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El descrédito de los maestros

A propósito de la muerte de Jürgen Habermas, el texto cuestiona por qué se ensalzan a ciertos filósofos solo cuando mueren mientras que sobre otros reina el silencio

Autor de Teoría de la acción comunicativa, una de las obras clave del pensamiento contemporáneo, Jürgen Habermas pensó el diálogo como base de la vida pública; su figura reaparece hoy entre homenajes y silencios. Crédito: Wikimedia Commons.
12/04/2026 |01:01Víctor-Isolino Doval |
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Hace un mes murió el afamado Jürgen Habermas. La amplia cobertura informativa que en México se dio a su deceso fue excepcional. Del portal Sopitas a los noticieros de Televisa, pasando por todos los diarios nacionales y la televisión pública, no hubo sitio web ni diario en papel que no publicara un perfil del alemán, cuando no lanzara grandilocuentes titulares.





En nuestro país, la prensa ofrece copiosos artículos y reportajes cuando muere un actor de televisión o una laureada escritora. Sin embargo, pocos periódicos o noticieros dedican espacio a la muerte de un filósofo, más allá de los obituarios de rigor. En los años recientes, por ejemplo, los decesos de George Steiner (After Babel, 1975) o Roger Scruton (The Meaning of Conservatism, 1980) –ambos en 2020– fueron irrelevantes. Un caso más cercano es el de Alasdair MacIntyre (After Virtue, 1981) quien murió el 21 de mayo de 2025; a excepción de una columna de opinión, ningún medio en México habló de su fallecimiento.

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Alejandro Llano Cifuentes (Madrid, 1943–2024), autor de La nueva sensibilidad (1988) y Humanismo cívico (1999), dedicó su obra a replantear la ética y la vida pública desde una recuperación del realismo filosófico frente al escepticismo contemporáneo. Crédito: Universidad de Navarra

Las omisiones podrían ser comprensibles a la luz de lo ajenos que resultan en México un austriaco, un inglés o un escocés. Pero, si ellos nos quedan lejos, ¿qué decir de Habermas? La cobertura de su muerte es aún más llamativa si se piensa que el año pasado, también en mayo, la muerte de la filósofa mexicana Paulette Dieterlen (La pobreza: un estudio filosófico, 2001), investigadora en la UNAM, estudiosa del marxismo y generosa profesora universitaria, pasó sin pena ni gloria ante los ojos de jefes de información y editores.

Cabe preguntar si la relevancia de un filósofo puede medirse en función de la resonancia mediática de su muerte. Si esto fuese verdad, Habermas sería uno de los pensadores más influyentes de nuestra época. Pero, ¿y si no? ¿Qué hacer si el termómetro de la influencia de un intelectual no fuera la cultura de masas expresada en esquelas y necrológicas?

La filosofía tiene que ver con saber y, saber, con pensar. Sin embargo, el pensamiento –y con él la universidad, como el sitio donde preferentemente debería acontecer– no suele ser espectacular. A pesar de ello, poco a poco, el pensamiento ha ido renunciando a la tradición filosófica que lo sostiene. Hoy, en vez de centrar sus esfuerzos en intentar responder a la pregunta por la verdad del mundo y del ser humano, se ha refugiado en la cómoda posición de describir sucesos. Para ello, que es más bien una función instrumental, la tradición no es necesaria.

La rendición de la universidad ante la presión del Estado o el mercado se venía gestando desde el fin de la segunda guerra mundial, hasta concretarse en 1968. Las pintas en los muros de la vetusta Universidad de París, en el barrio de la Sorbonne, fueron su declaración de principios. Consignas como «viola a tu alma mater», «olviden todo lo que han estudiado: comiencen a soñar» o «lo sagrado: ahí está el enemigo» se constituyeron como ideario: la revolución también tenía que darse en la cultura. El pensamiento tenía que empezar de cero.

La universidad desterró de su campus el viejo apotegma del medieval Bernardo de Chartres «somos enanos a hombros de gigantes» y optó por abrazar la posición de Theodor Adorno: todo pensamiento no es más que una crítica al pensamiento anterior; la crítica es la propia verdad. Por eso, «si la filosofía es necesaria todavía, lo es entonces más que nunca como crítica» (Justificación de la filosofía. Taurus: Madrid, 1964. p.16). La filosofía perenne no existe, como tampoco existe una verdad eterna.

Por supuesto, dicha mutación fue paulatina. Ningún cambio ocurre de la noche a la mañana. Sin embargo, el virus de la innovación impuesto por ideologías de izquierda y derecha ya circulaba en el torrente sanguíneo universitario.

A pesar de ello, en esos años hubo universidades que se resistieron a sumarse al ritmo de los tiempos e, incluso, nacieron nuevas bajo el impulso de aquéllas. Pero es muy arduo ir contra corriente. La ideología ya había tomado el lugar del pensamiento y la universidad estaba a merced de las modas.

Disciplinas que antes sostenían un pensamiento riguroso como gramática, filología o lógica, que daban sentido al ahora como historia o que permitían comprender la complejidad de la realidad como filosofía o teología fueron excluidas de la universidad. A cambio, la estadística se asumió como el verdadero saber. Apoyadas en la estadística, la sociología o la ciencia política se encargaron de describir asuntos que no cabían en las matemáticas. La propia ética se volvió una simple manera de decir más parecido a la literatura que a un saber riguroso sobre el bien de cuya reflexión, por cierto, también prescindió la universidad para dedicarse a estudiar «lo justo».

Los pensadores de la resistencia –esos que no se ajustaron a las exigencias de la revolución cultural y que insistieron en buscar calladamente la verdad, el bien y la belleza– fueron desterrados de las universidades más prestigiosas del mundo. Los otros gozaron de fama y relumbrón. A su muerte, se convierten en «el último gran pensador del siglo XX» o en «el referente» o en «el tenaz intérprete de nuestra época» o en «el gran filósofo de la Europa democrática».

El 2 de octubre de 2024 murió uno de esos filósofos discretos: Alejandro Llano Cifuentes. Aunque nació en Madrid, tuvo un enorme arraigo en México (su hermano Carlos, también filósofo, fundó el IPADE y la Universidad Panamericana en 1967).

Alejandro Llano cultivó la metafísica, uno de los saberes desechados por la universidad de la revolución. Basado en la metafísica, se dedicó a la ética. En 1988 publicó La nueva sensibilidad (Espasa Calpe), en el que defiende la vuelta a la tradición y al realismo filosófico en medio del propagado escepticismo derivado del 68. Una década después, en Humanismo cívico (Ariel, 1999) alertó de nuevo sobre los riesgos de una filosofía sin fundamento, a merced de los datos estadísticos, las ideologías estacionales, los intereses del mercado y las imposiciones del Estado.

En la primera línea de Conciencia moral y acción comunicativa (Trotta: Madrid, 2018), Habermas afirma que «los maestros pensadores han caído en descrédito». Dice verdad.