De vez en cuando, los historiadores de la literatura mexicana discuten el origen de nuestras letras —un debate que por bizantino no está exento de arrojar inveterados prejuicios y temas de valiosa discusión más allá de la tertulia de café—, disponiendo sobre la mesa tópicos filosóficos y sociológicos, sucesos históricos o figuras de la vida literaria que aportarían argumentos para definir un antes y después, el kilómetro cero de nuestra expresión nacional o al menos, el registro de un movimiento bisagra y de transición a partir del cual se pueda anotar con firmeza nuestro gentilicio. Para ciertos estudiosos, la aparición del Diario de México en 1805 formulará en su cotidiana aparición la conciencia de una futura nación —con inocultable impudor podría decir “el alma de un pueblo”— que se sabía particular y distinta respecto de su metrópoli europea; en este reconocimiento, desde luego, la literatura aportará indagaciones del paisaje físico y espiritual del todavía virreinato de la Nueva España.
Otros críticos se decantaran por una efeméride, el 28 de septiembre de 1821, fecha de la promulgación de la independencia de México en cuya acta estamparían su firma —debajo de la de Agustín de Iturbide, su promotor estrella—, varios escritores, Francisco Manuel Sánchez de Tagle, Juan Francisco Azcárate y Lezama, José Miguel Guridi y Alcocer, entre otros. En tanto, la publicación, en 1816, de los primeros tomos de El Periquillo Sarniento de Joaquín Fernández de Lizardi arroja elementos convincentes a ciertos historiadores para apuntalar el comienzo de las letras patrias toda vez que en esta novela iniciática se concentra, con algarabía vital y riqueza lingüística, el crisol de una comunidad multirracial, fundamento social como cultural de lo que será México y lo mexicano según los filósofos y sociólogos de nuestro siglo XX.
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Incorporar El Iris. Periódico crítico y literario en los alegatos para establecer puntos de partida de la literatura mexicana tiene, lo sé, algunos inconvenientes. Para empezar, los animadores de nuestra primera revista literaria fueron extranjeros, José María Heredia, cubano y Claudio Linati y Florencio Galli, italianos. Desde el furor nacionalista esta propuesta de inclusión es inadmisible. Sin embargo, esta publicación cuyo primer número apareció el 4 de febrero de 1826, propuso a sus lectores una miscelánea selecta y actual en torno de asuntos literarios, históricos y científicos sin contenerse a tocar —asumiendo todos los riesgos, dada la condición migratoria de sus redactores— los temas candentes de la joven nación. Como lo anotan en la editorial, firmada por Heredia, su prioridad son sus lectores, con especial atención en “el bello secso” por lo que no se alimentará “la idea orgullosa de levantar en el Iris un monumento de gloria literaria a la nación o a nosotros mismos”.[1] Para mí, pecan de modestos, pero sobre todo, de cautos porque número a número este semanario fue construyendo un entramado cultural, inédito por la riqueza de sus contenidos y excepcional puesto que su empresa periodística se lanzaba al ruedo en un entorno inestable y, por momentos, hostil y siempre cuesta arriba.
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Después del fallido experimento del imperio iturbidista, el gobierno de Guadalupe Victoria intentó reorientar el rumbo de la nave republicana por la vía del federalismo según la Constitución de 1824. Los masones escoceses, monarquistas, clericales y centralistas, formaron el bando contrario del flamante gobierno, promoviendo su credo y sus críticas en el periódico El Sol, polemizando con la prensa opositora, El Águila Mexicana, sostenida por logia yorkina de inclinación federalista y espíritu jacobino. En este entramado político, con amenazas de reconquista por parte de España, se encuentran en el Café de Mercaderes a comienzos de 1826, dos de los futuros editores de El Iris, el poeta santiaguino, dramaturgo y periodista, José María Heredia de 22 años, abogado de profesión, conspirador en su patria, traductor curioso de novedades y el parmesano conde Claudio Linati, pintor y grabador, aventurero, soldado de élite del ejército napoleónico, escritor liberal y poeta poco inspirado. El tercer socio, el escritor multifacético Florencio Galli se hallaba laborando en las minas de Tlalpujahua donde, por cierto, supo de la obra y la fama de fray Manuel de Navarrete (1768-1809), el árcade mayor de nuestra poesía pastoril quien murió precisamente en este pueblo michoacano siendo guardián de su convento; los italianos se conocían de tiempo atrás, simpatizantes del movimiento libertador napoleónico, coincidieron en Barcelona donde animaron el periódico L’Europeo en compañía de intelectuales catalanes quienes comenzaban a enarbolar la bandera de la estética romántica.
