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Denis Diderot, el maestro de la Ilustración

Un texto sobre la evolución del filósofo francés Denis Diderot: del desarrollo del materialismo a su papel como director de la Encyclopédie

Retrato hecho por Louis-Michel van Loo en1767 del fílósofo que escribió El sueño de d'Alembert yJacobo el fatalista). Crédito: Louis-Michel van Loo / Wikimedia Commons
15/03/2026 |01:06Hugo Alfredo Hinojosa |
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Cuando Catalina II de Rusia compró la biblioteca de Denis Diderot en 1765, hizo algo extraño: le pagó dieciséis mil libras por los libros y luego le pidió que los conservara en París, que actuara como su bibliotecario personal y que añadiera títulos a la colección. Le otorgó además un salario anual. Era, en términos modernos, un mecenazgo disfrazado de transacción comercial, una manera de rescatar a un filósofo de la deuda sin humillarlo con la caridad. Diderot aceptó. Ocho años después hizo el viaje a San Petersburgo que le había prometido a la emperatriz, un trayecto agotador para un hombre desabrigado en el invierno ruso, y aún así se sentó tres veces por semana a conversar con una de las monarcas más poderosas del mundo sobre legislación, educación de las mujeres y la naturaleza del poder. La escena tiene algo de parabólico: el hijo del cuchillero de Langres, que había pasado años traduciendo textos ajenos para pagar sus deudas en París, sentado ante una emperatriz que lo necesitaba para algo que el dinero no podía comprar del todo, que era legitimidad intelectual.





El padre de Denis Diderot, Didier Diderot, fue un maestro cuchillero, un artesano respetado que quería para su hijo mayor una carrera eclesiástica o legal. Diderot estudió con los jesuitas en Langres, luego se trasladó a París y obtuvo un título de artes en la Universidad en 1732. A partir de ahí empezó a vivir de traducciones, tutorías y escritura por encargo durante una década entera de la que se sabe relativamente poco, como si el propio Diderot hubiera preferido guardar silencio sobre esos años de aprendizaje oscuro. En 1743 se casó en secreto con Anne-Antoinette Champion, hija de una comerciante de telas, porque el padre de Denis no aprobaba el enlace: la mujer carecía de dote y pertenecía a una clase social considerada inferior. Para impedirlo, el padre había llegado a encerrar a Diderot en un monasterio cerca de Troyes, del que escapó para casarse de todas formas. El matrimonio no fue feliz. La vida sentimental de Diderot fue siempre más complicada que su filosofía, que ya era bastante complicada.

Jean-Simon Berthélémy — Retrato de Denis Diderot (1713-1784), escritor y filósofo — P2082 — Museo Carnavalet. Crédito: WikiCommons

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Lo que distingue a Diderot dentro de la Ilustración francesa no es solamente la escala de su proyecto ni la variedad de sus intereses, que abarcaron la química, la anatomía, la estética teatral, la economía política y la crítica de arte, entre muchas otras cosas. Es algo más difícil de nombrar: una manera de pensar que no separaba las ideas del cuerpo que las producía. Mientras que René Descartes había construido toda su filosofía sobre la distinción radical entre la mente y la materia, Diderot pasó buena parte de su vida intelectual demoliendo esa separación desde adentro. En textos que no se atrevió a publicar en vida, como El sueño de d'Alembert, escrito en 1769 y no publicado hasta 1830, planteó que la materia no era inerte sino sensible. La conciencia no era algo añadido al cuerpo desde afuera: era lo que el cuerpo hacía cuando se organizaba de cierta manera. Esa intuición, formulada décadas antes de que la biología moderna tuviera herramientas para discutirla seriamente, lo acerca a conversaciones que todavía no han terminado.

Su trayecto intelectual siguió una línea que él mismo no había planeado del todo. Empezó siendo católico, pasó por el deísmo, llegó al ateísmo, y terminó en un materialismo filosófico que era las tres cosas y ninguna al mismo tiempo, porque rechazaba la necesidad de cualquier principio externo al mundo natural para explicar el mundo natural. No fue una conversión súbita sino un proceso largo, acelerado por la lectura del matemático ciego Nicholas Saunderson, cuya historia le dio el pretexto narrativo para la Carta sobre los ciegos para uso de los que ven, publicada en 1749. Saunderson, que había perdido la vista en la infancia y sin embargo dominaba la geometría con una precisión que avergonzaba a los videntes, se convirtió en la encarnación de una tesis filosófica: que el conocimiento se construye a partir de la experiencia sensorial y no de principios innatos revelados. Esa Carta le costó cuatro meses en el castillo de Vincennes. Diderot había negado ser el autor ante las autoridades, pero el texto lo delataba con demasiada claridad.

La Enciclopedia, o Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios, que Diderot codirigió con Jean le Rond d'Alembert desde 1745 hasta 1772, es imposible de entender si se la lee como un simple proyecto de compilación del saber. Era una declaración filosófica disfrazada de obra de consulta, cuya estructura misma era ya un argumento: el árbol del conocimiento que la ordenaba tenía sus raíces en la memoria, la razón y la imaginación, facultades todas ellas humanas, sin ningún lugar para la revelación divina como fuente de verdad. Diderot visitó talleres y fábricas para documentar los oficios con precisión técnica, colaboró con ilustradores para producir casi dos mil quinientos grabados, escribió cientos de artículos y coordinó la escritura de los demás. Cuando Jean le Rond d'Alembert se retiró en 1758, presionado por la censura y los ataques de la Iglesia, Diderot continuó solo. Cuando en 1759 la Enciclopedia fue suprimida formalmente por el gobierno, continuó de manera clandestina. Cuando descubrió, demasiado tarde, que el editor André-François Le Breton había mutilado en secreto cientos de artículos para evitar problemas con las autoridades, la furia y la impotencia de ese descubrimiento lo acompañaron el resto de su vida.

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Las obras literarias más importantes de Diderot permanecieron inéditas durante décadas, algunas hasta bien entrado el siglo XIX. El sobrino de Rameau, escrito hacia 1761 y retocado hasta su muerte, no apareció publicado en francés hasta 1823, y fue Johann Wolfgang von Goethe quien lo tradujo al alemán en 1805, antes de que los franceses supieran qué hacer con él. La religiosa, terminada hacia 1760, no se publicó hasta 1796. Jacobo el fatalista, escrito alrededor de 1773, llegó también en 1796. Esa tardanza no fue accidente sino consecuencia de un cálculo deliberado: Diderot sabía exactamente lo que esos textos podían costarle. La experiencia de Vincennes había sido suficientemente ilustrativa. Prefirió escribir para un público que todavía no existía.

Sus últimas palabras, que resuenan más como un mito, fueron una declaración filosófica condensada en una frase: el primer paso hacia la filosofía es la incredulidad.