El payaso
sacó a su mujer del cuarto,
tomó pluma y papel,

encendió un cigarro,
se puso cómodo y se quedó esperando.
Pero por la ventana no entra ni el aire de la tarde
ni las musas descienden del techo a coronarlo.
Hay una media luz, una luz sucia,
una voz sucia de radio,
y nada, nada, nada dentro
del payaso.
Puede tirar anzuelos a fantasmas:
el papel, blanco.
Puede escarbar el corazón vacío,
arañar su trapo,
decir que su alma está clavada,
clavada con clavos,
a un pedazo de tierra o a un fracaso.
El papel, blanco.
“Yo no quiero alegrar ni entristecer a nadie,
ni ser un espectáculo”.
Después de cuatro horas
esto escribió el payaso.