Si de algo se ha hablado durante estos días en este país, es de la inseguridad que vivimos propiciada por la colusión entre el narcotráfico y el partido al que ayudó a llegar al poder. Hoy, voy a hablarles de dos eventos a los que asistí, enmarcados por la caída de quien fue calificado como “el capo más peligroso del mundo”.
El primero de ellos fue la transmisión al Lunario del Auditorio Nacional de Un tranvía llamado deseo (1947), el clásico más montado de Tennessee Williams. Aunque me temo que todavía no hay una producción que supere el filme de Elia Kazan, la grabación que ahora vimos de la puesta realizada por el National Theatre Live británico en 2014, dirigida por Benedict Andrews, fue demoledora.
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Puesto al día y lejos de los montajes tradicionales, este Tranvía expone “una historia incómodamente actual sobre la masculinidad, la fragilidad psicológica y la violencia estructural” de manera despiadada, pues como señaló André Didyme-Dôme para Rolling Stone, el director no solamente se arriesga al emplear un escenario giratorio que funciona como una metáfora del estado mental de Blanche, también enfatiza que la bestialidad del Stanley encomendado a Ben Foster tiene un origen vulnerable: su “resentimiento, la territorialidad y el miedo a perder el control (…), amenazado por la ambigüedad y la fragilidad que Blanche encarna”. Hubo algo más que celebré ampliamente: la intensidad con que Gillian Anderson se enfundó en la piel de Blanche para narrar el suicidio de su marido, tras descubrirse el affair que tenía con otro hombre. “Detalle” que, en su momento, la censura apenas admitió insinuar en la película.
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Esta transmisión tuvo lugar el domingo 22 de febrero. Justo el día que capturaron al Mencho y que puso patas p’arriba a todo el país y no sé qué me impactó más, si lo inquietante de esta puesta; si el hecho de que, durante el trayecto al Lunario y de regreso las calles estaban prácticamente desiertas y lo más que ví fue a los militares que acordonaban el Campo Marte, o la profética cita extraída de una carta de Tennessee Williams, fechada el 29 de noviembre de 1941 y elegida para abrir el programa de mano: “Sin duda, nuestro clima artístico va a cambiar debido a la situación mundial… Creo que habrá un gran anhelo de vida después de tanta muerte, y de luz después de tanto eclipse… la gente querrá leer, ver, sentir la verdad viviente y se rebelará contra el monótono libro de mentiras que le están dando”.
Días después fuimos testigos del revuelo que armó el rebuzno cometido por Timothée Chalamet. No hubo quien no lo aprovechara para hacerse de sus cinco minutos de reflector, rebatiéndole su afirmación de que la ópera y el ballet son artes “que ya no le importan a nadie”, con lo cual se generó una cortina de humo ante algo que, aquí en México, vaya que nos había alterado, porque aunque la mayoría de las noticias eran tan amarillistas y alarmantes que pronto se evidenció que eran falsas –sí, hubo bloqueos carreteros y vehículos incendiados, pero no quemaron aviones ni salió nadie a dispararle a los civiles a la media noche-, lo cierto es que ya no nos creemos todo lo que nos dicen, empezando por el nivel de aprobación de la presidenta con A, que parece extractado del “monótono libro de mentiras” al que se refería Tennessee Williams…
Corroborando lo enunciado en su cita, no se imaginan Ustedes cuántas personas asistimos el sábado pasado a la Sala Plácido Domingo del Conjunto Santander de Artes Escénicas, tan ansiosos de distracción, como ávidos de escuchar –aunque “ya no le importe a nadie”- a uno de los más aclamados protagonistas de la escena operística internacional, nuestro tenor Ramón Vargas, quien dirigido por Natanael Espinoza y acompañado por esa admirable agrupación que es la Orquesta Solistas de América, compartió con la soprano Leticia de Altamirano la tarea de dar vida a una amplia y variada selección de arias y oberturas de Mozart, Verdi, Rossini, Gounod y Donizetti.
Con anterioridad, he ponderado este espléndido complejo cultural ubicado en Zapopan que conjuga estética, comodidad y supremacía acústica. Ahora, aplaudo un par de detalles con los que me sorprendieron desde el momento de ingresar a la sala: han retomado la inapreciable costumbre de entregar programas de mano, que elaboran con muy buena factura y son mucho más prácticos y funcionales que los códigos QR; además, durante el recital se omitió la proyección del hoy cuasi indispensable supertitulaje, logrando que la atención de la concurrencia se centrara en la Música. Abonando al respecto, celebro también que el Maestro Espinoza se limitara a hacer únicamente lo que se espera de un director: dirigir… y no ponerse a platicar y a ponderar las virtudes de la orquesta, en aras de que vuelvan a invitarlo a echarse otro hueso.
Tres incisos de la ópera Don Giovanni de Mozart iniciaron la velada. Tras la obertura, un par de arias permitieron aquilatar el óptimo estado en que, esa noche, se hallaban las voces de nuestros cantantes. Algo digno de señalarse, considerando que el Maestro Vargas suma cuatro décadas de carrera, lo cual se dice fácil, pero, ¿cuántos de sus pares han logrado mantenerse activos tanto tiempo… y en plenitud? En su caso, es el resultado de una técnica impecable, y no creo equivocarme si auguro que así también madurará Altamirano.
Tras el bloque mozartiano vino Donizetti y, con él, Vargas brindó el más célebre de sus caballitos de batalla: Una furtiva lagrima, de El elíxir de amor. Quienes tuvimos el privilegio de escucharle bisar esta aria en el Blanquito ante Martita y Vicente Fox aquel domingo 22 de febrero de 2004, podemos dar fe de que mantiene la proverbial frescura y agilidad de su voz. ¡Qué delicia fue también el dueto Caro elisir sei mio… Esulti pur la barbara, interpretado antes del intermedio! Regnava nel silenzio, y Sulla tomba… Verranno a te, de Lucia de Lammermoor pusieron punto final de manera espléndida a las selecciones compuestas por Donizetti; mención especial merece el inciso de El duque de Alba que, con gran intención y emotividad, ofrendó Vargas: Angelo casto e bel.
La obertura de La forza del destino de Verdi nos brindó el último momento de lucimiento instrumental, en manos de la orquesta y Espinoza, antes de que Altamirano volviera al escenario para hacer alarde de fraseo con Ah! Je ris de me voir si belle, de la ópera Fausto de Gounod y que Vargas cerrara la parte “oficial” del programa con O fede negar potessi… de la Luisa Miller de Verdi. El público estaba eufórico y sus aplausos fueron correspondidos con un par de encores: de la jalisciense Consuelo Velázquez, Bésame mucho, en un arreglo bastante furris de Arturo Márquez –a pesar del gran solo que le confió a la trompeta- y el infaltable Brindis de la Traviata, de Verdi.
En ese momento, ni quien se acordara de los horrores que, dos semanas antes, se vivieran ahí, en Jalisco. Gracias a la Música, que todo lo redime, mil setecientas personas fuimos partícipes de esa anhelada “verdad viviente”, anunciada por Williams.