Las noticias de los últimos días me han hecho pensar en el fin del mundo o, mejor dicho, del primer mundo. . . Y esta vez no me refiero a Donald Trump ni a nada que tenga que ver con Estados Unidos aun cuando, la semana pasada, el gobierno de Mississipi aprobara la ley 1523 que protege la libertad de creencia del acta gubernamental de discriminación, mejor conocida como la iniciativa anti LGBT, sino al caso de Gran Bretaña, donde, como parte de un estudio que, en aras de garantizar la seguridad de los niños en internet, propone la verificación obligatoria de edad para tener acceso a sitios de pornografía.
Hasta aquí todo va bien. De hecho, el documento británico (AQUÍ VA VÍNCULO: https://www.gov.uk/government/uploads/system/uploads/attachment_data/file/500729/AV_ConsultationDCMS_20160216.pdf toma como modelo el caso de Alemania, donde, a través de la aplicación de controles y el involucramiento de varias instancias, entre ellas los proveedores de contenidos pornográficos, el alcance de este tipo de materiales se ha vuelto un tanto más restringido.
Otra vez, hasta aquí todo va bien. Lo que en un momento dado brinca son los ejemplos que dicho estudio cita para confirmar algunas de las tesis sobre la vulnerabilidad de los menores de edad ante la oferta pornográfica y cómo el hecho de guardar expectativas fuera de la realidad puede traer consecuencias negativas en sus relaciones sexuales e interpersonales.

Al hablar del impacto del porno en el desarrollo del cerebro infantil, se citan las investigaciones de la Universidad de Pennsylvania, según las cuales el consumo repetido de pornografía puede derivar en una neuro-adaptación de dicho órgano, toda vez que éste aún se encuentra en desarrollo. Lo que nos lleva a otro de los argumentos: la normalización de lo que la pornografía proyecta, como los estereotipos de sumisión femenina y escenarios increíbles, además del efecto en actividades sexuales no deseadas y aquí es donde pone como ejemplo el sexo anal: presente en “56 por ciento” de las escenas de la pornografía mainstream a pesar de que hay investigaciones “que sugieren que no siempre es una actividad placentera para las mujeres jóvenes”.
Ay, el sexo anal. Otro tema que divide opiniones, tan amado como odiado; tan hablado, manoseado y dedeado; tan sensible e incomprendido; tan explotado y abusado; tan prohibido, tan tabú.
Del sexo anal se dice que sólo duele al principio y que después todo es felicidad.
El problema es que ese principio va más allá de la puntita. La antesala del sexo anal puede estar poblada de dudas, sospechas y temores, no sé si unos más válidos que otros, pero reales y significativos para cada quien. Aquí va una lista de los que yo he investigado o que me han sido compartidos o que también me ha tocado vivir. Por ejemplo:
--Molestia y dolor.
–La sensación de defecar.
--Cuando se asocia con tendencias homosexuales.
--El temor de que suplante a la vagina y que ésta pase a una clase inferior o, peor aún, que pase al olvido.
--El temor de que el ano y recto se “aguanguen” (sic).
--El temor de que el ano y el recto se agrieten.
--El pavor de que el esfínter se relaje de por vida y uno defeque sin control alguno.
--Un agujerito (sic) se prefiere a otro porque aprieta más.
--El riesgo de que se libere materia fecal.
--Que sea una amenaza.
--Que sea una exigencia.
--Tenerlo salva y protege a un matrimonio, como en su momento lo hizo el coito vaginal o la felación o lo que ustedes digan: La clásica: “Si tú no se lo das, lo buscará en otra” y demás joyas.
--No tenerlo o negarse a tenerlo o decir que se va a tener, aunque no se diga cuándo, puede mantener a un pretendiente o a un amante siempre en pie.
--Tenerlo o no tenerlo o alborotar a alguien con que quizá lo llegue a tener puede garantizar regalos, ropa, zapatos, un auto, viajes.
--Se tiene sexo anal para, literalmente, encular a alguien (de qué tamaño será el prejuicio que un personaje cómico de televisión fue vetado por decir que la única verdad del sexo anal era que nos hacía “enamorarnos más”).
--Es la nueva “prueba de amor”. Ah, menos mal, yo pensé que la nueva prueba era escupir.
Recuerdo la escena del anilinguo en Sex and the city y cómo la discusión entre las amigas las llevó a preguntarse en qué momento (el ano) había empezado a ser parte del juego. Pero, ¿es necesario hablar de un antes ni un después? ¿No es más sensato referirnos a exploraciones naturales que, por los siglos de los siglos, se enfrentan con etiquetas y censura o con relajamiento y apertura?
Ay, el sexo anal. Sí es una lata cuando alguien se encapricha, como si no hubiera otra cosa: por ahí dicen que el que más lo pide, es con quien menos se antoja tenerlo. ¿Será? También es chocante cuando se chantajea a la pareja para que coopere: recuerdo el caso de una chica a la que se le ocurrió confesarle a su pareja de entonces que con la anterior había tenido sexo anal y, bueno, nada más no se la acabó. Tiro por viaje y cada vez ella lo evitaba, él le decía: “No fuera el otro pendejo, porque a él sí se las dabas” y demás frases, todas igual de amables, al grado de que, para quitárselo de encima, la mujer tuvo que decirle: “Es que el otro pendejo la tenía así de chiquita”.
Ay, el sexo anal. En una guía sexual leí que nunca debe tenerse en la primera noche; en cambio en otra más progre leí que, cuando menos, no había que exigirlo. Que los orgasmos del coito anal se sienten y suenan muy diferente. Que es como si cagaras, pero ay de ti si la cagas.
Según el reporte del Departamento británico de Medios, Cultura y Deportes, a diferencia de 1992, cuando, según un estudio, 16 por ciento de mujeres entre los 18 y los 24 años habían intentado tener sexo anal, hoy día la cifra ha aumentado a 36.3 por ciento: algún chiste debe tener el sexo anal o, por lo menos, alguna voz deben tener las mujeres que lo practican y lo disfrutan, que lo practican porque lo disfrutan.
No hay ningún problema con instalar controles para verificar que los consumidores de pornografía online sean mayores de edad. Tampoco hay problema alguno con que esta restricción busque proteger a los niños de contenidos para los que su cerebro no está suficientemente desarrollado. Una cosa es la salud y la protección contra el abuso y contra la violencia. Lo que no se vale es que, dizque bajita la mano, los gobiernos se quieran meter a nuestra cama y nos digan qué y cómo y cada cuándo debemos hacerlo y le pongan un tache o palomita a lo que pasa en nuestra intimidad.
Nunca más pertinente el dicho de: Que cada quien haga de su culo un papalote. Gobiernos: prohibido el paso.
