Hoy y aquí se debe buscar una economía política que, si bien no tiene que ser enteramente original, sí debe corresponder a la gran meta que se persigue.

Al iniciar nuestra vida independiente y como resultado inevitable de nuestra condición colonial previa, las grandes ideas que motivaron el debate político mexicano e inspiraron constituciones, instituciones y políticas económicas, tuvieron un origen externo. Con el correr del tiempo y la confrontación con la realidad, esas ideas y prácticas se fueron transformando.

El monarquismo y el proteccionismo fueron la base ideológica del imperio español en América y en México no murió con la independencia, sobrevivió hasta la restauración republicana. Su contraparte, el liberalismo, vino de un racimo de fuentes foráneas: de España (ahí se acuñó el término), de la ilustración francesa, de Inglaterra y del éxito de Estados Unidos, primera nueva nación del hemisferio.

La República Restaurada desembocó en un liberalismo económico mas no político; en una dictadura personal y oligárquica con preferencias por el positivismo francés (Comte). Para entonces habían arribado ya diferentes corrientes socialistas que alimentaron movimientos de corte mutualista o anarquista. La Revolución Mexicana abrevó de todas estas ideas, las mezcló y nacionalizó con elementos históricos propios, como el agrarismo zapatista, la tradición de las colonias agrícola-militares del norte villista, el indigenismo y el nacionalismo. Sin negar los elementos liberales en la Constitución de 1917 —heredados de la de 1857— esta fue ya una mixtura bastante mexicana.

El sistema autoritario, corporativo y de partido de Estado en que devino la Revolución de 1910, adoptó, en lo económico y tras la II Guerra Mundial, el proteccionismo y la “economía mixta” como la vía para industrializar y modernizar al país. La CEPAL proveyó un marco teórico que pretendía “quemar etapas” en el desarrollo capitalista en América Latina y no imitar los pasos seguidos por los países capitalistas centrales. Desde la izquierda encontraron nichos políticos e ideológicos una variedad de marxismos provenientes, de nuevo, de Europa, pero también de China y Cuba.

El modelo político autoritario y de economía basada en un mercado interno pequeño pero protegido en exceso empezó a mostrar deficiencias políticas —el 68 y sus secuelas— y económicas —un déficit crónico con el exterior— y en 1982 se colapsó. En la crisis, la tecnocracia se hizo del poder y dio un gran golpe de timón: el corazón del nuevo modelo económico —foráneo— fue el capitalismo neoliberal, sintetizado por el “Consenso de Washington” (1990): primacía del libre mercado y retracción del papel económico del Estado, tal como lo demandaban Estados Unidos y la pléyade de organismos internacionales bajo su control: Fondo Monetario Internacional et al. El Tratado de Libre Comercio, suscrito por México con Estados Unidos y Canadá en 1992, fue el candado de siete llaves que enganchó a México con la globalización, que se hizo ideología oficial.

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Hoy la “inevitabilidad” histórica de un mundo neoliberal (Francis Fukuyama dixit) está en duda. Sus supuestos beneficios no se filtraron hacia abajo como se prometió y se concentraron en el infame 0.01% superior. Y eso se combina hoy con el neonacionalismo agresivo de Trump en Estados Unidos.

En 2018, una insurgencia electoral en México puso fin a un sistema con gran déficit de legitimidad. El que le ha depuesto dice rechazar los dos pilares del arreglo pasado: autoritarismo y neoliberalismo. Al primero lo va a sustituir con la democracia política, pero respecto del segundo no hay claridad. Al proyecto económico de la 4T le está faltando precisar y explicar el conjunto de ideas que orientan tanto el desmantelamiento del neoliberalismo, como la construcción teórica de su remplazo, que, si bien aún no tiene nombre, tiene contenido: darle al Estado un papel central en el proceso del desarrollo económico y social (redistribución).

Hoy pareciera haber una lucha interna dentro del gobierno por precisar el modelo económico a seguir. Urge optar ya por, y dar forma a un conjunto de ideas básicas que llenen a plenitud el vacío dejado por la ideología neoliberal y sean la brújula del cambio.

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