En Obsesión (Obsession, EU, 2025), terrorífico film 2 como autor total además de montajista del actor y cortometrajista alabamiano asimismo fundador de su propio canal cómico de sátiras sociales “Esto no es una buena idea” de 26 años Curry Barker (primer largo independiente: Milk & Serial 24; cortos: Contemplación 20, Ojos pesados 22, La silla 23 próximamente largo), el tímido empleadillo de una tienda de música Bear (Michael Johnston tristísimo) sufre la doméstica muerte accidental de su querida gatita Sandy y también padece por no atreverse a declararle su amor a la guapa ambiciosa compañera de trabajo Nikki (Inde Nararrette mutante), ni siquiera cuando una noche al llevarla cortésmente en su auto la chava le pregunta ambiguamente si siente algo por ella, por lo que el hombre decide pedirle a un Sauco del Deseo adquirido en una tienda mística que Nikki se enamore perdidamente de él, antes de sellar su deseo rompiendo la ramita de sauco mágico, y en efecto, ella regresa a su lado para implorarle que la invite a pernoctar en su depto so pretexto mentiroso de que su padre está muriendo de cáncer en un sanatorio, pero después de besarlo, la agitada joven experimenta un ataque de pánico y, desde entonces, diciéndose enamorada de Bear, renunciando a su empleo en pos de algo mejor e instalándose románticamente en el espacio ajeno, la imprevisible chica empieza a manifestar comportamientos anómalos delirantes y peligrosos, que no sólo desquicia a su presunto amado sino además a sus compañeros de trabajo, la hija del dueño secretamente enamorada del apocado muchacho Sarah (Megan Lawless) y el asertivo antiglamuroso examantucho ocasional de la ahora intrusa Ian (Cooper Tomlinson), si bien nada puede hacerse, pues el efecto del sauco será irreversible y para siempre, en tanto que Nikki y Bear estén vivos, según informa fatídicamente por el teléfono de quejas el creador del embrujo (voz del realizador), y otras ramitas deseantes para contrarrestar el efecto no funcional, una niega a romperse y una segunda ofrecida a Ian es utilizada de inmediato por éste para que le llueva un millón de dólares en billetes, hasta que cierta noche los celos patológicos aunque bien fundados de la alucinada Nikki hagan que mate a su rival Sarah a golpes de ladrillo contra su cara dentro del auto de su Bear, se apreste a deshacerse del cadáver, y la obsesión suicida se instale entre la supuestamente romántica pareja ahora mortífera y estalle trágica, otra vez sin anular el deseo ignominioso.
El deseo ignominioso reinventa un cine de horror al gusto actual del emisor—destinatario, desde el más vulnerable y vulnerado punto de vista de la Generación Z, a la que ya no necesita grandes aspavientos y sustos espeluznantes del ya viejo slasher ochentero, porque le basta con un malestar general introyectado y con un comportamiento anómalo que se proyecta por doquier en el mundo relacional y parece impregnarlo y devastarlo todo a su paso, como las conductas pusilánimes del atormentado archinfeliz osito humano Bear o las actitudes de la abstinente Sarah y del desdeñoso liquidacionista Ian, pero, muy por encima de ellas, el comportamiento extremo de Nikki bañada de excremento o autohiriéndose con un vaso roto o cierta insólita vez ¡petrificada con la imagen misma!

El deseo ignominioso consagra así a modo de epifanías instantáneas con significado perdurable momentos y eventos tan intempestivos como el orondo frasco con la droga calmante que ingirió la gatita, el altar erigido en su memoria y el relleno de sándwich preparado con ella por Nikki para su pareja vomitante, el portón tapiado con cinta adhesiva, los reproches brutales de Nikki porque “No amas con la misma intensidad con que yo te amo”, la recitada versión incestuosa de Hansel sobre Gretel, el imparable acceso de estruendosa risa aceda de Nikki a mitad de la fiesta a la que se autoinvitó, y todos los juegos, cópulas jodidas y balbuceos más histéricos que compulsivos (“Te amo tanto tantísimo”).
El deseo ignominioso lleva hasta sus últimas consecuencias su idea central como premisa mayor cual si se tratara de una fábula moderna sobre una única situación delirante y desquiciada, con un pie en las sustituciones nocturnas del afroamericano Jordan Peele (¡Huye! 17, Nosotros 19) y el otro en el geométrico estatismo estilístico de Wes Anderson (Asteroid City 23), a base del hurgamiento inagotable de un mundo trivial de pronto tenebroso, por un lado, y por el otro, severos encuadres predominantemente frontales e inquietantes contraplanos postorientales a 180 grados en subjetiva desquiciada, en un nudo de atmósferas tenebrosas creadas por la fotografía de Taylor Clemens que sólo debido a su carácter inamovible y criaturas de continuo vueltas siluetas a contraluz reclaman irrealidad, más que por la música de Rock Burwell ominosamente truculenta.
El deseo ignominioso cuestiona de manera táctica y bárbara el deseo forzado o in obbligato tanto como el deseo satisfecho o cumplido, porque nada aniquila tanto al amor como la pasión manipulada y la convivencia sin alegría ni aceptación mutua, vehiculando una reflexión filosófica sobre las pulsiones vitales, con fundamento en la idealización disruptiva del deseo de Guattari-Deleuze (El antiedipo 66) o desmitificadora de Bruckner-Finkielkraut (El nuevo desorden amoroso 68), dentro de una espiral vertiginoso con los tres deseos de algún genio de Las 1001 noches, una ironía del inefable amor eterno incondicional, una especie de apólogo o diatriba contra el Deseo con mayúscula, porque el deseo sólo encuentra su espontaneidad natural e inocente rechazando cualquier coacción social/política/individual, no mediatizado por otras fuentes, para alimentarse libremente de sí mismo, de su pura impureza, su creación, su fecundidad.
Y el deseo ignominioso culmina tautológicamente contemplando la contemplación de Nikki ante el inerte cuerpo autosacrificado de Bear, acaso ya ambos libres de su infame Obsesión.