En Sueños (Sexo-Amor) (Drommer, Noruega, 2024), enfebrecido film 7 y final del tríptico Sexo-Amor-Sueños del autor total noruego de 59 años Dag Johan Haugerud (Yo pertenezco 12, Sexo 24, Amor 24), Oso de Oro en Berlín 25, la sensitiva preparatoriana de 17 años Johanne (Ella Overbye) se estremece en la banda sonora al reflexivo grito de “Mi vida está en una nube y se siente tan extraña que cuerpo y alma estén separados, y también se siente frágil, como si mi vida estuviera deshaciéndose, cayera sobre la tierra y se la llevara la lluvia” y luego de haber leído la convencional novela sobre la soledad adolescente El espíritu de la familia (de Janine Boissard) y escindiéndose de sus compañeros pese a su brillante desempeño en las prácticas de coreografía, conoce a su carismática nueva profe de francés además de artista textil y casi su tocaya Johanna (Selome Emmotu), queda impactada por su aplomo y atractivo físico de mulata, empieza a pensar obsesivamente en ella, siente su presencia por todas partes, registra todo los movimientos de su ánimo por escrito, hasta que una noche no resiste más y la busca en su depto prestado en un barrio comercial citadino, es recibida con un cariñoso abrazo y pretexta estar interesada en aprender a tejer, ocultando sus deseos, fingiendo un interés artístico a tal grado que la adulta se ofrece a darle clases de tejido gratis, y la chava comienza a frecuentarla pretextando ir a estudiar con una amiga, pero varios meses después, a raíz de la intempestiva renuncia de la profa a la escuela, la dolida e inconsolable Johanne se atreve a entregarle los escritos sobre sus inconfesables experiencias íntimas a su solitaria abuela poeta Karin (Anne Marit Jabobsen), quien los disfruta y admira, y luego a su severa madre feminista de época Kristin (Ane Dahl Torp), la cual se escandaliza e indigna con el posible abuso sexual cometido contra la menor, aunque ninguno parezca haber sido cometido en esa relación erótica meramente unilateral de parte de la chava, por lo que, cediendo a la intensidad y al elevado valor literario del texto de 95 densas páginas, discuten durante varios días otoñales sobre el tema y terminan cambiando de opinión, convenciendo a Johanne de que debe publicarlo, aunque por delicadeza se consulta primero con la exprofa involucrada que explica en su defensa apenas haber vislumbrado los verdaderos sentimientos de la chava, la novela aparece como un libro más que sólo obtiene una reseña cordial, aunque todo ello para nada consuela a Johanne de su vacío, quien continúa escribiendo y recitando en off, para acabar acudiendo con un sincero psicólogo (Lars Jacob Holm) que nada puede hacer por ella, como tampoco su insatisfactorio noviecito aficionado a las selfis exhibicionistas, ambos ajenos a cualquier atisbo del regio dominante ardor literario.
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El ardor literario sigue así con gran eficacia e hipersensibilidad verbal el proceso de un enamoramiento, un enamoramiento que se devora a sí mismo, un enamoramiento como condena a la desazón perpetua y al titubeo y a la incapacidad de expresión profunda, un enamoramiento que resiente en carne viva los celos difusos y el relegamiento por una prepotente/condescendiente amiga mayor Froydis (Ingrid Glaever) a la hora de la despedida, un enamoramiento decepcionantemente desconocido en sustancia por la mujer amada al cabo del tiempo, un enamoramiento fincado en la no-comunicación y la imposibilidad de respuesta o de signos reactivos por parte del objeto adorado, un enamoramiento que es causa y efecto y finalidad recóndita del tormento interior, un enamoramiento que hábilmente se auto(obliga) a prescindir de cualquier diferencia o implicación e interdicción o barrera e inhibición restrictiva de género, un enamoramiento visto desde adentro y desde afuera pero cuál es cual y cuál es cuándo, un enamoramiento cuyo fervor vitalista envidian las féminas mayores ya despojadas de prejuicios y de energía sensible, un enamoramiento casto y púdico que nunca va más allá del sostenimiento de las miradas o del excitante roce de un antebrazo pero no por ello será menos intenso y socavadoramente apasionado, y por añadidura un enamoramiento que jamás desanima a la adolescente protagónica tan semejante a la chava testigo de los fracasos amorosos de cuatro adultas en Secretos de mujeres (Bergman 52) que no por eso dejaba de escaparse con su novio veraniego.

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El ardor literario sólo puede refugiarse entonces en el desbordamiento intemperante e imparable de analíticas parrafadas verbales que vendrían a ser el perfecto equivalente de una divagante o apretadísima fotografía de Cecilie Semeo y de una música sentimental siempre amenazada por percusiones de Anna Berg más una edición con sistemáticas divagaciones oníricas impedidas de Jens Christian Fodstad, porque ante todo, al unísono de las insostenibles mutaciones discursivas de la madre y la abuela, se trata de meditar sobre los mínimos alcances balsámicos de la literatura para quien la escribe, así sea éste una superdotada de la palabra y se equipare al sueco Ekelöf o al Lars Gyllensten de “la piel secreta”.
El ardor literario sostiene de principio a fin la presencia neoexpresionista y alegórica de escaleras, vislumbradas bajo la niebla, en calles cuesta arriba, en el pozo sin fondo de los edificios, en el bosque del diálogo especulativo, o en definitiva oníricas donde una muchedumbre impide el angustioso paso de la abuela, escaleras que remiten a las visiones medievales y a la célebre pintura de José de Ribera acerca de la Escala de Jacob, ese camino metafórico que comunica a los ángeles con el llamado del cielo y a la necesidad más básica y esencial: no hacer literatura, sino ser abrazado.
Y el ardor literario culmina con el asomo del encuentro erótico casual de la heroína con su antigua presunta rival Froydis cuanto más joven y accesible, para irse juntas por la profundidad de la avenida a tomase un café en maravilloso posible plan de ligue.