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Oscar de Buen López de Heredia: la fecunda vida de un ingeniero ejemplar

11/06/2019 |01:15
Redacción El Universal
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Para quienes tuvimos la enorme fortuna de conocerlo, la vida de Óscar de Buen López de Heredia fue un valioso ejemplo en muchos aspectos: su extraordinaria voluntad para superar la adversidad, su apasionado compromiso con su trabajo, su amor por su familia, su vocación por la cultura y hasta su peculiar sentido del humor, hacen que el haberlo tratado haya sido un verdadero privilegio. Al cumplirse un año de su sentido fallecimiento, sea este breve recuento de algunos hechos de su fecunda vida, un testimonio de mi reconocimiento como un verdadero profesional de la ingeniería y de mi agradecimiento por su amistad, de la que disfruté durante muchos años.





Oscar de Buen López de Heredia: la fecunda vida de un ingeniero ejemplar

Fotógrafo: Pepe Escárpita

Sus estudios

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Mexicano por adopción, Óscar de Buen López de Heredia fue español por nacimiento; vio la primera luz en Madrid y allí realizó sus estudios primarios e inició lo que en el sistema escolar de nuestro país sería la instrucción secundaria; sin embargo, por razones políticas, y en razón de pertenecer a una distinguida familia republicana, al término de la guerra civil que vivió España de 1936 a 1939 y en la que perdió la vida su padre, un prestigiado médico, se vio obligado a huir del franquismo emigrando a México en compañía de su madre y sus hermanos.

Después de una verdadera odisea viajando a través de Francia y los Estados Unidos, a mediados de 1940 y con 14 años de edad llegó a la ciudad de Morelia, Michoacán, donde se estableció con familiares que ahí residían y donde terminó su secundaria e inició el bachillerato. Radicó un tiempo en Morelia y en 1943 se trasladó a la Ciudad de México para estudiar en la Escuela Nacional Preparatoria.

Ya establecido en la ciudad de México, en 1943 concluyó su bachillerato en la Escuela Nacional Preparatoria, donde fue alumno del Ing. Javier Barros Sierra , quien en esa época escribía un libro de geometría analítica; Óscar recordaría en sus conversaciones que “nos pidió los apuntes porque se iba a quedar con los que más le gustaran para su libro y, a cambio, nos entregaría una copia. Se quedó con los míos y no me entregó nada. Años después, cuando ya daba clases en la Facultad de Ingeniería y él era el director, me dejó un ejemplar de la segunda edición con una dedicatoria: A mi querido amigo y colega, en recuerdo de ciertos apuntes que me clavé.”

En 1944, se inscribió en la Escuela Nacional de Ingenieros para realizar sus estudios profesionales, refiriendo años después que “No sé ni por qué elegí la carrera. De niño era bueno para las matemáticas y en aquel entonces no había muchas opciones para elegir una profesión, no había, como ahora, un “menú de carreras”.

Curiosamente, dada la extraordinaria relevancia y el reconocimiento que su ejercicio profesional como calculista de estructuras llegó a alcanzar, comentaba también que en la universidad jamás le gustaron las clases de estructuras de acero ni de concreto, porque “además de áridas y aburridas, no le enseñaron nada”. “Mi gusto por las estructuras de acero empezó cuando estudié por mi cuenta”.

Cuando estaba en tercer año, tuvo que empezar a trabajar porque la situación económica en su casa no era buena y lo hizo en el Departamento del Distrito Federal que fue donde encontró trabajo, primero como dibujante y luego atendiendo algunas obras de pavimentación.

