Confabulario

El terror de las puertas: adelanto de novela de Ethel Krauze

Por cortesía de Alfaguara, presentamos este adelanto editorial de la nueva novela de Ethel Krauze, en la cual la escritora abre las puertas de sus recuerdos infantiles

La novelista, poeta y ensayista mexicana Ethel Krauze (Ciudad de México, 1954), fue reconocida en 2023 por su trayectoria en el ciclo “Protagonistas de la Literatura Mexicana” en el Palacio de Bellas Artes. Crédito: El Universal

Entrada





Dicen que detrás de cada puerta hay un terror. Y sí. Por ejemplo, el rabo de mi papá. Todos los señores tienen un rabo escondido en el pantalón. La puerta del pantalón.

Las mujeres tenemos una puerta también, pero no en la ropa, sino en el cuerpo. Una puerta que no puede cerrarse nunca, ni muerta. Siempre queda entreabierta. Lo peor es que por ahí se le cuelan a una todas las desgracias. Eso dicen. Aunque yo sé que por ahí salen los bebés envueltos en una cobijita de sangre muy pegajosa.

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Los espejos de la casa son puertas que se abren, y cuando te metes dentro, no ves más que repisas con medicinas viejas, pasta de dientes y peines rotos. A veces no tienes que abrirlos, nomás de mirarte en ellos se abre una puerta tras otra hasta que te ves lo que tienes detrás de los ojos y, por poco, hasta lo que guardas en la cola.

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Portada del nuevo libro de Ethel Krauze. Crédito: Alfaguara

En la cola guardas secretos que tienen que ver con picos, con cosquillas y con agujas ardientes. Son tan secretos que no sabes cómo nombrarlos. Por eso no se habla de ellos. Tienen puertas con candado, no sé quién tenga las llaves.

Pero lo más chistoso es que detrás de todas las puertas, y cuando digo todas, digo todas, está mi mamá con su cara de sábana, mi mamá con su cara de calaca y sus dos ojos como gotas negras derramándose. Se me ocurre un panda grandote, sin su colchón de pelos. Es solo un viento frío, con tiritada y susto.

La puerta de mi cuaderno es negra con letras doradas. Solo lo tiento, muchas veces, suspiro como si algo muy bonito se me acomodara en la garganta. Me lo regaló mi papá, para que mis amigas me pongan sus autógrafos en la escuela. Pero no lo he sacado de la mochila. No quiero que nadie lo vea. Es la puerta que nunca he abierto para nadie. Por eso le tengo miedo. No sé qué me pasaría si la abriera.

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Si abriera esa puerta, todos los terrores aparecerían juntos, como en la avalancha que cayó de la montaña y sepultó a todo un pueblo después del huracán. Lo han repetido mucho en los noticieros. Todos los terrores de todas las puertas cayendo hacia mí como una manada de toros locos. No quiero ni pensar.

La puerta del baño tiene su propio terror: ver a mi hermana vomitando con sus ojos de borrego cuando llega de noche. A mi hermano hablando con la pared a carcajadas. Ellos son grandes, no sé si los espantan las puertas. O los espanto yo cuando las abro.

La puerta de la casa (¿hay una puerta de la casa?) es (¿cómo es?) una reja. No es una puerta de verdad. No es como un muro que separe el adentro y el afuera con su manija en medio. Una hilera de barrotes de hierro con su pasador. Cualquiera sale y entra en medio de un chirriar que te pone de nervios. La reja da a un pasillo que conduce hasta una puerta de vidrio con herrajes, a mano derecha, que es la entrada principal; y al fondo, a la puerta de la cocina, que también es de vidrio con herrajes, aunque más pequeña. En el lado opuesto hay otra reja para la zona de estacionamiento y, cruzándola, una puerta más de vidrio con herrajes para el área de servicio, así le llaman al patiecito del calentador.

Así que ¿dónde están las verdaderas puertas en la casa? Ahora que lo pienso bien, por eso hay tanto terror suelto, si no hay puertas verdaderas con sus muros macizos y sus manijas con cerradura de botón.

¿A quién se le ocurrió hacer una casa con puros ojos abiertos, con el blanco de esos ojos desbordándose, salidos de los párpados, grumosos, cruzados de venas azules y de gusanos rojos de sangre contenida? Se cuelan por todas las rendijas, se arrojan miradas como piedras, unas detrás de otras, y a veces, en tumulto. Ojos de aguja negra, de bruja escaldufa bordando grandes juanetes en sus puntiagudos zapatos.

