Que triste ver llorar a Jeb Bush. Que espectáculo tan descorazonador. Tras los desastrosos resultados en Carolina del Sur resultó evidente que, al final, ni la intervención de su hermano, el ex presidente, George W. Bush, ni la de su madre Barbara, pudieron salvarlo de la quema en las urnas.

“La gente de Iowa, New Hampshire y Carolina del Sur han hablado y respeto su decisión”, dijo Jeb Bush, incapaz de ocultar la humillación a manos de Donald Trump y de Marco Rubio, su antiguo pupilo y, desde ahora, un traidor para el clan de los Bush.

Que los hombres no lloran es algo que figura desde siempre en los manuales no escritos de hombría. Sin embargo, no siempre este principio de obligado cumplimiento para aquellos que han entrado en el mundo de los adultos, es respetado por esos líderes que consideramos o elegimos como héroes.

Quizá por ello, cuando hombres de reconocida estatura política o intelectual irrumpen en llanto, somos incapaces de permanecer indiferentes. Al ver una lágrima en sus mejillas, algo en nuestro fuero interno se remueve para conectar con la tragedia o la desventura del que sucumbe ante el sollozo.

¿Quien no se acuerda de esa noche memorable de noviembre del 2008 en Charlotte, Carolina del Norte, cuando el entonces candidato demócrata a la presidencia, Barack Obama, poco antes de la cita con las urnas, se reunió con miles de simpatizantes para informarles sobre la muerte de su abuela, Madelyn Dunham, enferma de cáncer?.

“Algunos de ustedes se han enterado de que mi abuela, quien ayudó a criarme, murió esta mañana”, dijo Obama en medio de una lluvia que deslavó, pero no ocultó, las lágrimas que marcaron el final de su histórica campaña por la presidencia.

En los libros de historia, ha quedado registrada la fecha en que George Washington lloró conmovido por las multitudes que lo aclamaron como el primer presidente de Estados Unidos en abril de 1789.

Washington, quien había realizado un recorrido desde su finca en Mount Vernon hasta Nueva York, llegó en mar de multitudes para jurar ante la Biblia su cargo como presidente. Tras el habitual “que Dios me ayude”, Washington dirigió su mirada hacia la multitud mientras las lágrimas le desbordaban de emoción.

En un momento de menor trascendencia en septiembre de 1952, el entonces candidato a la vicepresidencia por el partido republicano, Richard Nixon, lloró durante una insólita rueda de prensa para aclarar el supuesto financiamiento ilegal a su campaña. En su defensa, Nixon negó entre lágrimas que hubiera recibido 18 mil dólares en contribuciones ilegales. Pero, en cambio, aceptó que había aceptado como regalo un perro, a quien su hija bautizó con el nombre de “checkers”.

“Independientemente de lo que se diga, me voy a quedar con checkers”, dijo entre lágrimas Nixon al reconocer, poco después, que quizá no había conseguido el voto de más simpatizantes, “pero si el de un perro”.

Regresando al tema de Jeb Bush, y su llanto de derrotado en Carolina del Sur, no puedo perder de vista el hecho de que, en buena medida, el fin de sus sueños presidenciales fueron arruinados por Donald Trump, ese bullying de pelo dorado que, desde una fase muy temprana de su campaña, lo etiquetó como un candidato de poca energía. Algo así como la antítesis del Red Bull.

En muchos sentidos, la derrota de Jeb Bush es ciertamente atribuible a la increíble campaña de marketing negativo del magnate neoyorkino. Nadie mejor que Trump sabe que, en las campañas políticas de nuestra era, los candidatos en contienda son como los frascos de Champú o de bebidas energizantes.

Pero, también habría que decir que a Jeb Bush, lo traicionó el tiempo y su propia estirpe. Los electores de Iowa, New Hampshire y Carolina del Sur decidieron arrojar a Bush por la ventana. No les apetecía un candidato de la dinastía Bush. En este sentido, Jeb no sólo no se equivocó de tiempo. Se equivocó de era. Una era donde el rechazo hacia la clase política se ha convertido en un muro infranqueable para quienes, como Jeb Bush y quizá como Hillary Clinton, tendrán que lidiar con las  muchas reservas de los electores hacia los intereses creados que los han impulsado, mientras oportunistas como Donald Trump se frotan las manos, atizan el fuego del descontento popular y disfrutan observando el llanto de sus víctimas en el patio de la vida.

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