“En aquella época, para estudiar ingeniería en la ciudad de México no había más que una posibilidad, pero teníamos ahí buenos profesores, los mejores de México – decía -, entre ellos, Javier Barros Sierra, que daba magníficas clases de matemáticas, aunque el profesor que más me influyó y creo que a toda mi generación, fue el Ing. Alberto J. Flores quien daba la materia de Estabilidad de las Construcciones, una de las principales. Era muy exigente y gracias a él se decía que la carrera no era ingeniería civil sino ingeniería estructural – también en parte, debido a la época que vivía el país, en el que se empezaba a construir gran parte de las ciudades, presas y caminos -; otra gran influencia fue la del Ing. Guillermo Salazar Polanco”. Por su magnífico desempeño académico, cuando era estudiante de cuarto año fungió como Ayudante de Profesor de Topografía.

Cursaba el último año de la universidad, cuando enfermó de polio. Especulaba Óscar que durante un recorrido por Xochimilco y como resultado de una broma estudiantil cayó al canal y tragó agua, adquirió entonces posiblemente la bacteria, que lo llevaría a perder la movilidad de la parte izquierda de su cuerpo, afectando todas sus extremidades excepto la superior derecha y confinándolo con el paso del tiempo a tener que desplazarse con un par de muletas, sin que ello interrumpiera sus estudios ni impidiera su matrimonio.

En 1954 obtuvo el título de ingeniero civil. Más tarde, realizó estudios de posgrado en Estructuras de Acero y en Computación, en las Universidades de Lehigh y Stanford, en los Estados Unidos.

Su ejercicio profesional

Oscar de Buen se inició profesionalmente en 1947 como dibujante en la oficina del Plano Regulador del Departamento del Distrito Federal; posteriormente, fue proyectista y luego jefe de proyectos de Macomber de México, S.A., una compañía fabricante de estructuras de acero. El primer proyecto importante que le tocó desarrollar y que además le sirvió como tema de su tesis profesional, fue el diseño del Auditorio Municipal – actualmente Auditorio Nacional – en 1952, una obra que tenía varias complejidades estructurales, entre éstas, un arco con un enorme claro y otros retos “que por lo difíciles, le quitaron un poco de chiste a las que vinieron después”, decía.

Cuando Macomber quebró, en 1955 comenzó a trabajar por su cuenta con su amigo Félix Colinas, pero en sus palabras “casi nos morimos de hambre”. Volvió al gobierno, hasta que el trabajo que les encargaban era tanto, que decidieron dejar sus puestos en la Secretaría de Marina y fundar, en 1960, la empresa de cálculo y diseño de estructuras Colinas de Buen, S. A.

Ya con su empresa, participó en obras tan importantes como el Estadio Azteca, la Basílica de Guadalupe, la Torre de Pemex, la remodelación del Auditorio Nacional, la Torre AXA – antes Torre de Mexicana -, la cúpula y renovación del Palacio de los Deportes, el Museo Soumaya, la Torre BBVA Bancomer, el Auditorio del Centro Médico Nacional, la reestructuración del Palacio Nacional y de la Columna de la Independencia, los puentes del distribuidor “Tacuba”, el Palacio Legislativo de San Lázaro y el tren ligero Pantitlán – Los Reyes, incluyendo los puentes metálicos sobre la calzada Ignacio Zaragoza, el Circuito Interior, la Universidad Iberoamericana, la cúpula de los que se supone fueron los baños de Moctezuma en Oaxtepec, el paraguas del Museo Nacional de Antropología e Historia, un complejo proyecto que también marcó su carrera, y la cubierta del gimnasio del IMSS en San Bartolo Naucalpan, además de muchísimos edificios y naves industriales.

A mediados del siglo pasado, en México se construía y se realizaban grandes obras de infraestructura. El Ingeniero De Buen fue el hombre de las estructuras, esas que hacen que tome forma el diseño arquitectónico, pero que muy pocos tienen conciencia de que existen. Sus proyectos fueron resultado de la combinación de su tenacidad, su sagacidad y su pragmatismo, con la aplicación de la tecnología para diseñar un edificio, donde el mayor secreto no estaba en los cálculos matemáticos, sino en el carácter y la identidad que le imprimía al momento de concebir su sistema estructural y su funcionamiento.