¿Quién decidió que una casa fuera una gelatina que no puedes guardar en ninguna parte? Si la dejas fuera se deshace, si la congelas se cristaliza y se quiebra. Debes tragártela toda en el mismo instante. Es fresca y dulce los primeros bocados. Después se vuelve una masa fría y pesada en el estómago. Un recuerdo tembloroso. Algo que tuviste y perdiste demasiado pronto. Como las cosas que no tienen puertas.

Como las palabras que de repente se destripan de la cabeza y salen volando como moscas zumbonas. Son las peores. Las moscas zumbonas. No te dejan en paz. Y son tan listas que no las matas con nada. Ellas te matan a ti, de cansancio y desesperación. Hasta que te tumbas en el suelo y ellas van por tu cuerpo haciendo lo que saben hacer, para eso son moscas zumbonas.

Tengo ganas de inventar una puerta para cada una de ellas. Puertas para moscas zumbonas. De pronto creo que es una idea maravillosa y ya me dispongo a correr a decírselo a ¿quién?, ¿cómo saber a dónde ir en una casa sin puertas?

Nunca se sabe a qué lugar se llega cuando aparece una puerta. Pero tampoco sé dónde estoy en un lugar sin puertas.

En fin, yo estaba hablando del rabo de mi papá y de la calaca de mi mamá con sus ojos de panda y su frío. Y salieron las puertas con sus terrores y detrás brotaron estos pensamientos que saben a sal y a vinagre. Puedes restregarlos todo el santo día con piedra pómez, que no se quitan de la lengua. Esa lengua que es como una piel dentro de la cabeza, que la cubre toda y hace que me sienta rara.

Por eso me pongo tralalá a trotar, tralalá por acá y por allá. Con muchas ganas de tomar mi cuaderno negro y sentir en la yema de los dedos sus doradas letras como si estuvieran bordadas en la pasta. Algo deben saber esas letras que yo todavía desconozco, letras que son puertas a otras puertas que viajan por los pensamientos y que me arrancan de mi sitio. Hojas en blanco que esperan el paso del huracán con todas sus puertas abiertas, tan tranquilas, parpadeando delante de mis ojos.

Ya me dio miedo todo. No sé cómo meterlo de nuevo en la caja y cerrarla con candado.

Primeras puertas

Capítulo 1

No porque hoy cumpla once años ya no me rezo «Las mañanitas» con pastel y velas. Mi mamá está recién operada de la matriz y hace su escándalo en la recámara. Desde mi cuarto oigo sus pucheros y sus quejas de bebé. Las puertas en esta casa siempre están abiertas.

Abiertas para que todos vivamos entremezclados entre los pedos, los gargajos, los eructos, los ronquidos y hasta los sonidos raros de gato agonizante que se aparecen algunas noches en medio de la oscuridad paseándose por las sábanas. —Pásame el kótex —le dice mi hermana a mi hermano mientras él cruza campante por el baño de arriba hacia su cuarto. Ella tiene la cabeza inclinada hacia el excusado, escudriñando algo en el agua de la taza. Pero nunca se puede distinguir nada ahí, porque los muebles del baño son negros. ¿A quién se le ocurrió un baño con excusado negro, lavabo negro, tina negra? Hay que tener un metal oxidado en el cerebro.

El caso es que ya desde hacía semanas mi mamá no dejaba de decir «¡Maine diamanten!» a los cuatro vientos y como que se le salía un chillidito. Abue Ignacia no le contestaba, nomás miraba al frente, lo que el frente fuera, podría ser el muro de yedra que separa el patio de la cocina, o una mancha en la cacerola o algún abismo perdido en su cabeza, porque abue Ignacia es así, se le notan los tornillos que se le van zafando entre la lengua cuando habla.

«¡Maine diamanten, maine diamanten!», y como que señalaba a la redonda. Fue hasta que descifré trocitos de conversaciones entre mi mamá y mi abue Ignacia, cuando supe que «Maine diamanten» somos sus hijos, los hijos de mi mamá. Porque primero yo pensaba que se refería a sus chichis, que son enormes y sí, muy bonitas y siempre está acomodándoselas en el brasier. Mi papá pone ojos de lobo cada vez que ella lo hace enfrente de la gente. A mi mamá le encantan las últimas películas de la tele en la madrugada. Se le queda mirando a una actriz alemana con un nombre divino, Marlén, creo se llama, y canta canciones en alemán frente a los soldados que están en guerra y que mi mamá se aprende de memoria.

