El  para la Jornada Mundial de la Paz en el Año de la Misericordia lleva por título “Vence la indiferencia y conquista la paz”. La indiferencia, en efecto, se ve como un obstáculo para la consecución de la paz, cuando se considera que, aunque “la paz es un don de Dios”, también ha sido “confiado a todos los hombres y a todas las mujeres, llamados a llevarlo a la práctica” (n.1).

El Papa reconoce “que la actitud del indiferente, de quien cierra el corazón para no tomar en consideración a los otros, de quien cierra los ojos para no ver aquello que lo circunda o se evade para no ser tocado por los problemas de los demás, caracteriza una tipología humana bastante difundida y presente en cada época de la historia”. Más aún, “en nuestros días, esta tipología ha superado decididamente el ámbito individual para asumir una dimensión global y producir el fenómeno de la ‘globalización de la indiferencia’” (n.3).

En realidad, de la indiferencia ante Dios “brota también la indiferencia ante el prójimo y ante lo creado” (n.3). Ello tiene sus repercusiones. “La indiferencia, y la despreocupación que se deriva, constituyen una grave falta al deber que tiene cada persona de contribuir, en la medida de sus capacidades y del papel que desempeña en la sociedad, al bien común, de modo particular a la paz, que es uno de los bienes más preciosos de la humanidad. Cuando afecta al plano institucional, la indiferencia respecto al otro, a su dignidad, a sus derechos fundamentales y a su libertad, unida a la cultura orientada a la ganancia y al hedonismo, favorece, y a veces justifica, actuaciones y políticas que terminan por constituir amenazas a la paz” (n.4).

La mirada creyente aprende de Cristo que no sólo mantuvo la atención ante las necesidades concretas de quienes lo rodeaban, sino que intervino eficazmente a su favor. En la parábola del buen samaritano, Jesús “denuncia la omisión de ayuda frente a la urgente necesidad de los semejantes”. Además, “mediante su ejemplo, invita a los oyentes, y en particular a sus discípulos, a que aprendan a detenerse ante los sufrimientos de este mundo para aliviarlos, ante las heridas de los demás para curarlas, con los medios que tengan, comenzando por el propio tiempo, a pesar de tantas ocupaciones. En efecto, la indiferencia busca a menudo pretextos: el cumplimiento de los preceptos rituales, la cantidad de cosas que hay que hacer, los antagonismos que nos alejan los unos de los otros, los prejuicios de todo tipo que nos impiden hacernos prójimo” (n.5).

La Iglesia y el creyente deben sentir este llamado como una urgencia. “Estamos llamados a que el amor, la compasión, la misericordia y la solidaridad sean nuestro verdadero programa de vida, un estilo de comportamiento en nuestras relaciones de los unos con los otros” (n. 5).

El Papa dedica una palabra especial a la responsabilidad que en este rubro tienen quienes se mueven en el ámbito educativo y comunicativo, y abre el horizonte sobre distintas oportunidades concretas que tenemos para superar la indiferencia y comprometernos con necesidades reales de nuestros hermanos, tanto en el nivel personal como en el institucional.

Con razón se observa que muchos de los males que enfrentamos no se deben sólo a la contumacia de gente perversa, sino también a la pasividad de personas de buena voluntad. La fe cristiana ha conocido también y dado un nombre a los “pecados de omisión”. El Año de la Misericordia es una ocasión para, además de acoger el perdón de Dios, suscitar una más despierta diligencia en el servicio al prójimo. Ser misericordiosos como el Padre. Así lo propone el mismo lema del año jubilar.

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