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Bebiendo por la vieja calzada de Tlacopan

Este texto en la Ciudad de las Cantinas, se adentra esta vez por la calle República de Guatemala, atravesando templos prehispánicos y hoteles construidos sobre pirámides

Bajo el lobby del Hotel Catedral sobreviven restos del Templo de Ehécatl, uno de los hallazgos arqueológicos más singulares del Centro Histórico capitalino. SELENE PACHECO/ CUARTOSCURO.COM
10/05/2026 |01:09Ricardo Lugo Viñas |
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Con ayuda de una anforita de tequila oculta en el bolsillo mi amigo y yo caminamos, bajo un aplomado y fulgoroso sol, por la vieja calzada de Tlacopan, que en este tramo en tiempos virreinales llevó el nombre de Escalerillas y que desde 1921, por iniciativa de José Vasconcelos (para agradar a su jefe, el presidente Álvaro Obregón), lleva el nombre de República de Guatemala. Vamos rumbo a la cantina Salón España, en el cruce de las calles Argentina y Luis González Obregón.





En el tránsito, a nuestro flanco izquierdo, se suceden construcciones que albergan portentos e hitos de la historia de esta ciudad. En el número 8 se alza un notorio edificio de estilo neoclásico atribuido al arquitecto Manuel Tolsá que hoy es sede de la Galería de Arte de la Secretaría de Hacienda. “Tras el boom del llamado Muralismo mexicano –le suelto a mi amigo–, varios artistas plásticos comenzaron a enriquecerse. O al menos los que conformaban la Santísima Trinidad: Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco. Y tú sabes que (generalmente), enriquecerse en este país significa pagar un titipuchal de impuestos. Entonces, hábilmente, en enero de 1957 Siqueiros le propuso al entonces director del Impuesto Sobre la Renta, Hugo B. Margáin, la posibilidad de que los artistas (nomás los plásticos) pagaran sus impuestos “en especie”, con obra de su autoría”.

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Crédito: Hotel Catedral

Margáin aceptó. Siqueiros, Rufino Tamayo, Raúl Anguiano y un largo etcétera, se vieron beneficiados de esta iniciativa. A Rivera le duró poco el gusto, porque murió en noviembre de ese mismo año. Orozco, por su parte, para 1957 ya era más que banquete de gusanos del Panteón de Dolores. De ese modo, a partir de entonces la Secretaría de Hacienda se ha hecho de una importante colección de arte de las más notables brochas y pinceles de artistas mexicanos, y en Guatemala 8 exhiben con regularidad ese acervo.

Más adelante, el número 16 se eleva el recientemente restaurado Edificio Escalerillas, de salmonadas ajaracas en su fachada, que ahora es parte del Hotel Catedral. En 2010, cuando se comenzó la construcción del hotel, el Programa de Arqueología Urbana del INAH halló, en las entrañas de este predio, dos prodigios arqueológicos: parte del Templo de Ehécatl (Dios mexica del viento) y una de las banquetas del Juego de Pelota de Tenochtitlan, al que el arqueólogo Leonardo López Luján ha apodado como “el verdadero Estadio Azteca”.

“Entremos de volada”, le animo a mi amigo. Hoy el Hotel Catedral –de dueños españoles– se jacta de ser el único en el mundo con una zona arqueológica debajo de su lobby. Los ingenieros que construyeron el nuevo edificio tuvieron que ideárselas para “hacerlo flotar” sobre el Templo de Ehécatl. Así, ahora uno puede entrar y admirar parte de la pirámide desde el vestíbulo de cristal que funciona como ventana arqueológica. Mi amigo y yo nos asomamos a las tripas del hotel y logramos admirar el dichoso templo del Dios del viento y, muy al fondo, los restos del Estadio Azteca. Esto amerita un trago. Saco mi anforita. Un buche para mi amigo; otro para mí. Bendito tequila. Un botones nos mira con gesto de desaprobación. Aunque no soy muy afecto al culto a las piedras, debo reconocer que estas ruinas son fascinantes: concentran 700 años de historia de esta ciudad que en realidad son tres: la prehispánica, la colonial y la contemporánea.

Salimos del Cinco Letras –que no de Las Quince Letras, ilustre cantina zacatecana– y retomamos nuestro andar. En el número 18 se alza un chueco y centenario edificio de fachada rojinegra de Tezontle, que en el siglo XVI le perteneció a un conquistador de Hernán Cortés y en el que, en 1893, murió Nachito Luis Vallarta, prominente político del siglo XIX, gober de Jalisco, secre de Gobernación y candidato a la presidencia en 1880, elecciones en las que se enfrentó a Manuelito González, El Manco González, compadre y gallo del verdadero poder detrás del poder: Porfirio Díaz.

Como muchas otras, esta construcción se dañó severamente con el sismo de 1985, fue abandonada y posteriormente (en 1997) otorgada en comodato al gobierno de España. Por eso, desde 2002 es sede del Centro Cultural de España en México. En 2007, dicho Centro compró el predio de atrás con la idea de expandirse. Pero, ya se sabe: esta ciudad está construida sobre otra ciudad. Así que durante los trabajos de cimentación emergió otra importante estructura tenochca: la fachada del Calmecac. La escuela de la nobleza mexica. La Ibero de su tiempo.

Más adelante, en el 24 de Guatemala, en el verano de 2015, fue descubierto uno de los edificios prehispánicos más sorprendentes e impresionantes del recinto sagrado de Tenochtitlán, que debió estremecer a cualquier visitante que conocía por vez primera la gran ciudad imperial: el Huey Tzompantli. Una estructura compuesta por dos torres cilíndricas y un andamio central, hecha con miles de cráneos humanos, pertenecientes a hombres, mujeres y niños sacrificados y dedicados a la máxima deidad mexica: Huitzilopochtli.

El Tzompantli está cerrado al público. Dado que está hecho de tejido óseo, el sólo calor humano daña paulatinamente los cráneos. Así nos lo explicó el arqueólogo Raúl Barrera, una tarde de enero de 2022 cuando nos invitó, a mí y a un reducido grupo, a visitar y atestiguar este pasmoso vestigio. Bajo el sol implacable, mi amigo y yo nos sentamos en una banquita frente al 24 de Guatemala, que desde este año alberga al Museo del Chocolate. Saco mi anforita, que ya se siente vacía, y hacemos lo propio.

¡Ah, cómo me gusta beber en la calle! Me produce un no sé qué. Siempre me ha parecido una mojigatería que en este país esté prohibido beber en la calle; que una patrulla te pueda levantar sólo por eso. Como no podemos entrar, saco mi celular y le muestro a mi amigo algunas fotos que tomé aquella prodiga tarde en la que descendí al Tzompantli. “¿Te imaginas? –le comento a mi amigo que mira las fotos–, la de pesadillas que debieron tener los habitantes de este edificio, que intentaban conciliar el sueño sobre un tétrico cementerio de cabezas humanas”.

Un poquito más allá, en el número 32, en una centenaria casona coronada por una Cruz de Caravaca y un friso de sirenas, se halla La Casa de las Sirenas, un exquisito restaurante que antaño, en su planta baja, se desempeñó como una alborozada cantina. Se llamó La Tequila y aún conserva su barra y contrabarra. Ahora sí babalú mi anforita. Salón España, allá vamos.

Continuará…