe seguir las noticias de la guerra por televisión o en su móvil a través de los medios de Canadá y los internacionales. “Todas las noticias que vienen del régimen islamista son fakenews,” me dice con un tono cargado de tensión. Cuando logra por fin comunicarse con los suyos: “tengo muy poco tiempo para hablar, máximo dos minutos, pues de inmediato los agentes del régimen ocupan el teléfono. Cuando hablo con mi familia y escucho lo que están viviendo, se me parte el corazón. La gente dentro de Irán está agotada. Se sienten atrapados entre las presiones externas y la represión interna.” Y sin embargo, Ava está a favor de la guerra. La ve como el único medio para deshacerse del régimen, pues ya no tiene esperanza de que cambie de otra manera. “Por otro lado me preocupa lo que pueda suceder. Allá tengo amigos y familia. Cada día oyen las bombas. Tengo miedo por ellos. Es una situación de esperanza y de miedo.”
El conflicto
El 28 de febrero los Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva contra Irán. El objetivo, adujo el presidente Donald Trump, es la falta de cooperación del gobierno iraní sobre el desarme nuclear. Afirmación que siempre ha negado el presidente Masoud Pezeshkian. Desde ese día los bombardeos estadounidenses e israelís no han cesado. Según la ONU, en comunicado del 11 de marzo, el número de decesos en Irán es de 1,440 y 18,700 heridos. Washington insiste en proseguir la guerra hasta no ver la caída del régimen. Por su parte, ante la creciente muerte de civiles y la destrucción material, la ONU llama al respeto del derecho internacional.
El descalabro bélico estalló a sólo un mes de la brutal represión del régimen islamista contra miles de personas en todo el país. Comerciantes y ciudadanos de toda categoría salieron a las calles a manifestar, del 28 de diciembre del 2025 a enero del 2026, contra la carestía económica, la inflación y por una mejor situación de vida. La ONG Human Rights Watch declara que el gobierno mató 6,000 personas, el régimen da la cifra de 3,000, incluidos miembros de la Guardia Nacional.
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El silencio bajo la metralla
Arman (nombre ficticio) siente el mismo temor que Ava. No sabe nada de su madre desde hace dos semanas. Siente una gran soledad y está consciente de que ella vive lo mismo. Si ya desde la sublevación de diciembre y enero el régimen iraní disminuyó el acceso a la telefonía, ahora en marzo, me comentó: “Lo cortó en su totalidad”. Lo concibe como aislamiento, tanto de comunicación como físico. Al vivir en Canadá está solo, cortado de su nación y sin poder comunicarse con los que viven ahí.
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El silencio que impuso el régimen con el exterior se aplicó dentro del país. A raíz del éxito del movimiento de enero, el gobierno cortó la red de internet, por lo que los ciudadanos no sabían lo que sucedía de una ciudad a otra. Sucedió que “como la gente no le tiene confianza a los noticieros del gobierno, nos preguntaban a nosotros en el exterior lo que sucedía en el país”, me comentó el activista Mehdi Shokoohi, en un espacio de trabajo compartido, elegante y sobrio en el que sólo estábamos él yo. Sin embargo, los iraníes no se cruzaron de brazos. Ava me explicó que una vez cortada la red durante la sublevación, la gente se organizó a través de redes informales. Amigos, estudiantes, familiares y comunidades en línea se ayudaron mutuamente a compartir información y a apoyar a quienes fueron arrestados o heridos: “Dado que el Estado controla muchas estructuras oficiales, la organización suele darse de forma discreta y espontánea.”
Arman me explicó que el pueblo aprendió a no depender de una red centralizada, controlada por el gobierno: “el Intranet Nacional (Red Nacional de Información), la cual es una plataforma no encriptada que permite una vigilancia de masa en tiempo real. Para evitar pasar por esta red, los ciudadanos utilizaron aplicaciones sencillas VPN, sobre todo vía Psiphon. Esto permitía comunicarse teléfono a teléfono sin pasar por el Internet”. Sin embargo, este sistema internacional ya fue cortado casi por completo con la guerra. Según Arman, la administración de Donald Trump envió a Irán, a través de la oposición iraní dirigida por el príncipe Reza Pahlavi, 100,000 terminales Starlink. Elon Musk volvió gratuito el abono para los usuarios dentro del país. En un artículo del pasado 12 de febrero, el Wall Street Journal corrobora lo que me comentó Arman. Starlink es actualmente el único modo de comunicación no controlado por el gobierno. Con lo que, según Mehdi, el régimen decretó “la pena de muerte a quien lo utilice”.
Voces de Irán: lo que oyeron
Al ver la serie de noticias sobre la guerra que emergen de Radio Canadá, Radio France u otros medios internacionales, Arman no deja de verificar el teléfono en busca de un mensaje de su familia, el rastro de una llamada. El vacío de la pantalla es aterrador. Un vacío que ya vivió durante la represión de enero. Ava intenta una y otra vez hablar a su casa. La línea muerta sólo renace con la respuesta que se oye de lejos: una voz pérdida en el aislamiento. Es con esta brevedad y escuetas conversaciones que escuchan lo que está sucediendo y lo que sucedió.
