¿Qué sucede cuando una candidata a diputada y un exguardia de seguridad conjugan sus intereses para conseguir la misión, tan imposible como quimérica, de transformar un país con sus fallas y disputas por el poder? Solo puede derivar en incendio: porque, en palabras de Élmer Mendoza, “la política contiene fuego, mucho fuego” y a veces “quemarse resulta inevitable”.
Carmen Larrañaga lo sabe y, sin embargo, decide postularse al Congreso, pues “en México ser mujer es como haber nacido con discapacidad, y por supuesto que hay infinidad de mexicanos que lo creen. ¡Acabemos con eso!” En cuanto emprende la campaña, durante su primer mitin, Carmen es víctima de un atentado: recibe dos balazos en el estómago. ¿Quién la intenta callar y por qué? Se abren las incógnitas y se desata la trama. Convaleciente y ahogada por los muchos pronósticos adversos, la sirena se aferra a sostener su candidatura con la ayuda de sus amigas y seguidoras y de su vecino, el jubilado Néstor del Valle, que se convierte en su ángel protector, en su aliado y su conciencia. Un hombre mayor chapado a la antigua, caballero galante y con ínfulas paternales. Asiduo lector de novelas y que además de perseguir malhechores, persigue los apellidos vegetales: Montes, Robleda, Higuera, Lechuga. Néstor representa la contraparte masculina, necesaria para sobrevivir en un contexto de zorros y pistoleros. De esta manera se concreta entre ellos una amistad que parecía improbable, pero que conforme avanza la novela se vuelve cada vez más sólida y firme. “Sí, hay amistades que son un don de Dios”.
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Las tardes del jubilado transcurren entre libros y recuerdos de su esposa fallecida, la artista plástica Aoki Nyomi, que pintaba sus cuadros miniatura con su propia sangre. Esta técnica le provocaba una anemia perniciosa, pero simbolizaba la naturaleza íntima de su arte: “lo único que puede salvar al mundo es comprenderlo, que estamos acabando con él porque nunca nos detenemos a pensar en lo que es, en su historia, en su belleza, en que es vulnerable”.
La violencia política, vinculada con el narco y los discursos del poder, revela las tensiones del orden social. Una estructura en franco deterioro debido a la impunidad y la corrupción imperantes. Dentro de este espacio los grupos vulnerables: niños, mujeres y ancianos, padecen las consecuencias. Carmen se pregunta, con honestidad y valor, si es posible cambiar este entorno desde el gobierno y así se sumerge en los entresijos más oscuros de la política, poniendo en riesgo incluso su propia persona. “Carmen no se va a bajar. Está decidida a llegar a la Cámara y hacerse oír”. A lo largo del texto presenciamos su dolorosa y lenta recuperación que le exigirá dos intervenciones quirúrgicas.
Autor de más de una decena de novelas, miembro del Colegio de Sinaloa y de la Academia Mexicana de la Lengua, en esta novela Mendoza vuelve a impartir cátedra acerca del arte de novelar. Con extraordinaria habilidad narrativa y con el lenguaje vivo, dinámico, tan coloquial, que caracteriza sus novelas siempre ágiles, conocemos la trayectoria de Carmen. Una mujer que ha padecido la violencia en carne propia, pues su padre “la vendió” al Mirachueco, un narquillo local, a cambio de una camioneta. Lo irónico: su padre ni siquiera sabía manejar. Cuando iba a ser sometida a una cirugía estética se escapó de la clínica y huyó a estudiar derecho en la UNAM. Este destino salvó a Carmen y le dio conciencia. Nunca regresó a su tierra natal para no poner en peligro a sus padres, en cambio, se afilió a las fuerzas del Partido local, trabajó varios años en sus filas, pero ahora que busca un escaño no la respaldan y se ve obligada a impulsar una candidatura independiente.
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Mendoza busca una causa qué defender en la era de la desideologización y elige a las mujeres. El resultado adquiere forma en el personaje de Carmen. La sirena, hermosa, joven y decidida, es una idealista de fondo y forma y por eso resulta tan quijotesca, porque en la política, en esta particular política, queda claro que han desaparecido los ideales en favor de los intereses. Como piensa Néstor: “¿Significa que el poder no se comparte? Pero la corrupción sí”.
La sirena y el jubilado es una novela vertiginosa, que avanza en capítulos breves, sobre los tinglados detrás del poder, las fuerzas que contienden y la dificultad de mantener causas y propósitos firmes. El denominador común será siempre la traición. La ley se ha convertido en letra muerta y los candidatos se la saltan sin miramientos, ¿para qué respetarla si nadie la sigue? De esta manera, cada uno de los políticos construye su propio código de honor, basado en acuerdos y transacciones personales. Observamos entonces, como ha anotado Federico Campbell, la representación de la “era de la criminalidad”, donde no hay honor ni derecho, sino pugnas y venganzas que se resuelven a punta de pistola. ¿Quién gana? Todos pierden.
Entre la penumbra que muestra este panorama, se abre camino una luz con el personaje de Carmen que, pese a las dificultades del contexto político, intenta realizar cambios. En verdad cree que puede promover enmiendas desde la Cámara. Este delirio, como un destello de lucidez, devuelve la esperanza a cualquier lector.
Como hiciera en sus novelas más emblemáticas Un asesino solitario (1999) y El amante de Janis Joplin (2001), Mendoza vuelve a desplegar su maestría para diseccionar con las armas de la ficción la realidad social y política de México, tanto que sus novelas parecen profecías cuando no son documentos. En esta entrega se percibe una transformación, si hace veinticinco años el asesino solitario era el eje de una narración donde la política exigía la violencia y tras varios intentos se producía el crimen al matar al candidato, como recreación de los hechos ocurridos en 1993; en esta novela atestiguamos el punto de vista complementario, aquel que se desenvuelve desde el lugar donde se toman las decisiones. Vega Fernández, el candidato que contiende contra Carmen, reflexiona: “La política es dejar hacer, dejar pasar y que todo cambie para que nadie cambie. ‘Un hombre que quiere ser bueno entre tantos que no lo son labrará su propia ruina’, dice Maquiavelo y tiene toda la razón. Pinche viejo, sabio como pocos. Salud”.