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El verdadero crimen de Un baile de máscaras, por Lázaro Azar

Una reseña de Un baile de máscaras de Giuseppe Verdi, que reapareció en el Teatro Ángela Peralta de Mazatlán, montaje ambicioso que, sin embargo, tuvo sus bemoles

Patricia Pérez, como Amelia en la puesta de Un baile de máscaras, realizada en Mazatlán. Crédito: Cortesía de Lázaro Azar
22/03/2026 |01:03Lázaro Azar |
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¡Ahora sí que ya me hice bolas! Después de las funciones que presencié la semana pasada de la ópera Un baile de máscaras (Un ballo in maschera), estrenada por Verdi en 1859 con base a un libreto de Antonio Somma inspirado en el asesinato del rey Gustavo III de Suecia. Tras casi tres décadas de no escenificarse en México y considerando el clima de violencia que actualmente vivimos –particularmente, en Sinaloa- ya no sé si la vida imita al arte, si el arte imita a la vida, o si valdría más conocer nuestro pasado… no para repetirlo, sino para recrearlo escénicamente. Les cuento.





Este montaje se presentó en el Teatro Ángela Peralta de Mazatlán los días 13 y 14 de este mes. Hasta el siglo pasado, que fue cuando se montó por última vez en nuestro país (precisión obligada, ya que de entonces a la fecha hubo por ahí una versión “en concierto”) esta ópera perteneciente al segundo período compositivo de Verdi estaba clasificada, también, en otro “segundo bloque”, también de su autoría, ya que según Operabase no es tan taquillera como Traviata, Rigoletto, Aida, Nabucco,y Falstaff, aunque, en lo que va del siglo, Un baile de máscaras ha ido repuntando en el listado universal de óperas que son llevadas a la escena.

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Escena final de la ópera Un baile de máscaras, presentada en Mazatlán. Crédito: Cortesía de Lázaro Azar

Lo curioso fue que, ante su estreno mazatleco, no faltó el memorioso que me contara un hecho análogo al que inquietara a los censores que tanta lata le dieron a Verdi: el 21 de febrero de 1944, durante el baile de máscaras que se realizaba en el Patio Andaluz del Hotel Belmar, un maleante “tan guapo que hasta le decían El Gitano”, asesinó a balazos a Rodolfo T. Loaiza, quien era entonces el gobernador en funciones. “Coincidencias de la vida, hace 24 años y también durante las fiestas del carnaval, aquí perdió la vida Ramón Arellano Félix, uno de los cabecillas del Cartel de Tijuana, durante el tiroteo que se dio tras que quisiera detenerlo la policía por andar en sentido contrario sobre una calle llamada nada menos que… ¡Rodolfo T. Loaiza! Hasta ahí llegó el malandro, sin poder cumplir con el propósito que lo trajo: acabar con El Mayo Zambada.”

Con tales antecedentes y el precedente de cuán fantasiosos suelen ser los creativos de Escena 77 Producciones –ya ven Ustedes las puestas que han hecho y aquí les he comentado, en las que no han dudado en convertir a los personajes de Don Giovanni en nahuales, o situar en un manicomio la trama de Elixir de amor-, confieso que me esperaba algo “más original” para este montaje en el que Patricia Pérez logró convocar al Instituto Municipal de Cultura, Turismo y Arte de Mazatlán y al grupo Armas Interdisciplina Escénica para coproducir el proyecto.

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En los créditos artísticos involucró a la Camerata Mazatlán que dirige Sergio Freeman y al Coro Ángela Peralta a cargo de María Murillo, que enmarcó con la escenografía de Robertha Coronado, la iluminación y coreografía de Agustín Martínez, y el vestuario y maquillaje de Francisco de Luna; Rodrigo Caravantes realizó el trazo escénico, y a pesar del apoyo económico otorgado por INBURSA a través de Efiartes, acabó imperando la imaginación y la creatividad, pues los recursos no fueron suficientes para realizar la fastuosa escenografía de época que muchos esperan en títulos como éste y que, en realidad, son lo de menos. Una iluminación muy bien puesta, como la que aquí hubo, viste más la escena y se agradece más que los hilarantes remedos cachirulescos que tantas veces hemos padecido.

Hasta ahí, podría decir que todo iba bien, ¡lástima que al cantante a quien se le encomendó el rol principal nos quedó a deber! No han sido pocas las veces que he escuchado que traten de justificar la poca presencia de Un ballo… en los escenarios por el hecho de que requiere tres grandes cantantes: un tenor, una soprano y un barítono. Aquí, y ahora, falló el equilibrio y esta mesa de tres patas quedó coja, y no porque quien no dio el ancho como Riccardo no tuviera con qué, sino por lo mal preparado que llegó a afrontar este compromiso. Se trató del tenor, Octavio Rivas, quien tan buena impresión me había dejado hace apenas unos años, cuando le escuché en Aida. Ahora, tras oír su primera nota con tal volumen que parecía que traía micrófono y arrancarme un “¡Wow!” de asombro, no pude más que emitir un lastimero “ay…” a partir de la segunda que escuchamos.

Paradigma de aquella célebre adjetivación que da cuenta de quienes hacen alarde de su “testa di tenore”, fue más allá de estar vocalmente fuera de forma. De manera irresponsable se la pasó inventando pues no se sabía su texto y, arbitrariamente, hacía lo que le daba la gana, ignorando el trazo y aún a costa de colocarse fuera de las áreas de luz delimitadas para él. En fin, un desastre inadmisible. Como pocos de los presentes conocían esta ópera no le faltaron los aplausos, evidenciando que buena parte del público se dejó llevar porque “cantaba rete recio”, lo cual no importa si eres incapaz de hacer algo refinado con los dones que te han sido otorgados. Usando una analogía que sé que peca de procaz, fue como irme a la cama con un tipo muy bien despachado, pero que acaba decepcionándome porque acaba masturbándose al no saber qué hacer con su herramienta.

Afortunadamente, tuvimos un extraordinario Renato, encomendado a Pablo Aranday, cuyo soberbio registro baritonal nos brindó una memorable interpretación de Alzati! là tuo figlio… Eri tu, aria que no exagero al decir que, para su registro, es el equivalente a Nessun dorma para los tenores. Como Sam y Tom, sus malvados cómplices, Noel Osuna y José Miguel Valenzuela cumplieron cabalmente, aunque fueron las tres protagonistas femeninas quienes más me sorprendieron: Arisbé de la Barrera, al infundirle a su personaje de Oscar, el paje, el matiz humorístico que Verdi buscaba entre tanto drama, y Ana Laura Rojas, cuya Ulrica fue estremecedora.

Mención aparte merece Patricia Pérez, quien además de llevar el timón de Escena 77, ahora nos dio la oportunidad de escucharle el rol de Amelia, que le va como anillo al dedo. Vocal, e histriónicamente. Si su versión de Ecco l’orrido campo ove s’accoppia queda como un referente y su conmovedora interpretación de Morrò ma prima in grazia arrancó varios bravos, le aplaudo también el que, ante la incapacidad del tenor, tomara la decisión de fletar de emergencia a Carlos Alberto Velázquez para suplirlo.

Lástima que ni Freeman ni Caravantes tuvieran la valentía de lanzarlo al ruedo. Acabaron haciéndose más bolas que yo y escurriendo responsabilidades al aducir que la voz de Velázquez no era la idónea para un rol tan pesado, sin considerar que, ante el desastre, más valía tomar a alguien que, al menos, garantizaba cantar lo que escribió el compositor porque, entre tanta mascarada, ¡hemos visto crímenes peores!