Óscar decía “me gusta la variedad de las cosas; no es lo mismo un edificio que una cubierta para un gimnasio, o el Auditorio Nacional o la Basílica de Guadalupe. Cada uno es un problema distinto que obliga a pensar y desarrollar soluciones para ese problema. No se aburre uno”. Sabía que mientras haya algo que construir, los ingenieros serán necesarios, pero se desencantaba al evaluar la evolución de la ingeniería de nuestro país y su transición entre los últimos dos siglos. Muchos edificios ya no son hechos con ingeniería 100% mexicana como ocurrió con la infraestructura que aportó su generación y cuya capacidad quedó más que probada.

Su labor docente

El ingeniero De Buen abrazó con entusiasmo la docencia y la investigación. En 1952 inició a impartir la cátedra de Estabilidad de las Construcciones, en la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional Autónoma de México, a las que siguieron las de Estructuras de Acero, Estructuras Hiperestáticas y Análisis y Diseño Estructural. Fue fundador de la División de Estudios de Posgrado de la misma facultad, en la que impartió, entre otras asignaturas, Teoría General de las Estructuras y Diseño Avanzado de Estructuras de Acero.

Dio clases hasta 1994, cuando debió retirarse por las consecuencias de una operación en el hombro derecho. Durante 43 años tuvo fama de maestro exigente, pero que hacía todo su esfuerzo porque sus alumnos aprendieran. Contaba que lo que no le gustaba era calificar los exámenes, porque no lo hacía de acuerdo al resultado final, sino al desarrollo del procedimiento que se había seguido para resolver el problema “y era una lata”. Entre sus alumnos contó a Roger Díaz de Cossío, que luego fue Subsecretario de Educación; al doctor Luis Esteva Maraboto, muy distinguido en ingeniería sísmica; al maestro en ingeniería Enrique del Valle Calderón y al ingeniero Alfonso Rico Rodríguez.

Se preocupó y se ocupó de que en el reglamento de construcciones para la Ciudad de México se aumentaran las intensidades sísmicas que deben resistir las construcciones. de Colinas- De Buen, S.A. de C.V.e, fue proyectista y luego jefe de proyectos de Macomber de MImpartió cursos de actualización para la aplicación de diferentes reglamentos de construcción para la Ciudad de México y cursos especiales para el diseño de estructuras resistentes a sismos, así como de diseño plástico de estructuras de acero y sobre diversos temas relacionados con las estructuras en Estados Unidos, México, Ecuador, Perú, Colombia y Chile. También dictó conferencias y participó en mesas redondas y seminarios.

Su libro, Estructuras de acero: comportamiento y diseño, editado por Limusa y publicado en 1980, se sigue usando como libro de texto; Estructuras de acero para edificaciones fue publicado en tres tomos por la Fundación ICA – Ingenieros Civiles Asociados-. Fue autor de los manuales para el análisis estructural y de estructuras de acero de la Comisión Federal de Electricidad y también tomó parte en la elaboración de los reglamentos de construcción y manuales más importantes en nuestro país. Publicó más de 50 artículos técnicos sobre temas relacionados principalmente con las estructuras metálicas, el diseño plástico y la ingeniería sísmica.

Su actividad gremial.

Su participación gremial también fue intensa y encomiable. Fungió como miembro del Consejo Directivo del Colegio de Ingenieros Civiles, Director Técnico del XII Congreso Nacional de Ingeniería Civil en 1983, Director de Premios y Reconocimientos del CICM y Presidente de la Comisión de Admisión de Nuevos Académicos de la Academia Mexicana de Ingeniería.

Perteneció a las siguientes sociedades profesionales: Colegio de Ingenieros Civiles de México; Sociedad Mexicana de Ingeniería Sísmica; Sociedad de Ex – Alumnos de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional; American Society of Civil Engineers (ASCE); American Welding Society (AWS); American Concrete Institute (ACI); American Society for Engineering Education (ASEE); Academia de la Investigación Científica; Sociedad Mexicana de Ingeniería Estructural; Intemational Association for Bridge and Estructural Engineering, (Zurich, Suiza); Academia Mexicana de Ingeniería.

