La integridad corporativa en México ha dejado de ser un concepto etéreo para transformarse en un factor crítico de viabilidad financiera. En un entorno donde la competitividad se mide por la eficiencia, el fraude interno debe ser denunciado como una fuga sistémica que compromete la supervivencia de las organizaciones.

Es imposible ignorar que la ética es, en última instancia, una variable macroeconómica: datos de la Asociación de Examinadores de Fraude Certificados (ACFE, por sus siglas en inglés) estiman que las empresas pierden 5% de sus ingresos anuales por deshonestidad laboral. Trasladar esta cifra al Producto Interno Bruto (PIB) nacional revela un impacto estructural que compromete la inversión y la generación de empleo.

El fenómeno es alarmante: una de cada dos empresas en el país ha sufrido fraudes cometidos por sus propios colaboradores en el último año. Esta estadística obliga a las juntas directivas a dejar de ver al "compliance" como un trámite administrativo para entenderlo como un blindaje financiero estratégico.

El peso jerárquico de la deshonestidad

La magnitud del daño escala drásticamente según la jerarquía del perpetrador. Mientras un colaborador operativo causa pérdidas promedio de 30 mil dólares, un gerente eleva esa cifra a 300 mil dólares por caso. El poder mal gestionado es el multiplicador más peligroso del riesgo patrimonial.

En el nivel de ejecutivos, el impacto promedio se dispara hasta los 675 mil dólares por incidencia. Es una falacia creer que a mayor rango existe mayor probabilidad; las posiciones altas son más difíciles de supervisar y los esquemas tardan más en ser descubiertos, exponiendo el capital a daños devastadores.

La debilidad en los controles internos y la falta de rendición de cuentas crean el escenario ideal para la malversación. No se trata sólo de un dilema moral, sino de una falla técnica en la gobernanza que permite la alteración de estados financieros y el soborno en todos los niveles.

La mentira como síntoma preventivo

A través del Reporte de Integridad Laboral Midot, observamos que la predisposición a estas conductas es detectable antes del daño. En México, 32% de los aspirantes admite haber maquillado su currículum. Normalizar esta falta bajo el pretexto de la necesidad de empleo es un error estratégico de reclutamiento.

Sostengo que la mentira inicial no es un acto aislado, sino el primer indicador de una ética maleable. Quien falsea su identidad profesional para ingresar a una organización, tiende a normalizar otros comportamientos inadecuados una vez que tiene acceso a los activos y secretos industriales de la compañía.

Mentir en la formación académica o la experiencia es la falta más común en México. Cuando la integridad se vulnera desde el primer contacto, la seguridad financiera de la organización queda en riesgo permanente, pues se ha contratado a alguien cuya lealtad al protocolo es, por definición, inexistente.

Impacto sistémico y soluciones de fondo

Cuando la deshonestidad se infiltra en la nómina, la productividad total puede caer hasta 40%. El fraude interno es el lastre oculto que impide a las empresas mexicanas escalar en los mercados globales, elevando los costos operativos y distorsionando la competencia justa.

Es imperativo transitar hacia un modelo de gestión basado en la prevención proactiva y no sólo en la reacción punitiva. La gobernanza efectiva debe incluir evaluaciones de integridad validadas, canales de denuncia protegidos y una política de transparencia total frente a todos los grupos de interés.

Las empresas que consolidan un personal de confianza suelen ser 25% más productivas. Blindar la organización no es una opción filantrópica, es una necesidad de rentabilidad; la integridad debe ser, hoy más que nunca, la métrica de salud corporativa más importante del país.

*Director General para México y Latinoamérica de Midot

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