Hace algunos años, en el entonces Distrito Federal, en la colonia Cuauhtémoc, sobre la calle de Iturbide, existió un lugar que no albergaba reyes ni princesas, pero lograba que uno se sintiera como tal. Un espacio que parecía de otra ciudad: el Palacio Chino.
No era solo un cine, era un umbral.
Hoy, ese sitio permanece en la memoria de una ciudad que no ha dejado de cambiar y que, quizá, vista desde tantos ojos, nunca ha sido la misma.

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La primera vez que entré
La primera vez que visité el Palacio Chino fue de la mano de mi abuelo. Condujo más de una hora para llevarnos a un lugar que entonces yo no terminaba de entender. Todos los nietos íbamos en la parte trasera, éramos tan pequeños que de alguna forma todos cabíamos. Mi abuela se las ingeniaba para inventar juegos:
—Veo, veo… un bocho amarillo.
Todos mirábamos.
Las migajas de nuestras tortas de jamón caían sobre nuestras piernas. Nuestras voces vagaban por el interior del auto: Marinero que se fue a la mari mari mar, para ver quien podía ver ver ver y ver, opacando canciones que se repetían una y otra vez en la radio: El problema, de Ricardo Arjona y Torero, de Chayanne. Todo era eterno: el trayecto, los juegos, la música.
Yo solo quería llegar.
Llegamos.
Desde el segundo piso del estacionamiento, se alcanzaba a ver la fachada.
—Miren… cómo me gusta este lugar —decía mi abuelo—. Tiene el estacionamiento tan cerca… y vean sus ornamentos.
Yo obedecía.
Miraba el exterior. Las letras del cartel me recordaban a las de un videojuego —Kung Fu Chaos—, letras rojas, atravesadas por líneas doradas que parecían enredarse entre sí. El edificio proyectaba una sombra que hacía que la calle luciera sombría.
Entramos.
Bajo mis pies, una alfombra bermellón lo cubría todo. Dragones. Ornamentos dorados. Mi abuelo sonreía. Yo trataba de encontrar en todo eso las maravillas que tanto brillo provocaban en sus ojos, pero antes, teníamos que comprar palomitas.
Entrabas a la sala y escogías tu lugar. Nosotros nos sentábamos en medio.
La sala no se parecía a las demás, tenía una cortina escarlata, parecía un teatro. Entendía por qué el abuelo insistía en llevarnos ahí.
No recuerdo qué película vimos, ni cuántas más vislumbramos después. Solo recuerdo el olor a palomitas, la compañía y mis pies colgando bajo el asiento.
Lo que no sabía entonces
Con los años descubrí que el Palacio Chino no siempre fue como lo recordaba.
En 1898, llegó a ser sede del Frontón Nacional. Después, Arena Nacional, donde comenzaron los primeros momentos de la lucha libre en México. Por su escenario pasaron grandes figuras como Kid Azteca, Maravilla Enmascarada y Rodolfo Casanova, mejor conocido como el “Chango” Casanova.
En 1937 las llamas lo consumieron. Después, el empresario Luis Castro adquirió el lugar, mientras que los arquitectos Luis de la Mora y Alfredo Olagaray se encargaron de levantar las ruinas para convertir el exterior en una construcción similar a la de una pagoda: adornada de budas y detalles dorados. Una estética ajena, camuflada en la ciudad.
El nombre, un homenaje al Barrio Chino que se encontraba a solo unos pasos del lugar.
El Palacio Chino abrió sus puertas el 29 de marzo de 1940 con la película Luna de Miel, dirigida por Alexander Korda. Era un lugar de lujo. Destilaba elegancia por donde se le pisara —y aunque ahora sea muy difícil de entender— la gente solía formarse para alcanzar lugar. Una larga fila por la calle de Iturbide.
La entrada costaba cuatro pesos.
Ahí, las películas del cine de oro mexicano encontraron su hogar.
El recinto era toda una experiencia, no solo para los espectadores, sino también para el séptimo arte, pues incluso actores de Hollywood, como Charles Chaplin y Gary Cooper enviaron felicitaciones por la inauguración, vía telegrama.
Se programaba una película por día.
Con el tiempo, el espacio volvió a cambiar de manos. En la década de los cincuenta, Carlos Amador (productor y director de cine), esposo de Marga López (actriz en películas como Los tres García, Una mujer sin calle y salón México) compró el inmueble, iniciando los miércoles al 2x1, transformando y adaptando las salas, convirtiéndolo en “Telecine Palacio”.
Quizá el cambio de dueños hizo que la esencia cambiara, o que la magia del cine se fuera quedando en cada una de las salas, puesto que el cine dejó de considerarse premiere en la década de los sesenta.
Así fue como Cinemex adquirió sus papeles, y el cine dejó de ser el mismo.
¿Y ahora?
Conocí el Palacio Chino cuando ya pertenecía a otra etapa. Dicen que para entonces su esplendor había quedado atrás, pero yo no recuerdo un cine más cautivador que este.
A los cinco años me dejó con la boca abierta, aunque en ese momento no entendiera por qué. Hoy creo saberlo.
Tiene que ver con todo lo que implicaba visitarlo.
Hubo un tiempo en el que el cine fue un ritual compartido —mucho antes de que yo naciera—. La gente se arreglaba; estaba el trayecto, las risas compartidas, la larga espera en la fila. Sin celulares sonando ni pantallas encendidas. Sin interrupciones.
Hoy, la espera desapareció.
Los boletos se compran con un solo click.
Todo es más inmediato.
Y no es que el cine haya muerto.
Simplemente cambió.
Hace unos días pasé por la calle Iturbide y lo vi.
Mi mente se llenó de recuerdos.
El bermellón brillante ahora es un rojo deslavado. Los espacios donde descansaban los budas están vacíos. Las paredes se volvieron lienzo de grafiti, de trazos urgentes. Las cortinas, abajo. El letrero, apenas sostenido.
Cerré los ojos.
Lo imaginé como antes.
Mi abuelo comprando palomitas.
Mis primos corriendo hacia la sala.
Tomé una foto y la envié al grupo familiar:
—¿Se acuerdan cuando veníamos con el abuelo?
Tal vez tuviste la fortuna de conocer el cine en su apogeo. Quizá aquí diste tu primer beso, tal vez viniste un día de pinta con tus amigos, o quizá viniste solo a disfrutar de tu propia compañía.
Quizá jamás pisaste este lugar.
Pero puedes imaginarlo.
El Palacio Chino, como otros espacios de la ciudad, permanece en silencio, como si esperara su final. Pero no es solo un sitio en ruinas ni un lugar abandonado.
Anaïs Nin escribió que “no vemos las cosas como son, sino como somos”. Y eso es el Palacio Chino.
Un reflejo.
De lo que fuimos.
De lo que somos.
De cómo habitamos los lugares… y de cómo, sin darnos cuenta, dejamos de hacerlo. Tal vez por eso no termina de irse.
Entonces…
¿Qué perdemos primero, el lugar… o nosotros?