Ya luego supe que «Maine diamanten» significa «mis diamantes» en alemán. —Ya para qué la quiero, si tengo a «Maine diamanten», ya para qué la quiero… —decía mi mamá, a veces en voz baja; otras, en tono airado, con los ojos retadores. —Es la matriz —me confesó mi hermana una noche, a fuerza de mi insistencia—. Se la van a sacar. Por eso dice que ya para qué la quiere si ya tuvo tres hijos que son sus diamantes. —Puafff —soltó la carcajada. Me miró casi con cariño y luego, inmediatamente, hizo una arcada de vómito. No sé si fue de juego o de broma, pero le salió muy bien. —Puafff —volvió a exclamar, y se tapó la boca con las manos. Yo me sentí feliz por la confianza que estaba depositando en mí, por primera vez en mi vida.

Mi papá está desaparecido. Sale al amanecer y llega de madrugada. Con un portazo cada vez. No soporta ver a mi mamá así. Todas las mujeres sufren de la matriz, a todas les llega la hora. Un rosario de suspiros alrededor de las camas de las mujeres sufrientes. Esto es mi regalo de cumpleaños. Vecinas, abuelas, tías, con tecitos y compresas calientes y frías, con vendajes apestosos y los horribles «cómodos» helados para el tubito de la orina verde.

No hay fiesta, ni regalos. No hay nada. Ni un pan duro con una méndiga velita. Siento que no viviré para el próximo año porque toda la vida mis papás nos convencieron de que se deben apagar velitas pidiendo deseos y poniendo una más para el año que entra. Estoy en mi cuarto con las lágrimas cayendo hasta las rodillas. La puerta abierta. Para que oigan mis sollozos. Sollozos de muerta prematura.

La casa es una pelea de portazos, llantos y quejidos. A ver quién gana. La casa tiene las piernas abiertas de mi mamá y todas las manos se le meten hasta dentro para arrancarle el centro de ella misma, no sé si la matriz es un nudo o una burbuja, si tiene forma de estrella o de canasta del mercado. Ha de oler a grasa de pollo y a salsa de jitomate, debe ser como un huevo tibio con su baba colgante y su moco amarillo. Todas las manos del mundo están adentro de mi mamá, sacándole un triperío sanguinolento mientras ella grita a los cuatro vientos —¡Maine diamanten!— y lo grita en son triunfal, abriendo de par en par las puertas de todas las casas para que el mundo sepa cuánto ama esta madre a sus hijos.

Mi hermana se pinta las uñas de los pies con el radio prendido a todo volumen en el baño, yo lloro a grito tendido diciéndome a mí misma «estas son las mañanitas que cantaba el rey David a las muuuuchachas bonitas», ya hipeo rodando de la cama, hacia el tapete, caigo con la cara pegada a una de las patas. Tengo abierto el cráneo, como todo en esta casa, abierto, húmedo, palpitante. En su centro hay un diamante, único y perfecto, listo para mi madre.

No sé a qué horas de la madrugada me despierto en el piso, antes de lanzar el último sollozo, me meto tiritando a la cama. Finalmente, ya pasó mi peor cumpleaños del mundo. Ya puedo ser infeliz a mis anchas y cobrármelas para siempre. A nadie, y menos a mi mamá, le interesó su último diamante, el diamante de mi cerebro que estalló de pura luz cuando me cantaba a mí misma «Las mañanitas», en ofrenda a su matriz perdida.

Capítulo 2

Dice que así, que pegados. Bueno, un poco. Estamos los dos en pijama. Es domingo en la mañana y nos pusimos un suéter encima porque hace frío. Sh… Mis papás siguen dormidos. Estamos dando los primeros pasos del baile. Yo me equivoco horrible y él se enoja y dice: —Sh… cállate, babosa. Él está practicando para la fiesta del sábado. —¿Cómo vamos a bailar sin música? —le digo. —Sh… ya cállate, órale, muévete así.

Mi cabeza le llega a mitad del pecho. Pongo de lado la cara para no asfixiarme en su suéter. Un paso a la derecha y quietecita y luego otro a la izquierda, no, uno y uno, acércate, carajo.

No había sentido nunca a mi hermano tan cerca. Para acá, para allá, se tocan nuestras pijamas. De repente brinco hacia atrás, qué te pasa, mensa, acércate. Otra vez para allá, para acá. Un roce de pijamas y me escurre un gusanito de sudor por la frente.

