António Lobo Antunes, una de las voces más poderosas y singulares de la literatura en lengua portuguesa, ha fallecido este jueves 5 de marzo. Su obra, frecuentemente nutrida por la memoria de la guerra colonial y por un estilo intenso y fragmentario, lo situó desde hace décadas entre los novelistas europeos de referencia.
Memoria de elefante (1979) fue su debut literario y, también, el libro que lo mostró al mundo. Otros libros de su extensa bibliografía (que incluye más de 30 libros) son En el culo del mundo, Mi nombre es Legión, El archipiélago del insomnio y El orden natural de las cosas—. Su amplia trayectoria se recompensó con algunos de los galardones más importantes en las letras en castellano y en portugués: entre ellos el Prémio Camões (2007), el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances (Guadalajara, 2008) y otros reconocimientos internacionales como el Jerusalem Prize o el Ovid Prize; a menudo fue, además, candidato recurrente al Nobel de Literatura. Estos reconocimientos subrayan la proyección y la influencia de su obra en el mapa literario internacional.
A propósito de su muerte, volvemos a publicar estas dos pequeñas crónicas de Lobo Antunes, piezas breves en las que se reconoce esa mezcla de melancolía, memoria y observación íntima que caracterizó su oficio como cronista.

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Como nosotrosDe manera que te espero aquí abajo, cerca de los Correos de Estoril, o paseo por las arcadas sin mirar hacia el mar, sin interés por el jardín del Casino, indiferente a los turistas alemanes color de langosta de criadero, y a los sombreros de paja con cerezas de baquelita de las americanas ancianas. Me recargo en un pequeño muro de piedra, el sol escurre sobre mí como un hilo de glicerina y me pongo a pensar en tu cabello rubio, en tus gestos, en tu boca, en tu manera de hablar, mientras un perro viene a olfatearme las piernas porque con la edad me voy pareciendo a un árbol antiguo, a un olmo, a un níspero, a un tronco de huesos tristes con raíces en el viento, y de las ramas de las manos en los bolsillos me brotan las hojitas de una primavera antigua, tan antigua que se confunde con los retratos de la sala en el tiempo en el que la esperanza era un país del tamaño de mi familia con fronteras de tías jóvenes y besos suspendidos. Te espero aquí abajo mientras la paciencia azul de las olas escribe tu nombre con gestos de alga en la playa y un rostro de acuarela me mira fijamente, inmóvil, desde un segundo piso, de manera tan real que ciertamente no había existido un rostro tan pasmado como mi espanto cuando nadie me responde si toco a la puerta de la casa donde vivo y que me aprieta los hombros como un traje prestado, te espero con la lucecita de un cigarro en la lengua a fin de que me reconozcas en la oscuridad de estas dos de la tarde demasiado claras, te espero temblando de no tener fiebre y despeinado por el viento que no hay, el perro se aleja desilusionado como todo se aleja de mi cuerpo, inclusive la sombra enredada de vergüenza alrededor de mis zapatos, y cuando las sombras se avergüenzan de nosotros más vale desistir, encerrarnos en nuestro cuarto de baño y quedarnos a observar en el espejo el rostro que no somos ya, que no seremos más, te espero temblando como un novio muy feo espera bajo la lluvia con crisantemos otoñales en la mano, a la novia también fea que se olvidó de él, al observar el domingo con la nariz en las cortinas, te espero, hija, y mientras tanto el automóvil ancla en el bordillo, y en el banco trasero, sola, tu sonrisa me descubre y camino a tu encuentro, con miedo, con las rodillas afligidas, para explicarte las jirafas del Zoológico indiferentes al estruendo de los altavoces, tan ruidoso como el silencio de mi amor por ti. Carta a mi tío João MariaLo que recuerdo de Nelas es el tren allá abajo avanzando al sol entre las hojas del viñedo como un dedo que busca debajo de una falda, los ojos de mi abuelo colgados del castaño por el zurrón de las pestañas, su atención triste, lo que recuerdo de Nelas es a mi madre muy joven y su voz dentro de mi cuerpo llamándome en el corredor como llaman las viudas a través del arpa de la lluvia, lo que recuerdo de Nelas es un ataúd de niño traído de las tripas mojadas de la taberna sobre los hombros de los ebrios, es la luna de agosto amparándome el miedo con el yeso de los dedos, lo que recuerdo de Nelas son los retratos de los muertos a los que las campanas del domingo aumentaban la sonrisa como el gis del profesor las fisuras de la pizarra, lo que recuerdo de Nelas son las veredas de moras, los cuellos de cisne del pinar por la tarde subiendo altísimos en dirección al mar, párpados enojados de gallina, súbitas piedras de mica otrora escamas de sangre, el milano disecado de la farmacia que observaba el cielo con ojos rabiosos de dentista, la voz de la cafetera oxidada del sastre rodeado de pájaros asustados por tijeras, yo fumando a escondidas en el garaje, espiando el baño de las criadas y aquellas caracolas de pelos inesperados, mujeres acuclilladas bajo el dobladillo de las faldas orinando en la oscuridad, el mercado después de la misa, barros, lechones, orfebres con pantalones sujetados por pinzas de ropa, pedaleando como cuervos en la calle de Viseu, con la caja estrujada de los aretes amarrada al asiento, ponientes como ventanas de pensiones pobres, largos gestos de araña con los que me daban de comer en la mesa de la terraza, lo que recuerdo de Nelas son las partidas y las llegadas, cartas que no sabía leer, libros antiguos, los gorriones ciegos de las tazas sin asa, y junto a la puerta de la cocina el pozo abierto con la boca de un enfermo hablando voces olvidadas, piedras, lagartijas, basura, ecos, recuerdo esta enredadera ardiendo sombras en el silencio, al visitar la casa años después todo era tan pequeño que me cabía en un palmo, que cabía en un ínfimo suspiro de añoranza, todo era tan pequeño que no reconocí la escalera de granito, los castaños, los cuartos anteriormente enormes, pero estaba en Nelas porque al salir hacia el autobús de Lisboa sentí su mano en mi brazo. Traducción de Diana Alcaraz