Premios y reconocimientos

Entre los premios de carácter nacional relacionados con la ingeniería que recibió, podemos mencionar el Premio Nacional de Ingeniería 1999, el Vector de Oro de la Unión Panamericana de Asociaciones de Ingenieros – UPADI y fue Académico de Honor de la Academia de Ingeniería. En 2016, la revista “Obras” lo reconoció con el Premio Obra del año a la Trayectoria.

Por la importancia y calidad de su obra académica mereció prácticamente todos los premios y distinciones universitarias, entre ellos, el Premio Nacional a la Docencia “Mariano Hernández Barrenechea”, otorgado por el Colegio de Ingenieros Civiles en 1980; el Premio “Ingeniero José López Portillo y Weber”, otorgado por la Academia Mexicana de Ingeniería, en 1980; el Premio Nacional “Javier Barros Sierra” al mejor libro de Ingeniería Civil publicado en México en los dos últimos años, en 1982.

Desde 1983, fue Profesor Emérito de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional Autónoma de México; Premio Universidad Nacional en el área de Docencia en Ciencias Exactas, en 1986; recibió la condecoración como profesor emérito exiliado, homenaje de la UNAM a sus maestros del exilio republicano español, en 1989.

Relacionados con la arquitectura, en 2016 recibió la Medalla Bellas Artes. “En siete décadas de ejercicio experto, visionario y comprometido, las soluciones estructurales del ingeniero De Buen han sido fundamentales para el desarrollo y materialización de los ideales creativos de varias generaciones de arquitectos”, se dijo entonces, reconociendo a “un extraordinario talento y un humanista en el sentido más amplio”.

El hombre

Óscar era un hombre bueno. Un hombre noble y de gran carisma. Un hombre singular que lo hizo todo a base de trabajo y constancia. Tenía una gran capacidad de compromiso, tenacidad, orden, una disciplina admirable y una gran fortaleza ante la adversidad. Visitaba las obras y su puntualidad era proverbial. Era veraz, lúcido, cuestionador, crítico, analítico y muy observador, con la gran experiencia que le otorgaron la experiencia y el conocimiento acumulado.

No fingía pasiones, sueños, ni musas inspiradoras a quienes atribuir el mérito de ser uno de los ingenieros en estructuras de acero más importantes del país. Nunca alardeaba ni se andaba con tapujos, era genial, pero simplemente decía “ no me considero ningún genio en mi vida profesional, ni tengo la facilidad de inspirarme para proyectar como la tienen la mayor parte de los arquitectos, solo soy una persona que ha estudiado y trabajado mucho. Estoy al corriente de las cosas y las sé aplicar bien”.

Hombre sabio, inteligente y sensato. De clara inteligencia, mente crítica y serio al conversar. Amable y sencillo, tenía una gran preocupación por enseñar y por ser entendido, con una gran generosidad o una falta completa de egoísmo, se caracterizaba por su claridad de exposición que reflejaba su claridad de pensamiento y su dominio del tema.

Hombre verdadera y profundamente culto, que no chocaba con el hombre realista y honesto. Su pasión era la lectura. Le gustaba leer literatura e historia y podía hacerlo en español, inglés y francés. Un tiempo le gustó escuchar música sinfónica, música popular mexicana y tango, pero nunca tragó el rock. También era dueño de un particular sentido del humor.

Junto con su esposa Estela, una mujer extraordinaria que estuvo siempre a su lado en todos los retos y logros, formó una familia de 5 hijos a los que heredó los valores de la honradez, el amor y el respeto por el estudio y el trabajo. Su modo de vida fue el de un universitario austero y como el Quijote, su ejercicio fue el estudio y su descanso la enseñanza.

