Vine a Bangkok porque me dijeron que acá vivía la mujer que me abandonó. Un sueño poblado de gente sudorosa y humedad tropical y neón enloquecido me lo dijo. Lo que no sé es por qué pensé que con su bullicio perpetuo y su caos luminoso la capital tailandesa podría devolverme la silueta que se empeñaba en seguirme por doquier aunque no había dejado ni una nota, ni una prenda olvidada, ni una llamada tardía. Simplemente se había evaporado. Y desde el día de su evaporación había aprendido a reconocerla a través de reflejos: la ventanilla de un autobús, el dorso de una mano ajena, la sombra que cae antes del mediodía. Creí que viajar me curaría. No me importó saber que hay heridas hechas para nunca cicatrizar por más que uno se aleje del sable que las infligió.

Llegué al Barrio Chino una tarde pegajosa en que opté por renunciar a las indicaciones del teléfono celular y ceñirme al instinto de mis pies fatigados. A la entrada de un edificio angosto una mujer menuda, de edad indefinida y sonrisa forjada para turistas, sostenía un cartel que anunciaba tres tipos de masaje: de pies, de cuerpo entero y con aceite. Una hora doscientos bahts, dijo en un inglés carcomido como varias paredes de los alrededores, satisfacción garantizada. Su voz tenía la textura de una información secreta. Asentí sin estar totalmente seguro de ser yo quien asentía. Pies, atiné a decir para darme ánimos. Ella movió la cabeza en un gesto afirmativo y con el cartel bajo el brazo me precedió rumbo al ascensor antiguo pero reluciente en el que subimos hasta el décimo piso sin que mediara ni una palabra más.

En cualquier lugar de de Bangkok  lo real se desdibuja. Crédito: Instagram de Mauricio Montiel Figueiras
En cualquier lugar de de Bangkok lo real se desdibuja. Crédito: Instagram de Mauricio Montiel Figueiras

El salón de masajes era un rectángulo sumido en una penumbra artificialmente fresca, atravesado por sillones reclinables y un olor denso a aceites, ungüentos y algo más que no me fue posible identificar pero que relacioné con especias asiáticas. Con un leve sobresalto descubrí que yo era el único occidental. Escasos, los otros clientes permanecían callados mientras eran atendidos por sus masajistas igualmente silenciosas.

Luego de seguir sus instrucciones y entrar en un cubículo rodeado por cortinas de un rojo deslavado que me pareció extrañamente obsceno, donde cambié mis pantalones por unos pants azules similares a los de los pacientes de hospital que me llegaban a media pantorrilla, la mujer me sentó frente a un hombre calvo de camisa clara para después ocupar un taburete ante mí. Dijo una frase en tailandés, súbita como relámpago que anuncia una tormenta de verano. La estancia se acomodó a esa frase que se quedó reverberando unos segundos en la atmósfera.

Las manos de la mujer comenzaron su labor con una destreza que se antojaba milenaria pero fue la respiración la que marcó el ritmo. Entre una presión y otra su aliento se hacía audible, regular, preciso. A veces dejaba escapar una sílaba mínima, un sonido que no nombraba nada y sin embargo organizaba la espera. El contacto avanzaba, retrocedía, se demoraba. Mi cuerpo respondía antes de que yo pudiera decidirlo.

Tendidos en sus respectivos camastros en la otra mitad del salón, los otros clientes se rendían por entero a sus masajes corporales. Se percibían respiraciones profundas, gemidos bajos, una tensión que no buscaba salida. En medio de ese sosiego carnal, porque a fin de cuentas de carne tratan los masajes, brotó con la potencia invasora de la hiedra el llanto de un bebé, agudo, tenaz, proveniente del celular del hombre calvo reclinado frente a mí, es decir a espaldas de la mujer concentrada en mis pies. No supe si era una grabación que el hombre repetía o bien una transmisión en vivo que alguien le compartía. Nadie reaccionó, nadie alteró el papel que le había sido asignado en la obra misteriosa que se desarrollaba a mi alrededor. El llanto se instaló en el centro del salón y sostuvo la escena.

Cerré los ojos. El sonido se volvió continuo. La respiración de la mujer se superpuso al llanto, modulándolo. Pensé en el tiempo y en su capacidad para plegarse como caracol dentro de su caparazón, como calamar que busca evitar convertirse en comida frita de puesto callejero en el Barrio Chino. Escuchar exigía una atención absoluta y algo en mí respondió a esa exigencia. No al tacto sino a la anticipación, a la cadencia que prometía sin cumplir porque justo en la promesa y no en su cumplimiento radicaba el hechizo.

