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El segundo bloque del cuarto capítulo de la Amoris Laetitia incorpora la doctrina clásica del sacramento del Matrimonio, especialmente en lo que se refiere al bien de los cónyuges, en una perspectiva práctica y dinámica (nn. 120-164). Bajo la inspiración tanto de la Casti connubii, de Pío XI, como de la Familiaris Consortio, de san Juan Pablo II, la pista a seguir es la de la caridad conyugal, entendida como plenitud a la que está ordenado interiormente el amor de los esposos (cf. n. 120).
Como Sacramento, el Matrimonio “es un signo precioso”, porque Dios refleja su amor en los esposos (n. 121). Pero como una constante de su enfoque, el Papa Francisco recuerda la fragilidad humana, evitando que la dignidad matrimonial arroje “sobre dos personas limitadas el tremendo peso de tener que reproducir de manera perfecta la unión que existe entre Cristo y la Iglesia” (n.122). Esta tensión no puede significar ignorar o relativizar la belleza de la fe y la altísima vocación del hombre, sino marcar una nota de realismo que sólo se redime por la gracia.
De hecho, la indisolubilidad se formula directamente. La unión matrimonial “tiene todas las características de una buena amistad: búsqueda del bien del otro, reciprocidad, intimidad, ternura, estabilidad, y una semejanza entre los amigos que se va construyendo con la vida compartida. Pero el matrimonio agrega a todo ello una exclusividad indisoluble, que se expresa en el proyecto estable de compartir y construir juntos toda la existencia” (n. 123). Esto contrasta con una cultura de lo provisorio (cf. n. 124). A ello se le añade, además, que el matrimonio “incluye las notas propias de la pasión, pero orientadas a una unión cada vez más firme e intensa” (n. 125).
Sobre este punto abunda más adelante, hablando del “amor apasionado” y poniendo de manifiesto el papel de las emociones en el Matrimonio (cf. nn. 142-153), incluyendo en ello la dimensión erótica del amor, y remitiendo a la célebre e insuperable teología del cuerpo de san Juan Pablo II.
Pero el punto más remarcado mira a considerar el valor positivo del mismo amor. “Conviene cuidar la alegría del amor. Cuando la búsqueda del placer es obsesiva, nos encierra en una sola cosa y nos incapacita para encontrar otro tipo de satisfacciones. La alegría, en cambio, amplía la capacidad de gozar y nos permite encontrar gusto en realidades variadas, aun en las etapas de la vida donde el placer se apaga” (n. 126). De hecho, superando la visión del otro como un objeto y la cultura del consumo, se insiste ante todo en su valor como persona. “El amor al otro implica ese gusto de contemplar y valorar lo bello y sagrado de su ser personal, que existe más allá de mis necesidades. Esto me permite buscar su bien también cuando sé que no puede ser mío o cuando se ha vuelto físicamente desagradable, agresivo o molesto” (n.127).
El texto no deja de aterrizar a recomendaciones operativas muy concretas. Entre lo más notable encontramos su referencia al diálogo, “forma privilegiada e indispensable de vivir, expresar y madurar el amor” (n. 136). Así, recomienda “darse tiempo, tiempo de calidad, que consiste en escuchar con paciencia y atención, hasta que el otro haya expresado todo lo que necesitaba. Esto requiere la ascesis de no empezar a hablar antes del momento adecuado. En lugar de comenzar a dar opiniones o consejos, hay que asegurarse de haber escuchado todo lo que el otro necesitaba decir. Esto implica hacer un silencio interior para escuchar sin ruidos en el corazón o en la mente: despojarse de toda prisa, dejar a un lado las propias necesidades y urgencias, hacer espacio” (n. 137). De hecho, constata que “muchas discusiones en la pareja no son por cuestiones muy graves. A veces se trata de cosas pequeñas, poco trascendentes, pero lo que altera los ánimos es el modo de decirlas o la actitud que se asume en el diálogo” (n. 139).
La perspectiva dinámica del documento abre el espacio a procesos de crecimiento. Habría que decir también, sin embargo, que ello implica también el riesgo del estancamiento y el retroceso. Por ello no deja de convertirse en un espacio privilegiado para la conversión y el perdón. La caridad conyugal no es posible “si no se invoca al Espíritu Santo, si no se clama cada pidiendo su gracia, si no se busca su fuerza sobrenatural, si no se le reclama con deseo que derrame su fuego sobre nuestro amor para fortalecerlo, orientarlo y transformarlo en cada nueva situación” (n. 164).
Foto: Theodore Robinson, Boda
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