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La ilegalidad aprendida

15/08/2016 |07:17
Redacción El Universal
Periodista de EL UNIVERSALVer perfil

En el informe de mayo de 2016 del Observatorio Nacional Ciudadano (ONC) se argumenta que la crisis de seguridad que se ha experimentado en nuestro país en los últimos diez años es evidencia de la ineficacia de las políticas públicas y, posiblemente, de la indiferencia de las autoridades encargadas de la instrumentalización de dichas políticas.





Este fenómeno parece estar tan evidentemente reflejado en las realidades que experimentamos los mexicanos, que incluso sin contar con los datos con los que el ONC sustenta sus argumentos, cualquier ciudadano de a pie puede validar como verdadera esa penosa situación en México: la inseguridad es un problema serio que afecta cada vez a más personas.

Más que analizar el problema de eficacia y eficiencia en la administración pública en materia de seguridad, o esgrimir mis opiniones sobre lo que está mal o está bien en las estrategias del gobierno en el tema de seguridad y legalidad, me permito centrarme en una arista que considero ha sido poco discutida cuando se habla de estos temas: la ilegalidad como práctica y cultura aprendidas.

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El propósito que persigo en este artículo es exponer el proceso de aprendizaje que, en mi opinión, subyace a las prácticas ilegales. Cabe destacar que no pretendo que se interprete como una apología del delito, mi intención es hacer hincapié en que existe todo un proceso para la adopción de la ilegalidad como una práctica habitual, estilo de vida o cultura.

Aprendizaje: entre la supervivencia y el desarrollo

Los seres humanos nacemos con una carga genética que nos condicionará durante toda la vida y, a la vez, con la capacidad de adaptarnos para sobrevivir e incluso desarrollar nuevas habilidades y capacidades que nos lleven a estadios superiores. Esta capacidad de adaptación y desarrollo es lo que los psicólogos cognitivos y educólogos denominan aprendizaje.

El aprendizaje es un proceso de desequilibrio cognitivo en el que las personas integramos nueva información a las estructuras de pensamiento preexistentes hasta alcanzar un nuevo un equilibrio. Esto es, ante la incertidumbre causada por la simple curiosidad o por la necesidad de desarrollar alguna habilidad que permita solucionar un problema, las personas buscamos información que nos ayude a responder a esa necesidad y la interiorizamos hasta lograr dominarla.

La nueva información interiorizada no nos pertenece, no nace de nosotros mismos. La información que integramos a nuestras estructuras cognitivas en el proceso de aprendizaje ha sido previamente validada por el contexto social al que pertenecemos, por lo tanto el aprendizaje individual está en función de la información, el conocimiento y las expectativas socialmente compartidas.

Asimismo, para que un aprendizaje sea significativo, esto es, para que sea integrado eficazmente a nuestros esquemas mentales se deben de cumplir dos condiciones: (i) por un lado debe ser información organizada lógicamente, esto es, debe de tener orden; y (ii) por otro lado, la información que se aprende debe contener un significado psicológico para el que aprende, esto es, debe de tener sentido.

La interiorización de la tranza como medio para el desarrollo

La máxima “el que no tranza, no avanza” a primera vista resulta un dicho despreciable, ya que la ilegalidad y la corrupción en México son modos de vida que no solo tienen consecuencias negativas para el crecimiento macroeconómico, sino que tiene serias repercusiones negativas sobre la economía de nuestras familias y su bienestar. La corrupción, la impunidad y la cultura de la ilegalidad representan los principales problemas en la sociedad mexicana y están claramente interrelacionadas entre sí.

Pero después de un segundo o tercer vistazo y de relacionar esa máxima con las experiencias cotidianas, la tranza parece más bien la contraseña para sobrevivir: pensemos en los trámites burocráticos que se pueden acelerar aplicando la máxima, en la fila del supermercado que podemos achicar si no respetamos el turno, en los minutos que ganamos si nos pasamos ese semáforo en rojo, y en general en todas las “ganancias” que representa no respetar las reglas.

Sacar ventaja particular del incumplimiento de las reglas sin ser detectado, ni mucho menos castigado por la falta, parece ser una habilidad digna de ser aprendida e incluso obligatoria para la supervivencia y el desarrollo en nuestro país. Las personas que tomamos los atajos necesarios logramos ventajas en comparación con aquellas personas que cumplen las reglas en la búsqueda del progreso y bienestar individual.

El aprendiz de ilegal

Tanto la cultura de la legalidad como la ilegalidad constituyen prácticas y valores aprendidos y reforzados en contextos determinados. Este reforzamiento se ve condicionado por elementos estructurales, así como por factores que emergen de la interacción social.

Por perspectiva estructural me refiero a las inequidades económicas, el desempleo y subempleo,  las fallas del sistema de justicia, la promulgación de leyes sin dientes, la falta de capacidades de las instituciones públicas de impartición de justicia, la ausencia de mecanismos efectivos de participación ciudadana postelectoral, entre otros.

En las interacciones sociales también se reciben refuerzos para el aprendizaje de la ilegalidad: los ejemplos de los padres y tutores al no respetar las reglas, la música popular que enaltece algunas prácticas ilegales y valores criminales, la indiferencia ante el dolor y el sufrimiento ajeno, la cultura de la simulación y del “aquí no pasa nada”, entre otros.

Puesto que no estamos genéticamente determinados como buenos o malos, como corruptos u honrados, como legales o ilegales, es plausible considerar que incluso el peor de los delincuentes experimentó un proceso de aprendizaje. De esta manera, es necesario reconocer que el gobernante corrupto, el violador, el narcotraficante y hasta el que hace trampa en un examen de oposición alguna vez fueron mentes puras y ávidas de nuevos conocimientos, que no nacieron como tales atentados a la legalidad y la bondad.

En consecuencia, la línea entre el legal y el ilegal, entre el delincuente y el ciudadano responsable es delgada, ya que nos resulta cómodo bajo ciertas circunstancias hacernos de la vista gorda o bien beneficiarnos de alguna ventaja que nos brinda el incumplimiento las reglas.

El aprendizaje de una cultura de la legalidad

La cultura de la legalidad se constituye por: (i) el respeto ciudadano a las leyes, (ii) la existencia de instituciones efectivas de impartición de justicia, (iii) la legitimidad que brindamos los ciudadanos a dichas instituciones., y (iv) un profundo análisis y debate del concepto de justicia

El respeto ciudadano de las leyes parece estar supeditado a la efectividad de sistemas punitivos, ya que cuando no existen castigos ejemplares tampoco existe la autorregulación ciudadana. En este sentido, la impunidad representa un obstáculo al cumplimiento de esta condición, ya que existen indicios de que en nuestro país no se castigan todos los delitos e incumplimiento de normas. Sin embargo, es necesario el convencimiento de los beneficios que representa el respeto del estado de derecho y actuar en consecuencia.

Íntimamente relacionado con el punto anterior está la necesidad de contar con instituciones de impartición de justicia que cumplan con su trabajo atendiendo al respeto de los derechos civiles y humanos, y que a la vez gocen de la confianza y reconocimiento ciudadano.

Por último, es fundamental que exista un constante debate sobre el concepto de justicia y las prácticas que debe acompañarlo, ya que abandonar ciegamente las funciones de definición e impartición de justicia exclusivamente a las procuradurías y tribunales representa el riesgo de la deshumanización de los procesos, requerimos participar y ciudadanizar la seguridad pública y la impartición de justicia.

Rubén Abdel Villavicencio Martínez

@Abdel_vm

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