Foto: Maestro de San Francisco, Francisco predicando a las aves

La quincuagésima Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales fue ocasión para que el Papa Francisco, en el contexto del Año de la Misericordia, entregara como una preciosa reflexión sobre la relación entre comunicación y misericordia. Con entrañable claridad, el documento resulta una reveladora pista para entender el estilo de su ministerio, en el que ciertamente los dos términos en cuestión ocupan un lugar privilegiado.

“Lo que decimos y cómo lo decimos, cada palabra y cada gesto debería expresar la compasión, la ternura y el perdón de Dios para con todos. El amor, por su naturaleza, es comunicación, lleva a la apertura, no al aislamiento. Y si nuestro corazón y nuestros gestos están animados por la caridad, por el amor divino, nuestra comunicación será portadora de la fuerza de Dios”.

Por ello “es característico del lenguaje y de las acciones de la Iglesia transmitir misericordia, para tocar el corazón de las personas y sostenerlas en el camino hacia la plenitud de la vida, que Jesucristo, enviado por el Padre, ha venido a traer para todos”. El calor de las palabras de la fe debe generar de parte de la Iglesia un ambiente familiar.

Constatando que “la comunicación tiene el poder de crear puentes, de favorecer el encuentro y la inclusión, enriqueciendo de este modo a la sociedad”, se congratula de las personas que cuidan sus palabras y gestos para “superar las incomprensiones, curar la memoria herida y construir paz y armonía”. De ahí se sigue una invitación “a todas las personas de buena voluntad a descubrir el poder de la misericordia de sanar las relaciones dañadas y de volver a llevar paz y armonía a las familias y a las comunidades”.

Esta perspectiva la extiende a los grupos humanos y a los pueblos, pero se detiene también en la responsabilidad de los pastores de la Iglesia. “La misericordia puede ayudar a mitigar las adversidades de la vida y a ofrecer calor a quienes han conocido sólo la frialdad del juicio. Que el estilo de nuestra comunicación sea tal, que supere la lógica que separa netamente los pecadores de los justos. Nosotros podemos y debemos juzgar situaciones de pecado -violencia, corrupción, explotación, etc.-, pero no podemos juzgar a las personas, porque sólo Dios puede leer en profundidad sus corazones. Nuestra tarea es amonestar a quien se equivoca, denunciando la maldad y la injusticia de ciertos comportamientos, con el fin de liberar las víctimas y de levantar al caído. El evangelio de Juan nos recuerda que ‘la verdad os hará libres’ (Jn 8,32). Esta verdad es, en definitiva, Cristo mismo, cuya dulce misericordia es el modelo para nuestro modo de anunciar la verdad y condenar la injusticia. Nuestra primordial tarea es afirmar la verdad con amor (cf. Ef 4,15). Sólo palabras pronunciadas con amor y acompañadas de mansedumbre y misericordia tocan los corazones de quienes somos pecadores”.

Dos aterrizajes destacan tras esta reflexión. La primera, sobre la actitud necesaria de escucha para que se lleve a cabo la comunicación. “Es fundamental escuchar. Comunicar significa compartir, y para compartir se necesita escuchar, acoger…” Y “escuchar significa también ser capaces de compartir preguntas y dudas, de recorrer un camino al lado del otro, de liberarse de cualquier presunción de omnipotencia y de poner humildemente las propias capacidades y los propios dones al servicio del bien común”. Escuchar es, pues, en la comunicación, un ejercicio de misericordia.

Pero además el Papa confirma la bondad de los modernos medios de comunicación, si son bien empleados. “No es la tecnología la que determina si la comunicación es auténtica o no, sino el corazón del hombre y su capacidad para usar bien los medios a su disposición”. Su valor dependerá de que en ellos se cultive la condición de prójimo, que el Papa llama “proximidad”. “El encuentro entre la comunicación y la misericordia es fecundo en la medida en que genera una proximidad que se hace cargo, consuela, cura, acompaña y celebra. En un mundo dividido, fragmentado, polarizado, comunicar con misericordia significa contribuir a la buena, libre y solidaria cercanía entre los hijos de Dios y los hermanos en humanidad”.

 

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