En Violentas mariposas (México, 2024), estridente ópera prima debut como autor total del comunicólogo capitalino con maestría en Cine y Video en Washington de 59 años Adolfo Dávila (cortos: de Apizamiki 89 a Ausencia [Dani] 23), premiada en Brooklyn, en el Ícaro de Guatemala y en Roma 25, el periodista Valdez (investigador del crimen organizado en colusión con el poder político) muere acribillado en su auto y tres meses después su hijo poeta adolescente Viktor (Alejandro Porter) se ha radicalizado ante la impunidad, adopta posturas anarquistas (“Hay que desaparecer al Estado”) que lo enfrentan a su hermana consolada por mantras budistas Tere (Norma Pablo) y al profe hegeliano (creyente en el Estado Absoluto) de la carrera de Filosofía en la UNAM, y lo escinden de los compañeros que se hacen reprimir en las calles exigiendo justicia (“Violentas mariposas/ orugas sumisas”), pero él se desahoga haciendo pintas con sus poemas incendiarios en espacios públicos, donde cierta noche conoce a la cantante tijuanense de banda punk en ruptura con el mundo entero Eva (Diana Laura Di) que se siente atraída por él, lo invita a su show de antro, lo lleva a su cubil, musicaliza uno de sus poemas y acaba haciendo sexo con el chavo tras compartirle una pasta en los labios, inician una relación en la que ella, estudiante unamita de Leyes y ya ejerciendo como auxiliadora de una esposa golpeada y como excarceladora de amigos y hasta de su repudiado exnovio Mateo (Germán Bracco), le descubre en cierta ocasión al ingenuo Viktor el horizonte del jazz subterráneo y lo acompaña a su grafiteo en un Banco vigiladísimo por policías corruptos vestidos de civil que madrean al joven y secuestran y ultrajan a Eva, quien tras el atentado logra huir, y al denunciar el hecho en el MP se topa con sus violadores sin ser vista, los identifica, los localiza y, asimismo atribulada por la muerte de su defendida legal a manos de su marido atrabiliario, decide, ayudada por Viktor, ejecutar con lujo de crueldad a sus violentadores, a modo de apoteosis de su emparejado e imparable estallido adolescente.
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El estallido adolescente elimina u omite la preminencia de cualquier nivel meramente descriptivo o naturalista del relato (aunque el arranque de la cinta parecería un tributo al emblemático periodista sinaloense Javier Valdez asesinado en el peñanietista mayo de 2017), optando por las dimensiones destellantes de una fantasía vibrante, una heterodoxa pieza de realismo crítico delirante, una fábula planteada en términos éticos y discursivos (porque el héroe cree en la destrucción del Estado ero en la palabra como principio de todo cambio y la heroína en la Justicia, un rutilante y objeto fílmico inimaginable sin la deslumbrante y alucinada fotografía de Federico Barbasosa o sin el ritmo frenético de la edición de Julián Santarriaga y del director en el límite de lo expresivo subliminal, más una contundente música punketa doméstica soberana de Martín Thulin siempre autoagasajándose, cual sinestesia o sobrecarga sensorial, como premonición revanchista gloriosa y gozosa de las visiones de la quemazón final.

El estallido adolescente coordina y trasciende un homenaje a lo más abrupto del arte callejero del grafiti homologado con la música punk para crear tanto el reflejo de un trepidante espíritu generacional como su prolongación poética asfixiada, por lo que no es raro que exacto a partir de las secuencias iniciales ambas manifestaciones creativas de la exasperación desesperanzada y la khátarsis se unan como vehículo de la unión emocional y antisocial de la desequilibrada pareja de criaturas al sonido de la misma estrofa versificada (“Rodando en una lata de metal/ sobre el asfalto de la capital/ la decadencia me rodea/ es irreal/ en el vacío me escondo a rodar/ soy una bomba a punto de estallar/ soy una herida que no deja de sangrar”), repitiéndose y reciclándose, reivindicando sus emblemáticas metamorfosis, hasta la saturación del hartazgo y el desborde, primero como una parrafada lírica más de las que suelta o vomita autárquicamente el chavo protagonista en la banda sonora, luego como una visceral pinta callejera del mismo que atrae y seduce a la chava falsa pelirroja destellante, enseguida como un work in progress cancionero que compone la heroína ante la burla de sus compañeros bandosos, a continuación como una balada en forma que literalmente se escupe acústicamente a la inmostrable concurrencia desde el escenario desaforado, después como una complicidad de la pareja amorosa jamás con intensidad erótica integrada (“Debería cobrarte regalías”), y finalmente como una memoria muerta en vida haciendo eco al idealismo de ambos personajes transformados.
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El estallido adolescente traza en esencia la trayectoria de dos personajes que trágicamente van perdiendo el vínculo con su propia identidad, igualándose en su deseo vindicador aquélla que creía en la Justicia y aquél que no creía en ella (como creer a la inversa en el cielo del bardo marxista Louis Aragon de La rosa y el rosedal), cual máxima elegancia maldita de un guion situado entre el esquematismo resplandeciente y la abstracción pura, invocando la lucidez palosdeciego de la pareja femivocalista-activista viril de El lenguaje de los machetes de Terrazas 11 y fincado en el retrato inmarcesible de una chava que enérgicamente elige con quién se acuesta pero debe intentar sobreponerse sin éxito a un ultraje tras el cristal esmerilado de la nada purificadora ducha, se rapa furiosa y clama gritoneante como nunca al micrófono desesperado, para acogerse por último bajo el acento puesto por su precoz poeta desencantado a su lema “Cuando la justicia falla la venganza es un acto de fe”.
Y el estallido adolescente termina contemplando a la desajustada y otra vez adánica pareja amorosa de Viktor y Eva marchando atónita y proyectándose sin cesar contra el incendio-Valhalla wagneriano de los machos violadores quemándose vivos dentro de su patrulla.