Arman me comentó que durante la represión de enero logró juntar varios relatos, sobre todo uno “que jamás olvidaré.” Lo llamó un amigo cirujano de un hospital público de Teherán. Acababa de lograr reconectarse al mundo digital tras días de desconexión total. “Me contó el horror de las noches del 8 y 9 de enero. Mientras nosotros, aquí, seguíamos los llamados a manifestarnos, él recibía los cadáveres. Describió esas dos oleadas de represión, entre las 8 de la noche y las 2 de la madrugada, cuando los disparos eran incesantes. Según los informes que circulaban en su hospital, el saldo era desolador: hablaba de cientos de víctimas por hora en toda la ciudad.”
Mina Falhlavar, miembro del Consejo de la Asociación de Mujeres Iraníes de Montreal, me comentó que, con la precariedad con la que logra comunicarse en Irán, dado el contexto actual con cortes en internet y vigilancia, reciben “varios informes y testimonios coincidentes que revelan condiciones de detención (de mujeres) sumamente preocupantes: privación de acceso adecuado a alimentos y agua, severas restricciones al contacto con las familias y ausencia de garantías legales mínimas.” Por otro lado, “algunas mujeres describen formas extremas de violencia, especialmente durante arrestos o detenciones, incluyendo violencia sexual utilizada como herramienta de represión e intimidación.”
“Algunas mujeres afirman con claridad que se encuentran atrapadas entre dos formas de violencia: por un lado, un régimen que continúa reprimiendo y por otro, ataques que destruyen infraestructuras y empeoran las condiciones de vida.”
A este respecto Ava escuchó de voz de su madre que durante las últimas semanas la gente ha vivido en constante ansiedad. “Las sirenas que deberían alertar a los civiles antes de los bombardeos a menudo no funcionan correctamente. Los canales satelitales que normalmente dan alertas tempranas sobre posibles ataques están siendo interferidos o bloqueados por el régimen. Debido a esto, la gente a menudo desconoce qué zonas podrían ser atacadas. No saben adónde es seguro ir ni si deben evacuar. Imagínense vivir con esa incertidumbre todos los días.”
Un eco del pasado: el conflicto del presente es un espejo de décadas
La situación actual tiene un eco en lo que los iraníes han vivido por décadas. La violencia actual recuerda la del pasado. Un trauma que persiste en la comunidad y determina su actitud ante los hechos.
Masoud Raouf es un reconocido director de cine de animación y documentales en Canadá. Fue arrestado en Irán como activista estudiantil en 1983 y pasó 14 meses en prisión en el sur del país. Esto sucedió luego de que, tras la Revolución Islámica de 1979, el gobierno islámico arrestó y asesinó a los grupos de izquierda y otros disidentes contrarios a su política.
En un café del mercado Atwater, en el oeste de la ciudad, junto a un negocio donde clientes observan quesos de todo el mundo expuestos tras un vidrio, me comentó que los hechos de enero y su represión le hicieron pensar en su premiado documental El árbol que recuerda. Son historias de prisioneros políticos; la tortura que vivieron durante sus años de cárcel: historias de resiliencia ante lo más atroz. “La cinta es sobre lo que aprendimos durante esta lucha y cómo lo compartimos con los demás. No es simplemente la historia de un grupo de víctimas, ni una exhibición de atrocidades. Es el conocimiento de la experiencia de lo vivido.” Su documental lo relaciona con la reciente masacre: “Sentí la soledad que han experimentado los iraníes durante todos estos años. A veces da la impresión de que, cuando un régimen islámico asesina a su propio pueblo, el mundo permanece en silencio”.
Por su parte, Arman recuerda no sólo los asesinatos de 1979 y años ochenta a los que se refiere Masoud, sino a la masacre de Mahshahr en 2019, sucedida luego de manifestaciones por el alza de la gasolina, que le costó la vida a 200 personas, según Amnistía Internacional, pero que el gobierno de Teherán negó. Se refiere también a los encarcelamientos, ejecuciones de mujeres y hombres tras las manifestaciones en 2022 por la muerte de Masha Amini, joven asesinada a golpes por portar mal el hiyab. Esto generó el movimiento Mujer, Vida y Libertad que, para Arman, “no solo fue un movimiento femenino sino una revolución existencial, donde ya no nos enfrentamos a una lucha entre grupos específicos, sino a una unidad nacional”.
Mehdi Shokoohi considera que tanto las protestas de ese movimiento por las mujeres como las actuales “son parte de una lucha más amplia por un cambio fundamental y un futuro más libre y democrático.”