Su pensamiento

“Los ingenieros aparecemos solo cuando hay un problema; si no, ni quien sepa que existimos”.

“Me gusta lo que hago. Me he dedicado a las grandes obras urbanas porque todas las actividades del hombre se llevan a cabo en una estructura. Es un trabajo bonito, en el que nunca se deja de estudiar”.

“La estructura ideal debe ser una que responda adecuadamente a las cargas y a otro tipo de acciones que debe resistir, cumpliendo con condiciones adecuadas de seguridad y de economía, y economía no quiere decir que cueste poco; que cueste lo que deba costar”.

“Antes de la década de los veinte, la gran infraestructura pública – puertos, ferrocarriles, petróleo -, era construida por extranjeros. Más o menos en los años en los que yo nací, la ingeniería se volvió mexicana, se creó la Comisión Federal de Electricidad, la Comisión Nacional de Irrigación, poco después Petróleos Mexicanos. Entonces los mexicanos tenían puestos importantes no eran gente de segunda”.

“Cuando empecé a trabajar, se presentaba el sube y baja de los ciclos sexenales. Al final de cada sexenio no había trabajo, pero se sentía que las cosas iban mejorando, no solo en la ingeniería sino en el país en general. Esa sensación yo la dejé de sentir a partir del 68. Como desde entonces las cosas han venido para abajo, incluso la ingeniería mexicana está dejando de serlo”.

“La falta de recursos públicos en México alienta las inversiones y el personal foráneo dejando en segundo plano a los despachos nacionales como maquiladores de sus proyectos sin la posibilidad de adquirir su experiencia”.

Otro factor es la escasez de ingenieros civiles mexicanos. A los jóvenes no les llama la atención esta profesión porque “no está de moda”, se trabaja mucho, hay mucha responsabilidad y no se gana lo que ofrecen en otras carreras. Hay más oportunidades, pero fuera de México y muchos jóvenes se están yendo, pero aún afuera, la ingeniería civil está perdiendo interés ante ingenierías como la electrónica y los sistemas”.

“El problema de fondo es que a veces los profesores no saben enseñar matemáticas y “se las hacen odiosas a la mayor parte de la gente”.

“Las universidades públicas – con todos sus defectos – han servido para que exista una gran permeabilidad social, mucha gente que no hubiese podido estudiar en universidades, en la UNAM ha podido hacer una carrera y pasar de un nivel social a otro, pero cada vez las universidades públicas tienen menos dinero. En cambio, las universidades particulares se llevan la mayor parte y ahí estudian los que tienen dinero, con lo cual la brecha que favorece a unos cuantos se hace más profunda”.

“Tenemos mucha competencia con compañías extranjeras que están comprando todo y la ingeniería viene de allá. Sin embargo, la ingeniería civil sigue aún con buen nivel, pero si las cosas siguen como van, contratándose proyectos que vienen del extranjero con dinero de fuera, los ingenieros mexicanos estarán en un segundo plano”.

“Un país como México, que cada vez crece más, va a necesitar habitación, transporte, pero no hay dinero para nada y no se construye infraestructura”.

“Cuando yo empecé, teníamos que simplificar las cosas, porque para resolver una estructura compleja, solo existían métodos para hacerlo a mano. Eso requería horas, meses y se llegaba a sistemas de ecuaciones muy grandes en las que se perdía precisión y había que buscar sistemas de reducción y uno sabía lo que estaba haciendo. Se tenía el control”.

“Las computadoras nos quitaron el trabajo de hacer números y números y se tiene la impresión de que las cosas se pueden hacer de hoy para mañana y no es verdad. Se puede hacer un edificio en un día, pero muy mal. Algo que va pasar cuando la gente de mi generación desaparezca es que si bien los muchachos son muy buenos para las computadoras, no saben lo que están haciendo. Hoy que es fácil modelar un edificio, al meterlo a la computadora se tiene tal cantidad de información que si uno no sabe un poco, puede cometer errores garrafales y se pierde el control de todo”.