Me da una risa loca. Mi hermano me pone la mano en la boca. —Sh… Nos van a oír, babosa. —Órale, es que ya me dio calor. Me quito el suéter. Él se deja el suyo, pienso que qué bueno que se deja el suyo, no sé por qué pienso esto.

Otra vez para acá, para allá, quietecita. Dijo «quietecita», así que me pongo tiesa para no brincar, me clavo en el suelo, ay, el roce de las pijamas se vuelve caliente. Detrás de las pijamas estamos nosotros, mi hermano y yo. Estamos entre tiritando sudor frío y de cosquillas. Bueno, yo. De él no estoy segura, porque no quiero volver a soltar la risa loca y que se enoje. Menos que se vayan a despertar mis papás.

La verdad, el que me importa es mi papá, porque él sí sabe enojarse. Mi mamá es como una sábana, ¿ay, por qué se me ocurrió que es como una sábana?, es que así la veo, a veces enrollada y a veces suelta, como caída sobre la cama. El caso es que mi papá entra como huracán a la recámara, cruza el baño de en medio y de una patada abre la puerta del cuarto de mi hermano, que es el único que cierra su puerta. Le dice: —Ya levántate, carajo, huevón, cabrón, chaquetero. Esta escena se repite bastante seguido porque a mi hermano no le gusta levantarse temprano.

Nadie me ha explicado qué significa chaquetero, no tengo la más remota idea de qué quiere decir, supongo que es algo espantoso, porque mi hermano solo se tapa con la cobija media cara y pone los ojos desorbitados.

—Ya —le digo a mi hermano—. Ya me cansé de bailar. —Espérate, una última vez, si no, cómo vas a aprender. Oh, pues, es que no me gustan los pensamientos, pienso, pero no se lo digo. Los pensamientos de las pijamas que se rozan. Detrás de las pijamas (¿o del otro lado?) hay cosas que palpitan, como si nuestros cuerpos tuvieran otros cuerpos ahí adentro, cuerpos con su propia vida y, ya que el cuerpo es carne, como la carne de res, solo que la nuestra no es de res, sino de persona, pienso en un plato de carne partida en trocitos y el tenedor viajando a mi boca. Me voy a vomitar.

No le digo que el roce de las carnes es feo y bonito al mismo tiempo. No le digo que la carne respira por sí misma y hace su propia pausa, quietecita, y luego va para acá y para allá entre las notas de una música que nadie oye más que el propio cuerpo.

Me ganan estos pensamientos y me viene la risa otra vez, y que me despanzurro sobre la cama con mi hermano abrazándome, y que se me viene todo encima y nos carcajeamos rojos de sudor, sh…, ya cállate, y que entra mi papá, seguro porque oye nuestras carcajadas que mi hermano me tapa con su mano y lo único que entiendo es que mi hermano se va, «chingadamadre», a la escuela militarizada. Así dice mi papá: «chingadamadre».

—De plano —dice mi mamá. De plano. Estoy metida en la tina, temblorosa y con un ataque de risa quedita esperando que termine de hacer su maleta mi hermano. A ver en qué momento le dicen que es la última vez que le van a dar otra oportunidad. Unas veces solo llega a obligarlo a hacer su maleta, y ya en las escaleras lo amenaza peor, a lo que mi hermano baja la cabeza, y asiente. Entonces, a deshacer la maleta, porque le ha dado otra oportunidad. Otras veces, la cosa llega hasta el coche, nomás se lo lleva a dar de vueltas a la manzana y regresan, con la cara blanca de mi hermano y roja de mi papá. Mi mamá nomás los espera en la ventana desde una rendija de la cortina de gasa, no vayan a verla esperándolos, porque eso pondría más furioso a mi papá.

Pero esta vez oigo el motor enfurecido alejándose. Y no regresan. Mi mamá pasa no sé cuánto tiempo esperando. Yo necesito hacer algo, y lo único que se me ocurre es meterme en la tina y que me caiga toda el agua del mundo. Me convierto en un pez que salta por las cascadas, con los ojos redondos a cada lado y una boca de beso en forma de corazón.

Mi mamá sube las escaleras buscándome, no necesita mucho, porque no hay cortina de baño en la tina, mi cabeza se asoma para escuchar su voz de sábana suelta: —¡Pues qué diablos hiciste!