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La péñola de Cervantes

La péñola de Cervantes
21/04/2016 |23:00
Redacción El Universal
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El último personaje del Quijote es una pluma. La pluma de del genial desdoblamiento de Miguel de Cervantes: Cide Hamete, el morisco que habría sido el primer historiador de las peripecias del hidalgo. Habla él con ella y luego ella con el ya difunto caballero, en un juego cimero de literatura entrañable.





“Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma: ‘Aquí quedarás colgada de esta espetera y de este hilo de alambre, ni sé si bien cortada o mal tajada péñola mía, adonde vivirás luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte’”.

La pluma, de hecho, había aparecido desde el insuperable prólogo de la primera parte, cuando Cervantes confía que lo más difícil fue procurar “los acostumbrados sonetos, epigramas y elogios que al principio de los libros suelen ponerse”. Y ahí se presenta el místico artefacto: “Muchas veces tomé la pluma para escribille, y muchas la dejé, por no saber lo que escribiría; y estando una [vez] suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla, pensando lo que diría, entró a deshora un amigo mío, gracioso y bien entendido, el cual, viéndome tan imaginativo, me preguntó la causa…”

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En el cierre, las palabras de la pluma son un relato de amor: “Para mí sola nació don Quijote, y yo para él: él supo obrar y yo escribir, solos los dos somos para en uno”. El drama incluye los celos, que reclaman a quien se atrevió a realizar una apócrifa segunda parte de la obra: “…a despecho y a pesar del escritor fingido y tordillesco que se atrevió o se ha de atrever a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero”. La pluma auténtica reclama a la grosera. Y continúa, con una venerable mención de la muerte: “…a quien advertirás, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote, y no le quiera llevar, contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja, haciéndole salir de la fuesa [fosa] donde real y verdaderamente yace tendido de largo a largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva”.

Tampoco los huesos de Cervantes, en realidad, descansaron en paz. Lo accidentado de su vida se ha repetido en su propia sepultura, movida, primero, por obras de reconstrucción, y luego motivo de una de las más sorprendentes investigaciones hasta dar con sus restos, mezclados con una infinidad de huesos, muchos de ellos infantiles. Hoy se lee en la moderna esquela parte de la dedicatoria a Los trabajos de Persiles y Segismunda: “El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”.  Unas horas después, tuvo energía aún para dictar el prólogo: “Mi vida se va acabando y al paso de las efemérides de mis pulsos, que, a más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida”. Ahí mismo se despide de sus lectores: “Adiós gracias; adiós donaires; adiós, regocijados amigos: que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida”.

Poco después, el viernes 22 de abril de 1616, falleció piadosamente. Sus restos, enterrados con el sayal de los franciscanos, yacerían en el Convento de las Trinitarias, Orden relacionada con su propia redención de Argel.

La péñola de Cervantes sigue colgada en el muro del tiempo. Su fantasía supo sobrellevar las contrariedades y desilusiones de la vida, con una sorprendente lucidez sobre la realidad. La esperanza del Quijote no murió. Ni siquiera cuando la realidad lo traicionó.