Más Información

Noroña abandona entrevista; estalla por señalamientos de viajes en primera clase y "mansión" en Tepoztlán

De Meryl Streep a Jamie Lee Curtis y Viola Davis; celebridades de Hollywood celebran el liderazgo de Sheinbaum

De la Fuente regresa a la vida académica en la UNAM; deja Cancillería y Roberto Velasco lo reemplaza

Indignación es lo menos que me provoca el video en el que un joven tortura a un indigente en Tijuana.
Conforme lo observo, guardo la ilusión de que pronto va a terminar y todo lo contrario: continúa y en aumento.
Me perturba que el muchacho, de nombre Adal Mundo, aumente la intensidad de la agresión y que sus cómplices lo secunden y se rían ante la humillación y la indefensión del hombre de la calle, Juan Carlos Rodríguez.
Me desgarra la voz de súplica y desesperación con que, obligado y amenazado por Adal, Juan Carlos repite una serie de frases denigrantes, propias del orgullo machín y de la cintura para abajo: metérsela, mamársela toda, atascarse.
Me estruja el corazón que Adal le apague un cigarro en el pecho a Juan Carlos y atestiguar el dolor que le produce, que lo prevenga de quejarse y al final lo obligue a desnudarse.
Según información reciente, Adal Mundo se entregó a las autoridades ‘’por su propia voluntad’’. Declaró que se trató de ‘’un simple juego” por creerse ‘’la gran cosa’’ que ahora sí está arrepentido y que tuvo una ‘’mala decisión al actuar así’’ con una persona que ni siquiera sabe quién es.
Nosotros ya sabemos: es Juan Carlos Rodríguez. Por ahí corrieron versiones de que había perdonado a su agresor y que la familia de este último se haría cargo de su rehabilitación.
No creo en el ojo por ojo, diente por diente, sin embargo, como en la denuncia que hizo Anonymous, no basta con pedir perdón. Es más: no se trata de eso.
El abuso, ¿no es acaso lo que nos indigna en las imágenes difundidas por ISIS o de los sicarios mexicanos o las fotografías en que elementos estadounidenses humillaron y torturaron a varios presos en Abu Ghraib?
Desde luego vino a mi mente aquella escena de Los olvidados, de Luis Buñuel, cuando Jaibo intenta robar a un ciego y lo golpea en un descampado. Pero sobre todo la escena con que comienza Naranja Mecánica, de Stanley Kubrick, que muestra a un vagabundo, al que Alex llama ‘’apestoso, borracho y viejo’’ y al que golpea apenas le pide dinero, aplaudido y secundado por los otros miembros de la pandilla.
Al final de la película, el vagabundo se reencuentra con un Alex reformado, vuelve a pedirle unas monedas y, al reconocerlo, llama a otros indigentes a lincharlo. Llega la policía y vemos que los oficiales son, precisamente, sus antiguos compañeros de pandilla.
Justicia poética, que le llaman.
En el caso de Tijuana sólo pedimos justicia.
Lo de Adal y sus amigos no fue ‘’simple juego’’. Adal pasó por encima de una persona: la violentó y exhibió. Tampoco puede quedarse como ‘’una mala decisión’’. Fue una cadena de atropellos y vejaciones sin consideración ni reparo hacia la integridad y la dignidad de Juan Carlos, de quien se abusó sistemáticamente. Las cosas por su nombre.
Noticias según tus intereses
[Publicidad]
[Publicidad]