A este respecto, desde el punto de vista femenino, Ava me explicó: “Crecer como mujer en Irán significa sentir constantemente que tu vida está controlada por reglas que no elegiste. No se trata sólo de la ley, sino del ambiente que te rodea a diario. Desde muy pequeñas, las niñas aprenden que deben tener cuidado: cómo se visten, cómo se comportan, a dónde van, con quién hablan. Algo tan simple como mostrar el cabello puede convertirse en motivo de acoso por parte de la policía moral”.
Arman me confiesa que, si eres un joven profesional en Irán, te enfrentas a un muro. “Con una moneda en declive y una corrupción sistémica, se ha vuelto imposible planificar el futuro, comprar una vivienda o incluso garantizar una estabilidad básica. Para un artista, cada proyecto es una negociación con la censura. Vivir con el temor constante de ser arrestado por una opinión o una foto termina por agotar toda la motivación”.
Con calma y elocuencia, Mehdi Shokoohi me comentó que esa misma situación lo desalentó. Nació y creció en una familia religiosa y practicó el islam durante su juventud. Sin embargo, “al llegar a la adolescencia comencé a percibir graves conflictos entre las normas impuestas por el régimen y valores como los derechos humanos y la vida en el mundo moderno, lo que gradualmente me llevó a perder la fe”, confesó.
Con lo vivido, la sublevación del 2026 fue vista como una revolución que se ha venido gestando a través de décadas de revueltas y movimientos cuyo epicentro fue el Mujer, Vida y Libertad. Sin embargo, con la represión brutal, esta esperanza se volvió cólera y gritó a Occidente para romper ese silencio cómodo al que se refiere Masoud. El llamado a la justicia se vio el 14 de febrero pasado, cuando en las calles de Toronto salieron a protestar, , según la policía local, 350,000 iraníes por la caída del régimen islamista y el fin de la represión. En Occidente, tres fueron las ciudades con mayor número de participación de manifestantes: Munich, Los Ángeles y Toronto. Esta última la más relevante y la más grande fuera de Irán.
Divergencia de opiniones sobre la guerra
Esto explica porqué ahora la intervención de los Estados Unidos e Israel en Irán es vista de manera diversa por los iraníes de Canadá. Sin contar con datos sobre si hay iraníes que apoyen al régimen en este país, sabemos por medio de todas sus asociaciones, comunicados de prensa y manifestaciones que la mayoría están en contra. Una parte de ellos, la que se manifiesta cada sábado en Montreal está a favor de la intervención, considera que la guerra es la única solución al cambio, como me mencionó Ava: “Es la última esperanza que tenemos”. Para otros, el conflicto sólo agrava la situación, no soluciona nada y según Mina: “La guerra y el caos también generan la brutal destrucción de todo lo que los movimientos sociales y políticos iraníes han logrado arrebatar a costa de vidas destrozadas, años de prisión, tortura y duelo.” Además, “al eliminar a ciertas figuras del régimen, responsables de crímenes y que tienen las manos manchadas con la sangre del pueblo iraní, Israel también ha borrado la posibilidad de justicia, de rendición de cuentas, de lo que en persa llamamos dâd-khâhi, esa búsqueda de justicia que llevan las víctimas y sus familiares. Esta guerra no disminuye el sufrimiento del pueblo iraní, sólo lo agrava.”
La posición de Mina y de las mujeres de su Asociación es de que el cambio de gobierno debe venir de los iraníes mismos y de que “nada positivo ha resultado de una intervención de los Estados Unidos ni de Israel”. Amir Kahadir, creador del partido de izquierda Québec Solidaire, no solo se opone a la guerra, sino que propone instaurar una democracia en Irán, por medio de un movimiento democrático, laico y progresista. Él afirma: “Ya trabaja en la clandestinidad y desde las bases de la sociedad”. En oposición, Masoud Raouf considera que un cambio de esa naturaleza es imposible dada la capacidad de control y fuerza del Estado. “Lo único que puede derrocar al régimen es una intervención desde fuera, como la que vemos ahora”, dice. “Durante décadas Occidente se olvidó de nosotros y ahora esta es la única solución a la que nos orillaron”.
Mehdi dice estar consciente de que los ataques a su país son sólo por el interés en sus recursos naturales y posición geográfica, pero para él “una vez caído el gobierno, los iraníes, con su sentido de unión nacional y orgullo en su historia milenaria, tomarán las riendas del futuro de su país”. Arman comparte este sentimiento. Sea una posición u otra, Ava resume muy bien el espíritu y emociones que vive la comunidad: “Para muchos de nosotros en Montreal, las últimas semanas han sido emocionalmente abrumadoras. Pasamos horas intentando encontrar información fiable porque la comunicación es muy limitada. La gente llama constantemente a sus familias para asegurarse de que están bien. También hay una sensación de impotencia. Uno ve lo que le está pasando a su país, pero no puede estar allí. Muchos iraníes aquí se reúnen en manifestaciones, vigilias y eventos comunitarios para apoyarse mutuamente y asegurarse de que el mundo no olvide lo que está sucediendo”.
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