En 1986, el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM publicó en dos tomos una edición facsimilar que reúne los cuarenta números de El Iris con textos introductorios de María del Carmen Ruiz Castañeda y Luis Mario Schneider. Un rescate de primera importancia. La figura de José María Heredia se agiganta al reconocer sus colaboraciones, poemas, crónicas, relatos, traducciones, crítica literaria y de teatro. Más allá de la fiebre antiespañola del momento, el cubano se anticipa a los modernistas y propone el conocimiento de otras tradiciones literarias para marcar una distancia respecto de la decadencia neoclásica que atravesaban las letras españolas así como de un romanticismo de proclama y encrucijada políticas; a partir de esta medida se planteó renovar el gusto del medio literario con la expectativa de incentivar la aventura y el riesgo: “En vez de inspirarnos desaliento , debemos ensanchar la esfera de nuestras ideas más allá de los límites que conocemos, para lanzarnos a la región de las cosas posibles, y buscar en ellas nuevos títulos de gloria”.[2] Por eso mismo, traduce a Byron y Campbell al tiempo que aborda el estado actual de la poesía inglesa y francesa, da a conocer al poeta colombiano José Fernández de Madrid y, sobre todo, ofrece una clase maestra de crítica literaria al diseccionar minuciosamente —otros dirán, tundir a palos— el libro Poesías del vate jalapeño Joaquín María del Castillo y Lanzas. Después de El Iris, proyecto que abandonó Heredia por diferencias con sus socios, el cubano hizo vida familiar y profesional en México, ejerciendo encargos políticos, educativos y periodísticos hasta su muerte, ocurrida el 7 de mayo de 1839; en esta etapa, fructífera, encabezaría nuevos proyectos editoriales como las revistas Miscelánea (1829-1832) y Minerva (1834),[3] ampliando su magisterio del que se benefició el joven poeta Fernando Calderón, figura de la primera generación del romanticismo mexicano.
Las aportaciones de Claudio Linati al arte y al periodismo en México fueron de primer orden. Dada su condición social, gozó de una educación humanística excepcional, maestros particulares en las artes, la literatura y las armas. Fue alumno de pintura de David, el artista favorito de Napoleón. Llega a México por recomendación del cónsul mexicano en Bélgica, el dramaturgo Eduardo de Gorostiza con el propósito de instalar la primera imprenta litográfica para la cual se provee en Londres de las máquinas y los materiales indicados. El 22 de diciembre de 1825 desembarca en Veracruz y comienza su aventura mexicana. En El Iris da a conocer las primeras litografías a color que lucen espectacularmente en sus páginas: figurines femeninos que muestras el último grito de la moda del vestir. Estos primeros ensayos servirán a Linati para decantar paulatinamente un trabajo de mayor investigación, artística y humana, conociendo en el día a día a los habitantes de la Ciudad de México y de sus alrededores como también de otras regiones del país, la costa veracruzana y la región del istmo de Tehuantepec. Por inmiscuirse en asuntos internos, sobre todo en los que tenía que ver la milicia, sumado a ciertas diferencias con Lucas Alemán, el italiano asumió que su temporada en México había concluido por lo que se embarcó el 13 de diciembre de 1826 en el bergantín Conveyance rumbo a Nueva York para, posteriormente tomar el Dawn, un navío que lo llevó a Amberes a mediados de marzo de 1827. Traía en su equipaje las 48 espléndidas litografías que al año siguiente publicaría en Bruselas, Carlos Sattanino, bajo el título Costumes civils, militares y réligiuex du Mexique, con textos en francés escritos por Linati, toda una joya del arte editorial que sueñan poseer los coleccionistas más exquisitos.
Contra todo pronóstico, el parmesano regresó a México desembarcando en Tampico el 6 de diciembre de 1832. ¿Cuáles eran sus planes? No lo sabremos porque, abatido por el vómito negro, moriría cinco días después. Su colega, Florencio Galli, colaborador de la Gaceta de Tampico y además corresponsal de El Águila Mexicana escribiría el obituario de su amigo: “La múltiple actividad de este escritor genial, de gran cultura artística, resultó muy útil para el progreso de nuestra ciudad…”[4] A dos siglos de distancias, revisar los números de El Iris nos coloca en la atmósfera de una etapa trepidante y convulsa, puesta a contraluz por la experiencia y la sensibilidad de tres recién llegados a México, un trío a los que la belleza despertaba un compromiso vital de la misma dimensión y exigencia que el que reclamaban la justicia y la libertad. El lector de ahora, en su repaso de los materiales firmados por Linati, Galli y Heredia en las páginas de la revista, presiente que allí está por comenzar algo, labores de cimentación, tal vez los primeros pasos del periodismo cultural mexicano y, por qué no, de nuestra literatura.
[1] Heredia, José María, “Introducción”, El Iris número 1, 4 de febrero de 1826, p. 1
[2] Heredia, José María, “Literatura francesa moderna”, El Iris número 12, 8 de abril de 1826, p. 93.
[3] La UNAM publicó una edición de los dos números de esta revista: Minerva. Periódico Literario, presentación, notas e índice de María del Carmen Ruiz Castañeda, México, 1972.
[4] Fantechi, Francesco, Claudio Linati. La vida aventurera de un revolucionario europeo del siglo XIX que introdujo la litografía a México y se involucró en sus afanes republicanos, UNAM, México, 2010, p. 215.