Abrí los ojos. Por un instante el rostro de mi masajista se alineó con el de ella, mi mujer evaporada. No fue un parecido exacto: fue un gesto detenido, una boca a punto de formular algo. La imagen se sostuvo apenas unos segundos, lo que dura el último aleteo de una mariposa agónica. Después quedó un resto viscoso, una persistencia incómoda.

Salí del salón de masajes con la sensación de haber recibido algo que no sabía usar. Esa misma noche soñé con ella. No me tocaba de inmediato pero me hablaba cerca, demasiado cerca. Su voz había cruzado un espacio inconmensurable y ahora se demoraba en mi oído, tibia, jadeante. El salón donde nos hallábamos era inmenso y sus límites se extraviaban en una oscuridad semejante al pelambre de un lobo. El llanto del bebé no cesaba: formaba parte del aire. En contraste la voz de ella era baja, medida. Yo no entendía todas las palabras: entendía las pausas. Cada frase abría un intervalo dentro del que mi cuerpo reaccionaba. Cuando aparecían untadas de un aceite fragante, las manos de ella llegaban tarde. El núcleo estaba en la espera, en la voz que avanzaba y se retiraba, en la promesa administrada con precisión. Entretanto otra voz hablaba en tailandés, dirigiéndose a mí. La cadencia era suave aunque insistente. No comprendía el contenido: comprendía la orientación. Desperté con el cuerpo alerta, los pies sensibles, el oído atento. Mi erección palpitaba, dolorosa, un segundo corazón en la entrepierna.

Los sueños se repitieron. Cambiaban los escenarios aunque no el mecanismo. A veces la voz era la de mi mujer evaporada; a veces se mezclaba con la de la masajista, con la del bebé, con otra voz sin cuerpo definido. Me levantaba con la impresión de haber sido llamado sin que mi nombre se completara. Caminaba bañado en sudor por Bangkok sintiendo de más, escuchando de más, añorando de más.

Decidí regresar al salón de masajes. Necesitaba verificar el origen de esa voz. Entré en el edificio angosto, subí al décimo piso en el ascensor que ya no se me ofreció tan reluciente. En el sitio del salón estaba instalado otro negocio: una oficina cuya función me resultó incomprensible y donde había varios televisores encendidos, números o lo que supuse eran números anunciados a voz en cuello. Pregunté. Nadie supo decirme nada porque nadie hablaba inglés. Bajé a la calle y volví a subir hasta el décimo piso. Nada: sólo pantallas y cifras. El edificio proponía otra sintaxis.

Esa noche el llanto retornó. O quizá jamás se había ido. No supe si provenía del sueño o de la calle, así que me vestí y salí del hotel.

Seguí el sonido entre el laberinto de callejones olorosos y sórdidos del Barrio Chino. Avanzaba y retrocedía. Se filtraba por las paredes. Se mezclaba con el zumbido eléctrico de los anuncios, con las risas de personas que no alcanzaba a distinguir. A ratos creía advertir pausas, modulaciones, inflexiones. No sabía si eran reales o bien parte del sueño o del salón de masajes que también se había evaporado.

Pensé en ella sin imágenes. Pensé en su voz, en la forma en que murmuraba mi nombre, en lo que prevalecía después del silencio entre piel y piel. El llanto del bebé permanecía. Doblé una esquina y el sonido se interrumpió, obligándome a detenerme. Y entonces volvió más apagado, seguido de una voz en tailandés que se dirigía a mí, únicamente a mí. La intimidad era inconfundible.

Ignoro cuánto caminé. El Barrio Chino se volvió una interminable sucesión de pasillos similares a las circunvoluciones de un cerebro gigantesco. El llanto seguía ahí, el reclamo inútil del hijo que ella y yo no habíamos tenido porque yo me había empecinado en negarle la oportunidad de vivir a fuerza de razonamientos corrosivos que no aceptaron discusión y que ahora me sonaban huecos como cascarones. En algún momento me detuve en seco. Sentí el cansancio en los pies y una atención concentrada, expectante: el peso de los dos fantasmas con que debía cargar.

La voz habló de nuevo con palabras que no entendí del todo. Pero entendí las pausas. Entendí la impotencia y la rabia.

Ojalá pudiera irme lejos.

Muy lejos de ti.

A un lugar donde nunca me encuentres.

Quizá al otro lado del mundo.

Cualquier sitio donde tu voz no pueda alcanzarme.

Ojalá pudiera desaparecer.

Di un paso.

Luego otro.

Y otro más.

De acuerdo, dije o al menos creí decir en voz alta. Aquí estoy. Más lejos no puedo estar para hallarme más cerca de ti.

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